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martes, 26 de agosto de 2014

Capítulo 1


Londres, 8 de mayo de 1893

Solo un tipo de matrimonio ha llevado el sello de aprobación de la alta sociedad.

Los matrimonios felices eran considerados vulgares, ya que la dicha conyugal raramente duraba más que un pudin bien cocido. Los matrimonios desdichados eran, por supuesto, más vulgares si cabe, a la par que el artefacto especial de la señora Jeffries, con el que azotaba cuarenta traseros al mismo tiempo; algo de lo que era mejor no hablar, porque la mitad de la flor y nata de la sociedad los había experimentado de primera mano.

No, la única clase de matrimonio que sobrevivía a las vicisitudes de la vida era un matrimonio civilizado. Y la mayoría reconocía que lord y lady Tremaine tenían el matrimonio más civilizado de todos.

En los diez años transcurridos desde su boda, ninguno de los dos había dicho una palabra desagradable acerca del otro, ni a padres ni a hermanos ni a los mejores amigos ni a los extraños. Es más, como podían atestiguar los sirvientes, nunca tenían disputas, ni grandes ni pequeñas; nunca se ponían mutuamente en evidencia; nunca, de hecho, estaban en desacuerdo sobre nada en absoluto.

Sin embargo, cada año había alguna debutante descarada, recién salida del colegio, que señalaba -como si no fuera de sobra conocido- que lord y lady Tremaine vivían en continentes diferentes y que no habían sido vistos juntos desde el día después de su boda.

Los mayores movían la cabeza, desaprobadores. Qué boba era aquella jovencita. Ya vería cuando descubriese que su galán tenía una «amiguita». O se desenamorase del hombre con el que se hubiera casado. Entonces comprendería lo maravilloso que era el acuerdo que tenían los Tremaine: cortesía, distancia y libertad desde el primer momento, sin el estorbo de emociones molestas. En verdad, era un matrimonio absolutamente perfecto.

Por lo tanto, cuando lady Tremaine presentó una demanda de divorcio basándose en el adulterio y abandono de lord Tremaine, se quedaron todos con la boca tan abierta que las barbillas colisionaron con los platos en las mesas más distinguidas de todo Londres. Diez días más tarde, cuando circularon noticias de la llegada de lord Tremaine a suelo inglés por vez primera en una década, las mismas mandíbulas, al desplomarse, dieron contra muchas alfombras caras procedentes del corazón de Persia.

La historia de lo que sucedió a continuación se expandió como una barriga bien alimentada. Fue algo muy parecido a esto: llamaron a la puerta de la residencia Tremaine en Park Lañe. Parker, el fiel mayordomo de lady Tremaine, abrió la puerta. Al otro lado había un desconocido, uno de los caballeros de aspecto más extraordinario con que Parker se había tropezado en la vida; alto, apuesto, de complexión fuerte, una presencia imponente.

Parker: Buenas tardes, señor -dijo plácidamente-.

Un representante de la marquesa de Tremaine, por muy impresionado que estuviera, nunca se quedaba boquiabierto ni embobado.

Esperaba que le tendieran una tarjeta y le dieran la razón de la visita. En cambio, el caballero le entregó el sombrero. Asombrado, Parker soltó el pomo de la puerta y cogió el sombrero con ribete de seda. En ese instante, el hombre pasó junto a él y entró en el vestíbulo. Sin mirar hacia atrás ni ofrecer ninguna explicación para esta intrusión, empezó a quitarse los guantes.

Parker: Señor -dijo enfadado-, no tiene autorización de la señora de la casa para entrar.

El hombre se volvió y le lanzó a Parker una mirada que, con gran vergüenza para el mayordomo, hizo que tuviera ganas de hacerse un ovillo y ponerse a gimotear.

**: ¿No es esta la residencia Tremaine?

Parker: Sí que lo es, señor.

La repetición del «señor» se le escapó a Parker, aunque no tenía ninguna intención de que eso sucediera.

**: Entonces, sea tan amable de informarme desde cuándo el dueño de la casa necesita el permiso de la señora para entrar en sus propios dominios.

El hombre sostenía los dos guantes en la mano derecha y golpeaba tranquilamente con ellos la palma de la izquierda como si jugueteara con una fusta de montar.

Parker no comprendía nada. Su patrona era la reina Isabel de su tiempo: una señora sin ningún señor. Entonces, con horror, cayó en la cuenta. El hombre que tenía ante sí era el marqués de Tremaine, heredero del duque de Fairford y esposo de la marquesa, tanto tiempo ausente que era como si estuviera muerto.

Parker: Le ruego que me perdone, señor -se aferró a su flema profesional y cogió los guantes de lord Tremaine, aunque notó que empezaba a sudar-. No teníamos noticias de su llegada. Haré que le preparen sus habitaciones de inmediato. ¿Puedo ofrecerle un refrigerio mientras tanto?

Zac: Puede. Y también puede ocuparse de que descarguen el equipaje -dijo lord Tremaine-. ¿Está lady Tremaine en casa?

Parker no consiguió detectar ninguna inflexión especial en el tono de lord Tremaine. Era como si regresara de echarse una siesta en el club. ¡Después de diez años!

Parker: Lady Tremaine está dando un paseo por el parque, señor.

Lord Tremaine asintió.

Zac: Muy bien.

Instintivamente, Parker trotó detrás de él, del mismo modo que iría detrás de un animal salvaje que por casualidad hubiera conseguido atravesar la puerta. Fue solo un minuto más tarde, al volverse lord Tremaine y enarcar una ceja, cuando Parker comprendió que ya le habían dado la orden de retirarse.

Había algo en la residencia londinense de su esposa que desconcertaba a lord Tremaine.

Era sorprendentemente elegante. Estaba casi seguro de que se encontraría con un interior parecido al que solía ver en las casas de sus vecinos de la parte baja de la Quinta Avenida: grandioso, dorado, con el único objeto de recordar los últimos días de Versalles.

Aquí había unas cuantas sillas de esa época, pero todavía conservaban sus asientos tapizados en terciopelo, lo que les daba un aspecto cómodo en lugar de lujoso. Tampoco vio los pesados aparadores ni la proliferación incontrolada de bibelots que, en su mente, iban siempre asociados a los hogares ingleses.

Si acaso, la residencia tenía un extraño parecido con cierta villa de Turín, al pie de los Alpes italianos, en la que había pasado unas cuantas semanas felices en su juventud; una casa empapelada en suaves tonalidades de oro viejo y aguamarina apagado, maceteros de cerámica vidriada, con orquídeas, colocados encima de esbeltos soportes de hierro forjado, y muebles bien hechos, duraderos, del siglo anterior.

Durante toda una adolescencia de mudanzas de un domicilio a otro, la villa era el único sitio, aparte de la propiedad de su abuelo, donde se había sentido en casa. Le entusiasmaba su luminosidad, su comodidad sin abarrotamiento y su abundancia de plantas de interior, que desprendían un aliento húmedo y herboso.

Se negaba a creer que el parecido entre las dos casas fuera una casualidad hasta que los cuadros que adornaban las paredes del saloncito atrajeron su atención. Entre el Rubens, el Tiziano y los retratos de los antepasados que ocupaban un espacio desproporcionado en las paredes inglesas, ella había colgado pinturas de los mismos artistas modernos de cuyas obras él hacía gala en su propia casa de Manhattan: Sisley, Morisot, Cassatt y Monet, cuya producción había sido comparada de manera infame a un papel pintado sin acabar.

Se le aceleró el pulso, alarmado. En el comedor había más Monet y dos Degas. Y en la galería, parecía que hubieran comprado una exposición completa de los impresionistas: Renoir, Cézanne, Seurat y otros artistas de los que nadie había oído hablar fuera de los círculos más restringidos del mundo del arte parisino.

Se detuvo en mitad de la galería, incapaz de repente de seguir avanzando. Ella había amueblado esta casa para que fuera la fantasía hecha realidad del muchacho que él era cuando se casó con ella; el muchacho que debió de mencionar, durante sus largas horas de conversación embelesada, sus preferencias por las casas sobrias y su amor por el arte moderno.

Recordaba la fascinada concentración con que ella lo escuchaba, sus tiernas preguntas, su ardiente interés por todo lo que concernía a él.

¿Era el divorcio una nueva artimaña? ¿Una trampa hábilmente preparada para volver a seducirlo cuando todo lo demás había fracasado? Cuando abriera la puerta de su dormitorio, ¿la encontraría desnuda y perfumada en su propia cama?

Localizó los que fueron sus aposentos y abrió la puerta.

Ella no estaba en la cama, ni desnuda ni de ninguna otra manera.

No había ninguna cama.

Tampoco había ninguna otra cosa. La estancia era tan vasta y estaba tan vacía como el Oeste americano.

En la alfombra ya no se veían las huellas de las patas de las sillas y de la cama. En las paredes no había rectángulos que delataran la ausencia de unos cuadros retirados hacía poco. Una gruesa capa de polvo se había asentado en el suelo y en el alféizar de las ventanas. La habitación llevaba años vacía.

Sin ninguna razón, se sentía como si le hubieran dejado sin aliento. El saloncito de los aposentos del señor de la casa estaba impecablemente limpio y amueblado: sillones de lectura de respaldo alto, estanterías llenas de libros muy usados con los lomos arrugados, un escritorio con tinta y papel recién colocados; incluso había una maceta con una amaranta en flor. Todo provocaba que el vacío del dormitorio pareciera todavía más intencionado, como un símbolo hiriente.

Puede que, en un tiempo pasado, se hubiera diseñado la casa con el único objetivo de que él volviese. Pero se trataba de otra década; otra época totalmente diferente. Desde entonces, ella le había erradicado de su existencia.

Todavía seguía en el umbral contemplando el dormitorio vacío cuando llegó el mayordomo seguido por dos lacayos y un gran baúl de viaje. El vacío absoluto de la estancia hizo ruborizar al sirviente.

Sirviente: Solo tardaremos una hora en airear la habitación y volver a colocar el mobiliario, señor.

Estuvo a punto de decirle al mayordomo que no se molestara, que dejara que el aposento siguiese desnudo y vacío. Pero eso habría sido demasiado revelador. Así que se limitó a asentir.

Zac: Excelente.


El prototipo de la nueva máquina estampadora que lady Tremaine había encargado para su fábrica en el condado de Leicester se negaba a estar a la altura de lo que prometía. La negociación con el constructor naval de Liverpool se alargaba de una manera muy molesta. Y todavía no había contestado a ninguna de las cartas de su madre -diez en total, una por cada día pasado desde que había presentado la demanda de divorcio-, en las cuales la señora Hudgens ponía en duda su cordura abiertamente y llegaba casi a comparar su inteligencia con la de una pierna de cerdo.

Pero todo eso era de esperar. Lo que hizo que su cabeza estuviera a punto de estallar fue el telegrama de la señora Hudgens que había llegado hacía tres horas: «Tremaine desembarcó en Southampton esta mañana». Por mucho que tratara de explicárselo a Andrew como algo normal -«Hay papeles que firmar y acuerdos que negociar, cariño. Tiene que volver en algún momento»-, la llegada de Tremaine solo auguraba problemas.

Su esposo. En Inglaterra. Más cerca de lo que había estado en una década, excepto por aquel desdichado incidente en Copenhague cinco años antes, en 1888.

Ness: Necesito que Brad venga mañana por la mañana para revisar algunas cuentas -le dijo a Parker, entregándole el chal, el sombrero y los guantes, mientras entraba en la casa y se dirigía a la biblioteca-. Sea tan amable de pedirle a la señorita Elaine que venga; tengo que dictarle algunas notas. Y dígale a Edie que esta noche me pondré el traje de terciopelo crema en lugar del de seda amatista.

Parker: Señora...

Ness: Ah, me olvidaba. He visto a lord Sutcliffe esta mañana. Su secretario ha presentado su renuncia. Le he recomendado a su sobrino, Parker. Haga que se presente en casa de lord Sutcliffe mañana por la mañana a las diez. Dígale que lord Sutcliffe prefiere un hombre franco y de pocas palabras.

Parker: ¡Es muy amable por su parte, señora! -exclamó-.

Ness: Es un joven prometedor. -Se detuvo ante la puerta de la biblioteca-. Pensándolo bien, dígale a la señorita Elaine que venga dentro de veinte minutos. Y asegúrese de que no me moleste nadie hasta entonces.

Parker: Pero, señora, su señoría...

Ness: Hoy su señoría no tomará el té conmigo. -Abrió la puerta y vio que Parker seguía allí, sin moverse. Se volvió y lo miró. El mayordomo tenía aspecto de estar estreñido-. ¿Qué pasa, Parker? ¿La espalda vuelve a darle problemas?

Parker: No, señora. Se trata de...

**: Se trata de mí -dijo una voz desde el interior de la biblioteca-.

La voz de su esposo.

Durante un largo momento de estupefacción, lo primero que pensó era lo mucho que se alegraba de no haber invitado a Andrew a ir con ella a casa, como hacía con frecuencia por la tarde, después de que dieran un paseo juntos. Luego no pudo pensar nada en absoluto. El dolor de cabeza desapareció, sustituido por el demencial aflujo de sangre que le inundó el cerebro. Sintió calor y luego frío. El aire a su alrededor se espesó hasta parecer un puré de guisantes, bueno para tragar pero imposible de inhalar.

Distraídamente, hizo un gesto a Parker.

Ness: Puede volver a sus ocupaciones.

Parker dudó. ¿Temía por ella? Entró en la biblioteca y la pesada puerta de roble se cerró tras ella, dejando fuera ojos y oídos curiosos, dejando fuera al resto del mundo.

Las ventanas de la biblioteca daban al oeste, con vistas sobre el parque. El sol todavía intenso entraba oblicuamente a raudales por los cristales de las ventanas y dibujaba rectángulos perfectos de cálida claridad en su alfombra de Samarcanda, llena de amapolas y granadas sobre un campo rosa y marfil.

Tremaine permanecía fuera de la luz directa, con las manos apoyadas en el escritorio de caoba que había detrás de él y las largas piernas cruzadas en los tobillos. Era una figura en relativa oscuridad, no especialmente visible. Sin embargo, ella lo veía con total claridad, como si el Adán de Miguel Ángel hubiera descendido del techo de la Capilla Sixtina, asaltado una sastrería a medida de Savile Row y venido a crear problemas.

Recuperó el control de sí misma. Lo había estado mirando fijamente como si todavía fuera aquella joven de diecinueve años, carente de sagacidad, pero muy pagada de sí misma.

Ness: Hola, Zac.

Zac: Hola, Ness.

No había permitido que ningún hombre la llamara con aquel apodo de su infancia desde que él se marchó.

Se obligó a apartarse de la puerta y cruzó la biblioteca; bajo sus pies, la alfombra era demasiado mullida, como un terreno pantanoso. Fue directamente hasta él para demostrarle que no le tenía miedo. Pero sí que se lo tenía. Tenía poder sobre ella, un poder mucho mayor que el que le conferían las simples leyes.

Aunque era alta, tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo a la cara. Sus ojos eran de un azul muy oscuro, como la malaquita de los Urales. Aspiró su sutil perfume a sándalo y cítricos, aquel aroma que una vez había equiparado a la felicidad.

Ness: ¿Has venido para concederme el divorcio o para causar molestias?

No se anduvo con rodeos. Los problemas a los que no te enfrentas directamente siempre acaban por darte un mordisco en el trasero.

El se encogió de hombros. Se había quitado la chaqueta de calle y la corbata. La mirada de ella se demoró un segundo de más en la dorada piel de la base del cuello. Su camisa de fina batista lo envolvía amorosamente, acariciando los anchos hombros y los largos brazos.

Zac: He venido para fijar condiciones.

Ness: ¿A qué te refieres con condiciones?

Zac: Un heredero. Da a luz un heredero y te concederé el divorcio. De lo contrario, presentaré testigos de tu adulterio. Sabes que no puedes divorciarte de mí acusándome de adulterio, si tú has cometido el mismo pecado, ¿verdad?

Le zumbaban los oídos.

Ness: Debes de estar bromeando. ¿Quieres un heredero de mí? ¿Ahora?

Zac: Es que antes no podía soportar la idea de acostarme contigo.

Ness: ¿De veras? -Se echó a reír, aunque habría preferido tirarle el tintero a la cabeza-. Te gustó bastante la última vez.

Zac: La mejor actuación de mi vida -respondió tranquilamente-. Y eso que yo ya era un buen actor.

El dolor brotó en su interior, un dolor corrosivo, debilitante, que había creído no volver a sentir nunca. Se esforzó por mantener el control y alejar ese tema que la hacía tan vulnerable.

Ness: Amenazas vacías. No he tenido relaciones íntimas con lord Frederick.

Zac: ¡Qué casta! Hablo de lord Wrenworth, lord Arnold y del honorable señor Williams.

Ness ahogó una exclamación. ¿Cómo lo sabía? Siempre había sido muy cuidadosa, siempre muy discreta.

Zac: Tu madre me escribió. -La observaba; era evidente que disfrutaba de su creciente desaliento-. Por supuesto, lo único que ella quería era que me volviera loco de celos y cruzase el océano sin perder un segundo para recuperar lo que era mío. Estoy seguro de que la perdonarás.

Si alguna vez existieron circunstancias atenuantes para el matricidio, no era en este momento. Lo primero que haría al día siguiente sería soltar dos docenas de cabras hambrientas en el muy apreciado invernadero de la señora Hudgens. Luego acapararía todas las existencias de tintes para el pelo que hubiera en el mercado y obligaría a aquella mujer a que tuviera que enseñar sus raíces canosas.

Zac: Puedes elegir -dijo cordialmente-. Podemos resolverlo en privado o podemos usar los testimonios jurados de estos caballeros. Sabes que cada palabra que digan saldrá en todos los periódicos.

Palideció. Andrew era su propio milagro humano, firme y leal; la quería lo suficiente para tomar parte voluntariamente en todas las complicaciones y aspectos desagradables de un divorcio. Pero ¿seguiría queriéndola cuando sus anteriores amantes testificaran, públicamente, sobre sus aventuras?

Ness: ¿Por qué haces esto? -preguntó, alzando la voz. Respiró hondo para calmarse. Cualquier emoción que mostrara ante Tremaine sería un signo de debilidad-. Hice que mis abogados te enviaran una docena de cartas. No contestaste a ninguna. Podrías haber anulado este matrimonio con cierta dignidad, sin tener que pasar por este circo.

Zac: Vaya, y yo que pensaba que mi falta de respuesta transmitía adecuadamente lo que yo opinaba de tu idea.

Ness: ¡Te ofrecí cien mil libras!

Zac: Mi fortuna es veinte veces mayor. Pero incluso si no tuviera ni un penique, eso no sería suficiente para ponerme delante del magistrado de su majestad y jurar que nunca te he tocado. Los dos sabemos perfectamente bien que nos acostamos como despedida.

Se estremeció y sintió calor al mismo tiempo. Para su desgracia, no solo era por la rabia. El recuerdo de aquella noche... no, no pensaría en aquello. Ya lo había olvidado.

Ness: Esto tiene algo que ver con la señorita Von Tussle, ¿no es así? Sigues queriendo castigarme.

Le dedicó una de aquellas frías miradas suyas que hacían que las rodillas le flaquearan.

Zac: Vaya, ¿y por qué se te ocurre pensar eso?

¿Qué podía decir? ¿Qué podía decir sin mencionar toda aquella historia tan complicada y amarga? Tragó saliva.

Ness: De acuerdo -dijo, con toda la indiferencia que pudo reunir-. Tengo un compromiso esta noche. Pero seguramente volveré a casa hacia las diez. Te puedo conceder un cuarto de hora a partir de las diez y media.

Él soltó una carcajada.

Zac: Tan impaciente como siempre, mi querida marquesa. No, esta noche no iré a visitarte. Estoy cansado del viaje. Y ahora que te he visto, necesitaré unos cuantos días más para superar mi repugnancia. Pero ten la seguridad de que no aceptaré necios límites de tiempo. Permaneceré en tu cama todo el tiempo que quiera, ni un minuto menos... ni tampoco un minuto más, por mucho que me supliques.

Se quedó boquiabierta de pura estupefacción.

Ness: Es lo más ridí...

De repente, él se inclinó hacia ella y le puso el índice en los labios.

Zac: Si estuviera en tu lugar, no acabaría esa frase. No te gustará tener que tragarte esas palabras.

Ella apartó bruscamente la cara, le quemaban los labios.

Ness: No querría que permanecieras en mi cama aunque fueses el último hombre vivo y yo no hubiera tomado más que extracto de cantárida durante dos semanas.

Zac: ¡Qué imágenes me traes a la mente, milady Tremaine! Ya eres una tigresa con todos los hombres del mundo perfectamente vivos y sin necesidad de ningún afrodisíaco. -Se apartó del escritorio-. Ya he tenido suficiente de ti por un día. Que pases una tarde agradable. Por favor, transmite mis saludos a tu enamorado. Espero que no le importe que ejerza mis derechos conyugales.

Se marchó sin mirar atrás.

Y no era la primera vez.

Lady Tremaine se quedó mirando cómo se cerraba la puerta detrás de su esposo y maldijo el día en que se enteró de su existencia.




Oh my God!
Interesante, ¿verdad?
Creo que este primer capítulo contesta a vuestras dudas, así que no diré nada más XD

¡Thank you por los coments!
¡Comentad, please!

¡Un besi!


3 comentarios:

Unknown dijo...

Tengo muchas dudas igual.. que paso antes entre ellos? Por dios! Ya quiero saber... y menos mal que era el matrimonio perfecto.
Zac se acosto con Ness y luego se marcho? Por diez años?
Wow wow.. son muchas dudas que tengo yo jaja.

Me encanto este capi, y te aseguro que ya me enamore de esta nove

Sube prontooo!!

Maria jose dijo...

Muy pero muy interesante!!!!!!
Esta novela se me hace muy interesante
De seguro más adelante contarán su pasado
En verdad esta novela se ma che que va hacer
Muy buena y más que los capítulos son largos
Eso me gusta aún más
Sube pronto ya quiero saber que pasara con el
Heredero
Saludos y esperare ansiosa el nuevo capitulo

Lau B. dijo...

Me siento... impotente. Quiero darle un puño en la cara a Zac!
Repugnancia? En serio siente repugnancia?
La manera en que la trato fue horrible!
Es como si no se conocieran pero a la vez si.
Agh!
se me llenaron los ojos de lagrimas de la rabia!
Que poco caballero...
Los dos son un desastre!
Publica pronto
Xx

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