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domingo, 14 de abril de 2019

Capítulo 12


Zac estuvo pensando en los Rankin. Le había preguntado a Ness si eran una prototípica familia americana. Su respuesta le había divertido. Si realmente había algún fenómeno que pudiera definirse así, probablemente aquella familia encajaba en él.

A Zac le interesaban quizá porque veía algunos paralelismos entre los Rankin y su propia familia. Su padre, aunque nunca podría haber sido confundido con el enorme y jovial Jim Rankin, también amaba la naturaleza, los lugares que conservaban toda su belleza natural y las excursiones familiares. Al igual que aquellos chicos, Zac y Dylan pasaban gran parte de las excursiones de mal humor, lamentándose y elevando los ojos al cielo. Y cuando las cosas llegaban al límite, siempre había sido la madre de Zac la que terminaba dando las órdenes.

Las familias parecían incombustibles al paso del tiempo. Era una idea que lo reconfortaba.

Habían encendido la chimenea y disfrutado de un brandy al llegar a la cabaña. Después, tal como Ness había dispuesto y organizado, habían subido al ordenador para terminar el informe.

Necesitaban tres copias. La primera para la cápsula, la segunda para la nave... y para Zac. Y la tercera para Ness.

Zac no había podido menos que admirar su estilo cuando había leído el informe. No le cabía ninguna duda de que los científicos de su tiempo encontrarían el informe de Ness conciso y fascinante. El resto era en gran parte técnico, y, aunque sabía que Ness no entendía los cálculos que él le estaba transmitiendo, había sido ella la que los había transcrito.

Habían pasado horas redactando el informe, completándolo, perfeccionándolo. Y Ness había dedicado también largos ratos a hacerle preguntas sobre la organización social, política y cultural de su tiempo. Le había hecho pensar en cosas que él siempre había dado por sentadas y sobre otras que prácticamente había ignorado.

Sí, todavía había pobreza, pero gracias a diferentes programas de ayuda, los más pobres contaban con vivienda y comida. Continuaba habiendo conflictos, pero desde hacía más de ciento veinte años se habían evitado las guerras. Los políticos continuaban discutiendo y los bebés siendo acunados. La gente se quejaba del excesivo tráfico aéreo. Y, por lo que Zac recordaba, había habido cuatro, o quizá hubieran sido cinco, mujeres que habían llegado a la presidencia.

Cuantas más preguntas contestaba, más preguntas se le ocurrían a Ness. Se habían quedado dormidos con los cuerpos engarzados en la cama, en medio de una de las respuestas de Zac.

Terminaron la cápsula del tiempo a la mañana siguiente, llenando la caja hermética de acero que Ness había comprado en la ciudad y que le había parecido la más pertinente para ser enterrada. La copia del informe la envolvieron en plástico antes de guardarla. Ness añadió uno de los tapices tejidos por su madre y un cuenco de arcilla que su padre le había hecho cuando era niña. Añadieron un periódico, una revista semanal y, ante la insistencia de Zac, una de las cucharas de madera de la cocina. Ness metió también una de las fotografías que habían tomado en la nave.

Ness: Tendremos que hacernos más -murmuró-.

Zac: Y yo quiero llevarme esto -tomó el tubo de pasta de dientes-. Y esperaba que me dejaras algo de ropa interior.

Ness: Sí a lo primero, no a lo segundo.

Zac: Es por el bien de la ciencia.

Ness: Ni lo sueñes. Necesitamos una herramienta. En las excavaciones, siempre nos encanta encontrar herramientas -revolvió el interior de un cajón y sacó un destornillador, un martillo y una llave inglesa-. Elige.

Zac eligió la llave inglesa.

Zac: ¿Y qué te parecería que metiéramos también un libro?

Ness: Magnífico -se fijó a la sala y comenzó a registrar las estantería-. Me gustaría algún libro de ficción bastante popular, algo que estuviera escrito en esta era. Ah... Stephen King.

Zac: Lo he leído. Es espeluznante.

Ness: Así que el placer del miedo también ha trascendido esta época -llevó el libro a la cocina y lo metió en la caja-. Si hacen las pruebas necesarias, podrán fechar todo este material. Y eso podrá apoyar tu historia. Vamos fuera, me gustaría hacer algunas fotos.

Como Zac había tomado la cámara antes que ella, reclamó su derecho a hacer las primeras fotos. Fotografió la cabaña, a Ness delante de ella, a Ness al lado del Land Rover y al coche en solitario.  Ness se reía a carcajadas.

Ness: ¿Sabes cuánto rollo has gastado? -resopló y sacó otro rollo-. Cada una de estas fotografías vale más o menos un dólar. La antropología es un campo fascinante, pero lo pagan fatal.

Zac: Lo siento -se acercó a la puerta de la cabaña, desde donde Ness le estaba haciendo señas con la mano-. Nunca se me ha ocurrido preguntártelo. ¿Cuál es tu clasificación crediticia?

Ness: No tengo ni idea -tomó una fotografía en la que aparecía Zac con los dedos enganchados en las trabillas de los vaqueros-. Ahora no se hacen las cosas así. Al menos creo que la clasificación crediticia significa otra cosa. Ahora la cuestión es lo que vales y lo que haces. El salario anual y ese tipo de cosas -y era suficiente hija de sus padres como para no darle importancia a las cuestiones crematísticas-. ¿Por qué no colocas el aerociclo delante de la cabaña? Se podría hacer una fotografía del pasado y el futuro en un mismo momento.

Zac obedeció.

Zac: Ness, no tengo ninguna forma de pagarte todo esto.

Ness: No seas tonto. Era solo una broma.

Zac: Hay muchas más cosas que no voy a poder pagarte nunca.

Ness: No hay nada que pagar -bajó la cámara y midió cuidadosamente cada una de sus palabras-. No pienses en ello como en una obligación. Por favor. Y no me mires de esa forma. No estoy en condiciones de ponerme seria.

Zac: Ya no nos queda mucho tiempo.

Ness: Lo sé -no había comprendido todo lo que Zac le había dictado la noche anterior, pero sabia que se iría antes de que el sol volviera a salir-. Pero no estropeemos lo que tenemos -desvió la mirada, intentando darse unos segundos para recuperar el equilibrio-. Es una vergüenza que este modelo no tenga un temporizador. Sería bonito poder hacernos una fotografía en la que saliéramos juntos.

Zac: Espera un momento -rodeó el edificio y volvió unos segundos después con una azada-. Siéntate en las escaleras -se la tendió y colocó la cámara en el asiento del aerociclo. Se inclinó hacia delante, e hizo las comprobaciones y los ajustes necesarios hasta encuadrar a Ness-. Ya está -encantado consigo mismo, se sentó a su lado y le pasó el brazo por los hombros-. Sonríe.

Ness ya lo estaba haciendo.

Zac utilizó el mango de la azada para apretar el botón y sonrió cuando oyó el clic de la máquina. La fotografía no tardó en salir.

Ness: Muy ingenioso, Efron.

Zac: No te muevas -retiró la primera fotografía, volvió a sentarse y presionó otra vez el botón-. Una para ti, una para la caja -dejó a un lado las dos primeras fotografías- y otra para mí -le hizo volver la cabeza para besarla-.

Ness: Te has olvidado de hacer la fotografía -susurró minutos después-.

Zac: Oh, sí -curvó los labios en una sonrisa contra los de Ness mientras tomaba la azada-.

Ness tomó la primera fotografía y la estudió atentamente. Parecían felices, pensó. Gente feliz, y normal. Aquello había significado mucho para ella, y significaría mucho más en el futuro. Continuó sosteniendo la fotografía en la mano mientras se levantaba.

Ness: Será mejor que enterremos la cápsula.

Colocaron la caja en la parte trasera del ciclo, de modo que Ness quedaba atrapada entre ella y la espalda de Zac. Cuando llegaron al arroyo, Zac bajó del ciclo y miró con el ceño fruncido la pala que Ness le tendía.

Zac: Esa herramienta es muy primitiva. ¿Estás segura de que no hay una forma más fácil de hacerlo?

Ness: En este siglo no, Efron -señaló hacia el suelo-. Cava.

Zac: Puedes empezar tú si quieres.

Ness: No te preocupes -se sentó en el suelo y encogió las piernas-. No me gustaría privarte de ese placer.

Lo observó doblar la espalda y empezar a cavar otra vez. ¿Qué sentiría, se preguntó, cuando tuviera que desenterrar aquella caja otra vez? ¿Cómo se sentiría cuando la abriera? Pensaría en ella, lo sabía. Y la echaría de menos. Esperaba que pudiera estar en ese mismo lugar cuando leyera la carta que le había escrito. Se había asegurado de que no la viera guardarla.

Era una carta de una sola hoja, pero había puesto su corazón en ella.

Apoyó la barbilla en la mano y escuchó la música del agua mientras recordaba cada palabra.

Zac, cuando leas esto, estarás en tu casa. Quiero que sepas cuánto me alegro por ti. No puedo decirte que sea capaz de comprender lo que ha sido para ti encontrarte aquí, lejos de todo lo que te es familiar, separado de tu familia y amigos. Pero quiero que sepas que en mi corazón siempre he querido que volvieras al lugar al que perteneces.

No sé si puedo hacerte comprender lo que ha significado para mí el tiempo que he pasado a tu lado. Te quiero, Zachary. Tanto que me abruma. No habrá un solo día de los que me quedan de vida en el que no me acuerde de ti. Pero no seré desgraciada. Por favor, no pienses en mí triste, no me recuerdes de ese modo. Lo que me has dado estos días es mucho más de lo que nunca habría imaginado. Ha sido todo lo que siempre he necesitado. Y cada vez que mire hacia el cielo, te imaginaré allí. Continuaré estudiando el pasado para intentar comprender por qué el ser humano es cómo es. Y ahora, tras haberte conocido, siempre albergaré esperanzas sobre lo que puede deparar el futuro.

Sé feliz. Quiero saber que lo eres. Y no me olvides. Quería meter una ramita de romero en la caja, pero temo que termine convertida en polvo. Pero en cuanto encuentres una, piensa en mí. Te querré siempre. Ness.

Zac: ¿Ness? -se inclinó contra la pala y la miró en silencio-.

Ness: ¿Sí?

Zac: ¿Dónde estabas?

Ness: Oh, no muy lejos -bajó la mirada y arqueó una ceja-. Vaya, ya sabía que un hombre tan fuerte como tú podría hacer un agujero suficientemente grande.

Zac: Creo que me ha salido una ampolla.

Ness: Oh -se levantó para besar la tierna piel que se extendía entre el pulgar y el índice-. Metamos la caja, y mientras yo la entierro, serás tú el que mire.

Zac: Buena idea -en cuanto la caja estuvo en el interior, le tendió la pala-.

Ness miró la pala, y después el montón de arena que tenía que volver a colocar en su lugar.

Ness: ¿Cuatro mujeres presidentes?

Zac estiró la espalda.

Zac: Quizá hayan sido cinco.

Ness asintió en silencio y comenzó a echar paladas de tierra.

Ness: ¿Zac?

Zac: ¿Humm? -estaba empezando a pensar seriamente en echarse una agradable y perezosa siesta-.

Ness: Las preguntas que te he hecho antes eran demasiado generales, relativas a temas muy trascendentes. Me pregunto si ahora podría preguntarte algo más personal.

Zac: Probablemente.

Ness: ¿Podrías hablarme de tu familia?

Zac: ¿Qué te gustaría saber?

Ness: Quiénes son, cómo son -continuó echando tierra en el hoyo a un ritmo constante que a Zac le encantaba-. Me gustaría imaginar que los conozco un poco.

Zac: Mi padre es investigador, técnico en desarrollo. Trabaja en un laboratorio, siempre a puerta cerrada. Es un hombre muy entregado a su trabajo y una persona en la que se puede confiar. En casa le gusta dedicarse al jardín, plantar flores y cuidarlas mientras crecen. -Mientras hablaba y sentía la fragancia de la tierra húmeda, casi podía ver a su padre cultivando el jardín-. A veces pinta. Paisajes realmente malos. Él sabe que lo son, pero defiende que no es necesario ser bueno para ser artista. Siempre está amenazando con colgar uno de sus cuadros en casa. Es... no sé, un hombre firme. Dudo haberle oído levantar la voz más de una docena de veces en mi vida. Pero siempre se le escucha. Él es el que mantiene unida a la familia. -Se estiró en la hierba para mirar el cielo mientras continuaba-. Mi madre es ¿qué término utilicé una vez para describirla? Especial. Tiene una energía inagotable y un intelecto sorprendente, a veces casi aterrador. Mucha gente se siente intimidada a su lado. A ella siempre la ha asombrado. Supongo que es porque por dentro es suave como la mantequilla. No es raro que levante la voz, pero después siempre se siente culpable. Dylan y yo le hicimos pasar un infierno. -Se interrumpió un instante-. En su tiempo libre, le gusta leer... Desde las novelas más tontas hasta libros técnicos ininteligibles. Es consejera jefa del Ministerio de las Naciones Unidas, así que casi siempre está estudiando documentos legales.

Ness: ¿El Ministerio de las Naciones Unidas?

Zac: Supongo que sería como una extensión de las Naciones Unidas. Tuvieron que ampliarlas en... demonios, no sé exactamente cuándo. Pero creo que se ampliaron con motivo de las colonias y los asentamientos.

Ness: Debe ser un puesto muy importante -descubrió, casi intimidada-.

Zac: Sí. Tiene mucho trabajo, pero también muchas preocupaciones. Es una mujer de risa contagiosa, capaz de llenar de risas una habitación. Conoció a mi padre en Dublín. Ella estaba haciendo prácticas de derecho y mi padre fue allí a pasar unas vacaciones. Se emparejaron y terminaron viviendo en Filadelfia.

Ness apisonó la tierra con la pala. Era imposible no detectar el cariño que reflejaba su voz, imposible no entenderlo.

Ness: ¿Y qué me dices de tu hermano?

Zac: Dylan. Él es... intenso es una buena palabra para definirlo. Ha heredado el cerebro de mi madre y el carácter, o al menos eso es lo que dice ella, de mi abuelo materno. Con D.E. nunca puedes estar seguro de si va a sonreír o te va a pegar un puñetazo. Estudió derecho y, cuando terminó, se dedicó a la astrofísica. Colecciona problemas que después destroza. Es un tipo insoportable -añadió con inmenso cariño-. Pero tiene la lealtad inquebrantable de mi padre. Me pregunto si te gustarían.

Ness: Sí, seguro que sí.

Zac la observó mientras ataba la pala al aerociclo.

Zac: Y tú les gustarías a ellos.

Ness: Podría conocerlos si me llevaras contigo.

Se mordió el labio nada más decirlo. Ni siquiera se atrevía a mirarlo. Y no era capaz de decir desde cuándo anidaba aquella idea en su cerebro.

Zac: Ness... -se levantó y se colocó tras ella, posando las manos en sus hombros-.

Ness: He estudiado el pasado -dijo rápidamente, volviéndose y posando las manos en sus antebrazos-. Si me permitieras ir contigo, tendría oportunidad de estudiar el futuro.

Zac enmarcó su rostro entre las manos. En los ojos de Ness se distinguía el resplandor de las lágrimas.

Zac: ¿Y tu familia?

Ness: Ellos lo comprenderían. Les dejaría una carta, intentando explicárselo.

Zac: Jamás te creerían -dijo quedamente-. Se pasarían años buscándote, preguntándose si todavía estás viva. Ness, ¿no te das cuenta de lo que me angustia a mí estar separado de mi propia familia? No saben dónde estoy o lo que me ha pasado. Y sé que ahora estarán esperando a saber si estoy vivo o muerto.

Ness: Yo haría que lo comprendieran -oía la desesperación en su propia voz y luchaba para contenerla-. Si saben que soy feliz, que estoy haciendo lo que quiero, se darían por satisfechos.

Zac: Quizá. Si estuvieran seguros. Pero yo no puedo garantizártelo, Ness.

Ness dejó caer las manos a ambos lados de su cuerpo.

Ness: No, por supuesto que no. No sé en qué estaba pensando. Supongo que me he dejado llevar…

Zac: Maldita sea, no -la agarró por los brazos y la estrechó contra él-. No creas que no quiero que vengas conmigo porque no es cierto. Pero no es una cuestión de querer o no querer, Ness. Si pudiera estar seguro de que no hay ningún riesgo, creo que hasta tendría la tentación de meterte en esa maldita nave quisieras o no marcharte.

Ness: ¿Riesgos? -se tensó al oír aquellas palabras-. ¿Qué riesgos?

Zac: Nada es infalible, Ness.

Ness: No me trates como si fuera una estúpida. ¿Qué riesgos?

Zac dejó escapar un largo suspiro. Había algunos datos que no le había dado la noche anterior.

Zac: El factor de probabilidad de distorsionar el tiempo es de un 76,4%.

Ness: Un 76,4%. No hace falta ser un genio con los números para saber que hay un 24% de posibilidades de fracaso. ¿Y qué ocurrirá entonces?

Zac: No lo sé -pero podía imaginárselo. Morir achicharrado al ser atraído por la fuerza gravitatoria del sol era una de las posibilidades-. Pero no voy a correr ningún riesgo contigo.

Ness no iba a dejarse llevar por el pánico porque sabía que el miedo no servía de nada. Tomó aire varias veces y sintió que iba recuperando el equilibrio.

Ness: Zachary, si te quedaras algún tiempo más, ¿crees que podrías estrechar el margen de probabilidades de fracaso?

Zac: Quizá. Probablemente -admitió-. Ness, se me está agotando el tiempo. La nave ha estado casi dos semanas a la intemperie. Y solo fue cuestión de suerte que lográramos desviar a los Rankin ayer. ¿Qué crees que me sucedería, que nos sucedería, si la encontraran? ¿O si me encontraran a mí?

Ness: En realidad la temporada no empieza hasta dentro de varias semanas. Y apenas vienen más de una docena de excursionistas al año.

Zac: Con uno solo bastaría.

Zac tenía razón y Ness lo sabía. En realidad, habían estado viviendo del tiempo que las estrellas les habían prestado.

Ness: Jamás lo sabré, ¿verdad? -deslizó el dedo por la cicatriz que la herida había dejado en la frente de Zac-. Nunca sabré si lo has conseguido o no.

Zac: Soy un buen piloto. Confía en mí -le besó los dedos-. Y para mí será mucho más fácil concentrarme si no estoy preocupado por ti.

Ness: Es difícil combatir contra el sentido común -esbozó una sonrisa-. Antes has dicho que todavía quedaban por arreglar algunos detalles en la nave. Yo iré dando un paseo a la cabaña.

Zac: No tardaré.

Ness: Tómate todo el tiempo que necesites -también necesitaba tiempo para ello. Voy a preparar una maravillosa cena de despedida -se dirigió hacia la puerta a paso tranquilo y miró a Zac por encima del hombro-. Oh, Efron, llévame algunas flores.


Zac recogió montones de flores. No era fácil sujetarlas mientras volaba en el aerociclo. El camino que sobrevolaba estaba cubierto de flores rosas y azules. Zac pensó que olían como Ness. Exhalaban una fragancia fresca, sencilla y exótica al mismo tiempo.

Durante las horas que estuvo trabajando a bordo de la nave, un pensamiento ocupaba constantemente su mente. Ness estaba dispuesta a irse con él. A dejar su casa. No solo su casa, se corrigió, sino toda su vida.

Quizá hubiera sido un impulso, una reacción nacida al calor del momento.

Las razones no importaban. Él necesitaba aferrarse a aquel dulce pensamiento. Ness estaba dispuesta a irse con él.

Solo vio una tenue luz iluminando la ventana de la cocina. Aquello le hizo fruncir el ceño mientras guardaba el aerociclo y recogía algunas flores caídas. A lo mejor había decidido echarse una siesta o estaba esperándolo frente a la chimenea.

Le gustó la idea de verla allí, acurrucada en el sofá, bajo una de las exquisitas colchas de su madre. Estaría leyendo, con los ojos ligeramente somnolientos tras los cristales de sus gafas.

Complacido con aquella imagen, abrió la puerta y encontró otra completamente distinta, e incluso más fascinante.

Estaba esperándolo. Pero bajo la luz de las velas. Había docenas de velas en la sala, todas ellas blancas. Había preparado una mesa para dos, sobre la que descansaba una botella de champán en un cubo lleno de hielo. La habitación olía a cera, a las especias que Ness había utilizado para cocinar y a ella.

Ness se volvió con una sonrisa. Y Zac sintió que dejaba de respirar.

Se había recogido el pelo por encima de la cabeza, dejando al descubierto la larga y delicada curva de su cuello. Llevaba un vestido del color de la luna que resplandecía cada vez que se movía.  Mostraba sus hombros desnudos y se deslizaba como la caricia de una amante sobre sus caderas y sus muslos.

Ness: Te has acordado -caminó hasta él y tendió los brazos hacia las flores. Zac no movió un solo músculo-. ¿Son para mí?

Zac: ¿Qué? Sí -como si estuviera en trance, se las ofreció-. Había muchas más.

Ness: Estas son más que suficiente -llenó de flores el jarrón que había colocado en la mesa-. La cena ya está lista. Espero que te guste.

Zac: Me deslumbras, Ness.

Ness se volvió, electrizada por lo que veía en sus ojos.

Ness: Quería hacer algo así, solo una vez -ante la silenciosa mirada de Zac, se retorcía los dedos avergonzada-. Compré el champán y el vestido ayer, cuando fui a la ciudad. Pensé que sería bonito hacer algo especial esta noche.

Zac: Tengo la sensación de que, si me muevo, te vas a desvanecer.

Ness: No -le ofreció la mano y se la estrechó con fuerza-. Me quedaré aquí, completamente quieta. ¿Por qué no abres la botella?

Zac: Antes quiero besarte.

Ness esbozó una sonrisa en la que se reflejaba todo su amor y le rodeó el cuello con los brazos.

Ness: De acuerdo.  Pero solo una vez.

Comieron. Pero Ness comprendió que había sido una pérdida de tiempo preocuparse tanto por la comida. No sabían realmente lo que estaban cerniendo. El champán era algo superfluo. Se estaban bebiendo el uno al otro. Las velas se iban consumiendo mientras se prolongaban sus besos.

Subieron al dormitorio, llenando la habitación de una luz suave y vacilante, para poder verse el uno al otro mientras se amaban.

Había dulzura, una dulzura lenta y sabrosa. Había urgencia, una urgencia febril y precipitada. Había fuerza y ternura. Demanda y generosidad.

Las horas iban fundiéndose, pero ninguno de ellos quería separarse del otro. Cada temblor, cada susurro, cada latido de corazón sería recordado. Las velas parpadeaban a punto de apagarse, pero ellos continuaban abrazados.

Y entonces, aunque las palabras nunca fueron expresadas en voz alta, ambos supieron que era la última vez. Las manos de Zac fueron mucho más delicadas; sus labios mucho más suaves.

Y cuando todo terminó, la belleza de lo experimentado dejó a Ness débil y llorosa. Para defenderse, se acurrucó contra él e invocó al sueño. No podría soportar verlo marcharse.

Zac permaneció muy quieto y completamente desvelado hasta que las primeras luces del amanecer se deslizaron en la habitación. Agradecía que Ness estuviera dormida; nunca habría sido capaz de despedirse de ella. Cuando se levantó, sintió dolor, un dolor intenso y afilado que estuvo a punto de derrumbarlo. Moviéndose rápidamente, luchó para mantener la mente en blanco y se puso el mono que Ness le había comprado.

Temiendo despertarla, se limitó a acariciarle el pelo y salió sigiloso de la habitación. Ness no abrió los ojos hasta que no oyó el suave clic de la puerta de la cabaña al cerrarse. Entonces enterró el rostro en la almohada y dejó que fluyeran las lágrimas.

La nave estaba ya asegurada y todos los cálculos determinados. Zac se sentó en el puente y observó morir la noche. Era importante salir antes de que se hubiera elevado el sol. Tenía que calcular hasta la última milésima de segundo. No había espacio para el error. Su vida dependía de ello.

Pero sus pensamientos continuaban volando hasta Ness. ¿Por qué no habría sido consciente de que le dolería tanto marcharse? Pero tenía que irse. Su vida, su tiempo, no eran los de Ness. Pero no tenía sentido volver a pensar en algo que ya le había hecho sufrir docenas de veces.

Completamente quieto, permanecía sentado mientras aquellos preciosos segundos pasaban.

**: Preparado para el vuelo orbital.

Zac: Sí

Le contestó al ordenador con aire ausente. Los instrumentos empezaron a zumbar. De una forma que era casi una segunda naturaleza para él, Zac se preparó para despegar. Se interrumpió otra vez y fijó la mirada en la pantalla.

**: Todos los sistemas listos. Ignición a su discreción.

Zac: De acuerdo. Que comience la cuenta atrás.

**: Comenzando. Diez, nueve, ocho, siete, seis...

Desde la puerta de la cocina, Ness oyó algo parecido al retumbar de un trueno. Impaciente, se frotó las lágrimas de los ojos y se estiró para poder ver. Hubo un fogonazo. Creyó distinguir un resplandor metálico en el cielo. Inmediatamente desapareció. Y el bosque se quedó otra vez en silencio.
Ness se estremeció. Deseaba poder convencerse a si misma de que era porque el aire era frío y ella no llevaba nada más que una bata encima.

Ness: Que llegue sano y salvo -murmuró-.

E inmediatamente cedió al lujo de las lágrimas.

Pero la vida continuaba, se regañó a sí misma. Los pájaros comenzaron a cantar. El sol empezaba a elevarse en el horizonte.

Y ella quería morirse.

Era una tontería. Obligándose a sí misma, puso la tetera en el fuego. Iba a prepararse una taza de té y a fregar los platos en los que la noche anterior ni siquiera se había fijado. Y después se pondría a trabajar.

Trabajaría hasta no ser capaz de mantener los ojos abiertos y después se echaría a dormir. Se levantaría y trabajaría, y así una y otra vez hasta que hubiera terminado su tesis. Sería la mejor tesis que sus colegas habían leído en toda su vida. Después conseguiría el doctorado. Y viajaría.

Y echaría de menos a Zac hasta el día de su muerte.

Cuando la tetera comenzó a hervir, se sirvió un té y se sentó con la taza en la mesa de la cocina. Al cabo de un instante, la apartó, enterró la cabeza entre las manos y se puso a llorar otra vez.

Zac: Ness.

La silla se cayó al suelo cuando se levantó. Zac estaba allí, en el marco de la puerta. La fatiga cubría su rostro, pero era otro sentimiento mucho, mucho más poderoso, el que se reflejaba en su mirada. Se frotó los ojos. Era imposible, Zac no podía estar allí.

Ness: ¿Zachary?

Zac: ¿Por qué lloras?

Ness lo oyó. Aturdida, se llevó la mano al oído.

Ness: Zachary. Pero cómo... Te he oído... Te he visto... Te has ido.

Zac: ¿Has estado llorando desde entonces? -se acercó a ella y acarició con un dedo su húmeda mejilla-.

Aquel contacto era real. Y si se había vuelto loca, no le importaba.

Ness: No lo comprendo. ¿Cómo puedes estar aquí?

Zac: Antes quiero hacerte una pregunta -dejó caer las manos a ambos lados de su cuerpo-. Solo una pregunta. ¿Estás enamorada de mí?

Ness: Yo... necesito sentarme.

Zac: No -la agarró del brazo para impedir que se moviera-. Quiero una respuesta. ¿Estás enamorada de mí?

Ness: Sí. Pero solo a un idiota le haría falta preguntarlo.

Zac sonrió, pero continuaba sujetándola con firmeza.

Zac: ¿Por qué no me lo dijiste?

Ness: Porque no quería... Sabía que tenías que marcharte -mareada, se llevó la mano a la cabeza-. Déjame sentarme.

Zac la soltó entonces, y la observó dejarse caer temblorosa en una silla.

Ness: No he dormido nada -murmuró, como si estuviera hablando solo para sí-. Supongo que esto podría ser una alucinación.

Zac le hizo inclinar la cabeza y te plantó un beso duro en los labios. Incapaz de contenerse, la levantó nuevamente de la silla y la abrazó.

Zac: ¿Esto es suficientemente real para ti?

Ness: Sí -respondió con un hilo de voz-. Pero no lo comprendo. ¿Cómo puedes estar aquí?

Zac la soltó otra vez.

Zac: He venido en el aerociclo.

Ness: No... Me refiero a... -¿a qué se refería?-. Estaba en la puerta y te he oído marcharte. Después lo he visto, solo ha sido un resplandor, pero he visto la nave en el cielo.

Zac: La he enviado de vuelta. El ordenador ha quedado al mando de la nave.

Ness: La has enviado de vuelta -repitió lentamente-. Oh, Dios mío, Zachary, ¿por qué?

Zac: Solo a un idiota le haría falta preguntarlo.

A Ness se le llenaron los ojos de lágrimas, que no tardaron en desbordarlos.

Ness: No, por mí no. No puedo soportarlo. Tu familia...

Zac: Les he enviado un disquete en el que les cuento todo, mucho más de lo que explico en el informe que dejé a bordo. Dónde estoy y por qué he tenido que quedarme. Si la nave consigue llegar a su destino, y hay tantas probabilidades de que lo haga conmigo como de que lo haga sin mí, lo comprenderán.

Ness: No puedo pedirte que hagas una cosa así.

Zac: Y no me lo has pedido -le tomó la mano antes de que Ness pudiera volverse-. Tú habrías venido conmigo, ¿verdad Ness?

Ness: Sí.

Zac: Y yo podría haberte llevado si hubiera estado seguro de que íbamos a sobrevivir. Escucha -le hizo levantarse-. Comencé incluso la cuenta atrás. Me había convencido a mí mismo de que mi vida estaba en el lugar en el que la había dejado. Y tenía docenas de razones para regresar. Y solo tengo una, una sola razón, para quedarme. Te quiero. Mi vida está aquí -la agarró con más fuerza y estrechó su abrazo-. Viajé a través del tiempo para estar contigo, Ness. Jamás pensaré que he cometido un error.

Ness sacudió la cabeza.

Ness: Estoy segura de que terminarás pensándolo.

Zac: El tiempo es... El tiempo era -musitó-. Mi tiempo está en el pasado, Ness. Contigo.

A Ness volvieron a llenársela los ojos de lágrimas.

Ness: Te quiero tanto, Zachary. Voy a hacerte feliz.

Zac: Cuento con ello -la tomó en brazos y capturó su boca en un larguísimo beso-. Y ahora tienes que dormir. Tienes que descansar de verdad.

Ness: No, no puedo.

Zac soltó una carcajada, y hasta el último vestigio de tensión se desvaneció. Sabía que estaba exactamente donde debía.

Zac: Ya veremos. Más tarde podremos hablar de cómo vamos a manejar el resto de nuestras vidas.

Ness: ¿El resto?

Zac: La parte relativa al matrimonio y a la familia.

Ness: Todavía no me has pedido que me case contigo. 

Zac: Tengo intención de hacerlo. En cualquier caso, tendré que conseguir una nueva tarjeta de identificación. Y también un trabajo, algo con... ¿un salario anual? ¿Eso era?

Ness: Algo que te guste -le corrigió-. Eso es mucho más importante que el salario y el seguro médico.

Zac: ¿El seguro qué?

Ness: No te preocupes por eso -enterró la cabeza en su cuello-. Supongo que mi padre podría darte trabajo hasta que encuentres algo mejor.

Zac: No creo que me apetezca dedicarme a hacer infusiones -repentinamente inspirado, se detuvo al lado de la cama-. Dime, ¿qué es lo que hay que hacer exactamente para sacarse una licencia de piloto?


FIN




¡Bieeeen! ¡Al final Zac se queda! 😊

Hay una segunda parte en la que el prota es el hermano de Zac. Si os ha gustado esta, puedo adaptar a Zanessa la otra parte.

Pero la próxima novela ya la tengo preparada y os va a gustar mucho. Forma parte de una trilogía que de la que ya publiqué una parte.

¡Gracias por leer!


viernes, 12 de abril de 2019

Capítulo 11


Ness luchó contra él. Se negaba a que hiciera el amor con ella estando tan enfadado, por mucho que lo amara. La cama cedía bajo su peso, amoldándose a ellos. La música continuaba flotando, sosegada y bella. Con movimientos bruscos, Zac le desgarraba los botones de la camisa.

Ness no decía nada. Jamás se le habría ocurrido decirle que se detuviera, o ceder a las lágrimas que seguramente le habrían hecho recuperar la razón. En vez de eso, continuaba retorciéndose, intentando alejarse de aquellas manos despiadadas e incisivas. Luchó, se resistía. Curiosamente al tiempo que libraba una batalla privada contra la traicionera respuesta de su cuerpo, que pretendía negar lo que dictaba su corazón.

Debería odiarlo por lo que le estaba haciendo. Y saberlo casi la rompía. Si Zac tenía éxito en lo que pretendía hacer, ahogaría el resto de sus recuerdos y dejaría solamente aquel, un recuerdo violento, distorsionado y dominante. Incapaz de soportarlo, Ness comprendía que debía luchar por los dos.

Zac la conocía demasiado bien. Cada curva, cada centímetro, cada latido de su cuerpo. En una oleada de furia, le agarró las dos muñecas con una mano y se las sujetó por encima de la cabeza. Su boca devoró su cuello mientras deslizaba su mano libre por los rincones más secretos y vulnerables. La oyó gemir mientras él le arrancaba aquel placer no deseado e inevitable al mismo tiempo. El cuerpo de Ness se tensaba, era como un cable dispuesto a estallar. Se arqueaba como un arco en máxima tensión. Zac sintió el estallido del clímax al verla estremecerse y sofocar un grito. Y vio también temblar sus labios, antes de que los apretara hasta convertirlos en una dura línea.

Entonces sintió la quemazón del arrepentimiento. No tenía derecho, nadie lo tenía, a tomar algo tan bello y utilizarlo como un arma. Había querido hacerle daño por algo que estaba más allá de la propia voluntad de Ness. Y lo había hecho. La había castigado. Pero no más de lo que se había castigado a sí mismo.

Zac: Ness.

Ness se limitó a sacudir la cabeza, con los ojos cerrados con fuerza. Deseando encontrar las palabras que le faltaban, Zac elevó los ojos al techo.

Zac: No tengo excusa. No hay nada que pueda justificar que te haya tratado de esta forma.

Ness consiguió tragarse las lágrimas. Las palabras de Zac la aliviaron lo suficiente como para que pudiera serenar su respiración y abrir los ojos.

Ness: Quizá no, pero supongo que hay alguna razón para lo que has hecho. Y me gustaría oírla.

Zac tardó un largo rato en contestar. Permanecía tumbado a su lado, quieto y tenso, sin rozarla siquiera. Podía darle docenas de razones... la falta de sueño, el exceso de trabajo, la ansiedad ante el posible fracaso del vuelo. Ninguna sería falsa. Pero ninguna sería del todo cierta. Y Ness, lo sabía, le daba mucha importancia a la sinceridad.

Zac: Me importas -le dijo lentamente-. Y no es fácil saber que no voy a volver a verte otra vez. Soy consciente de que ambos tendremos que vivir nuestras propias vidas -añadió, antes de que Ness pudiera decir nada-. En nuestro propio tiempo. Quizá ambos estemos haciendo lo que tenemos que hacer. Pero no me gusta ver que para ti es todo tan fácil.

Ness: Y no lo es.

Sabía que estaba siendo egoísta, pero Zac sintió un inmenso alivio al oírla. Entrelazó la mano con la de Ness.

Zac: Estoy celoso.

Ness: ¿De quién?

Zac: De los hombres que conocerás, de los hombres a los que amarás. De los hombres que te amarán...

Ness: Pero...

Zac: No, no digas nada. Déjame decirlo todo de una vez. No me importa saber que racionalmente es absurdo. Es una reacción de las entrañas, Ness, y estoy acostumbrado a hacerles caso. Cada vez que imagino a otro hombre tocándote como yo te he tocado, viéndote como yo te he visto, me vuelvo loco.

Ness: ¿Y por eso estás enfadado conmigo? -se volvió para estudiar su perfil-. ¿Por mis futuras aventuras amorosas?

Zac: Supongo que tienes todo el derecho del mundo a tratarme como si fuera un idiota.

Ness: No pretendo hacerlo.

Zac se encogió de hombros.

Zac: Incluso soy capaz de imaginar a tu amante. Mide cerca de dos metros y tiene la complexión de uno de esos dioses griegos.

Ness: Adonis -sugirió con una sonrisa-. Cuenta con mi aprobación.

Zac: Calla -replicó, pero Ness advirtió que sus labios se habían curvado en una sonrisa-. Tiene el pelo rubio, con algunas mechas más claras, y una mandíbula cuadrada y fuerte, con un hoyuelo en la barbilla.

Ness: ¿Como Kirk Douglas?

Zac la miró con recelo.

Zac: ¿Conoces a un tipo así?

Ness: Es un actor famoso -sintiendo que la tormenta ya había terminado, le dio un beso en el hombro-.

Zac: En cualquier caso, también tiene un buen cerebro, y esa es otra de las razones por las que lo odio. Es doctor en filosofía. Es capaz de hablar de los hábitos de aparcamiento de las tribus más desconocidas durante horas. Y también toca el piano.

Ness: Caramba, estoy realmente impresionada.

Zac: Es rico -continuó, casi malignamente-. Te llevará a París y hará el amor contigo en la habitación de un hotel situado a orillas del Sena. Después te regalará un diamante del tamaño de un puño.

Ness: Vaya, vaya -pensó en lo que le estaba diciendo-. ¿Y es un hombre poético?

Zac: Incluso escribe poesía.

Ness: Oh, Dios mío -se llevó una mano al corazón-. Supongo que podrás decirme dónde lo voy a conocer. Me gustaría estar preparada.

Zac giró en la cama lo suficiente para mirarla. Los ojos de Ness brillaban, pero por diversión, no a causa de las lágrimas.

Zac: Te estás divirtiendo con todo esto, ¿verdad?

Ness: Sí -elevó las manos hacia su rostro-. Supongo que te sentirías mejor si te dijera que voy a meterme en un convento.

Zac: Por supuesto -tomó su mano y se llevó la palma a los labios-. ¿Puedes ponerlo por escrito?

Ness: Me lo pensaré -la mirada de Zac volvía a ser clara y profunda. Y Zac era otra vez el hombre al que ella amaba y comprendía-. ¿Ya hemos terminado de pelear?

Zac: Eso parece. Lo siento, Ness. Me he comportado como un tupz.

Ness: No estoy segura de lo que significa eso, pero probablemente tengas razón.

Zac: ¿Amigos? -se inclinó para rozar sus labios con los suyos-.

Ness: Amigos -antes de que Zac pudiera retroceder, enmarcó su rostro entre las manos para darle un prolongado, profundo y mucho menos amistoso beso-. ¿Zac?

Zac: ¿Humm?

Dibujó sus labios con la lengua, memorizando su forma y su textura.

Ness: ¿Sabes cómo se llama ese tipo? ¡Ay! -retrocedió bruscamente, batallando entre la risa y el dolor-. Me has mordido.

Zac: Desde luego.

Ness: La fantasía ha sido tuya -le recordó-, no mía.

Zac: Y espero que siga siendo así -pero sonreía mientras deslizaba la mano por la abertura de la camisa de Ness-. Pero si lo prefieres, yo mismo puedo ofrecerte otras.

Ness: Sí -Zac le rodeaba el seno con la mano, haciendo funcionar su magia-. Oh, sí.

Zac: Si yo te llevara a París, pasaríamos los tres primeros días en la suite de un hotel, sin salir en ningún momento de la cama -continuaba seduciéndola. Pellizcando aquí y acariciando allá-. Beberíamos champán, botellas y botellas de champán. Y comeríamos platos diminutos con nombres exóticos y sabores más exóticos todavía. Llegaría a conocer cada centímetro de tu cuerpo, cada poro de tu piel. Y desde una cama enorme y mullida, nos remontaríamos hasta lugares en los que nadie ha estado jamás.

Ness: Zac -temblaba mientras Zac cubría sus senos de besos lentos y húmedos-.

Zac: Después nos vestiríamos. Te imagino con un vestido blanco, de un tejido ligero, que se desliza por tu hombro y desciende hasta el final de tu espalda. Un vestido que hace que todos los hombres que te miran deseen matarme.

Ness: Pero si ni siquiera los veo -con un suspiro, bajó las manos por su cuerpo, deteniéndose en cada plano, en cada ángulo-. Yo solo te veo a ti.

Zac: Las estrellas empiezan a salir. Miles de estrellas. Y puedes oler París. Una rica fragancia, a agua y a flores. Andaremos kilómetros para que puedas ver esas luces increíbles, y tantos edificios maravillosamente antiguos. Nos detendremos a tomar un vino en un café, sentados en una mesa en la calle, a la sombra de una sombrilla. Y cuando volvamos al hotel, seguiremos haciendo el amor durante horas y horas.

Sus labios buscaron nuevamente los de Ness, embriagándola.

Ness: No necesitamos París para eso.

Zac: No -se tumbó sobre ella y enmarcó su rostro con las manos-.

El semblante de Ness resplandecía, tenía los ojos medio cerrados y asomaba una dulce sonrisa a sus labios. Zac quería recordar aquel momento, aquel instante en el que nada existía, salvo ella.

Zac: Oh, Dios mío, Ness, te necesito.

Era todo lo que Ness necesitaba oír, todo lo que le hubiera pedido que le dijera. Se fundió con él en un abrazo.

Había urgencia en aquel encuentro. Podía saborearla en la lengua de Zac cuando la hundió en las profundidades de su boca. Zac moldeaba su cuerpo con las manos sin poder disimular su impaciencia. Y como los sentimientos de Ness eran un reflejo de los suyos, su respuesta fue explosiva. Sentía la sangre como un río de lava palpitando bajo su piel. El calor era insoportable. Y delicioso, Y se hacía más intenso mientras Zac la desnudaba.

Un susurro primitivo escapó de su garganta. Con una velocidad y una furia que hizo estremecerse a Zac, le quitó la camisa y deslizó los vaqueros por sus caderas. Desesperada, dio media vuelta en la cama para cambiar sus posiciones y colocarse precipitadamente sobre él. Oía la respiración agitada de Zac y aquel sonido bastaba para que la excitación alcanzara nuevas cotas.

Poder. Era el máximo afrodisíaco. Podía hacerlo temblar, desear hasta el dolor, hacerle susurrar su nombre. Ness, hasta entonces, no había sido consciente de que, con tan poco esfuerzo, pudiera dejarlo tan indefenso.

Y Zac era tan atractivo. Sentirlo bajo sus manos, sentir su sabor enredado en su lengua. Y fuerte. Sentía la firmeza y la fuerza de sus músculos. Que, sin embargo, temblaban bajo la delicada danza de sus dedos.

Zac pretendía que Ness lo recordara. Y era él el que gemía bajo el peso de las sensaciones que ella provocaba. Sería él el que recordaría siempre. La música que él siempre había amado, sencilla y elocuente, inundaba su mente. Y sabía que, a partir de entonces, sería el recuerdo permanente de Ness.

Podía sentir el calor que irradiaba mientras se movía sobre su cuerpo, buscando y encontrando su boca. Sus besos eran lentos, tórridos, un placer en el que Zac podría ahogarse. Y de pronto reía, mientras eludía las manos anhelantes de Zac y continuaba arrastrándolo hasta la locura.

Zac no podía soportarlo. Sentía el corazón latiéndole violentamente contra las costillas y el eco de su pálpito reproduciéndose en todo su cuerpo. El ritmo de sus latidos parecía gritar el nombre de Ness una y otra vez, hasta hacerle sentirse lleno de ella.

Zac: Ness -aquella palabra fue un ronco susurro, tan crudo como su deseo-. Por el amor de Dios.

Entonces Ness se cerró sobre él, como si fuera terciopelo caliente. El sonido que escapó de sus labios apenas fue un gemido, pero vibraba en él la alegría del triunfo. Perdida en su propio placer, se movía a un ritmo salvaje, sintiendo cómo iba estrechándose aquel íntimo vínculo a medida que su deseo crecía.

Zac había experimentado la caída libre en el espacio y el salto a través del tiempo. Pero ninguna de las dos cosas era nada comparada con aquello.

A ciegas, alargó los brazos hacia ella, y sus manos resbalaron por su piel húmeda y escurridiza. Cuando las manos de ambos se encontraron, saltaron juntos hasta la cumbre.

Perfecto. Perezosamente satisfecha, Ness se acurrucó contra él y posó la mejilla en el corazón de Zac sin dejar de ronronear mientras él acariciaba su pelo.

Serena. Cada una de las partes de su cuerpo estaba satisfecha. El cuerpo, la mente y el corazón. Ness se preguntaba durante cuánto tiempo podrían permanecer dos personas en la cama sin comer ni beber. Eternamente. Sonrió para sí. Casi podía creerlo.

Ness: Mis padres tienen un gato -musitó-. Un gato gordo y amarillo que se llama Marigold. No tiene ni una pizca de ambición.

Zac: ¿Un gato que se llama Marigold?

Sin dejar de sonreír, Ness le acarició lentamente el brazo.

Ness: Ya has conocido a mis padres.

Zac: Exacto.

Ness: El caso es que se pasa las tardes tumbado en el alféizar de la ventana. Todas las tardes. Pues bien, en este preciso instante, sé exactamente cómo se siente -se estiró, solo un poco, porque incluso eso requería demasiado esfuerzo-. Me gusta tu cama, Efron.

Zac: Yo también he llegado a tomarle mucho cariño.

Se quedaron un rato en silencio.

Ness: Esa música -estaba sonando en aquel momento en su cabeza: una melodía dulce e insoportablemente romántica-. Tengo la sensación de que la conozco.

Zac: Salvador Simeon.

Ness: ¿Es un compositor nuevo?

Zac: Depende de tu punto de vista. De la última década del siglo veintiuno.

Ness: Oh -la burbuja estalló-.

A veces, siempre era una muy corta cantidad de tiempo. Aferrándose al último instante, Ness se volvió y le dio un beso en el pecho. Sintió latir allí su corazón, firme y fuerte.

Ness: Poesía, música clásica y aerociclos. Una interesante combinación.

Zac: ¿De verdad?

Ness: Sí, mucho. Y también sé que te has enganchado a los culebrones y a los concursos.

Zac: Eso sí que es una investigación -sonrió de oreja a oreja mientras le hacía sentarse a su lado-. Quiero poder hablar con conocimiento de causa de todas las formas populares de entretenimiento en el siglo veinte -se interrumpió un momento, con expresión pensativa-. ¿Crees que archivarán los culebrones? Me gustaría saber si Blak y Eva son capaces de solucionar su situación a pesar de las intrigas de Dorian. Y después está el problema de quién está acorralando a Justin por el asesinato del terrible y despreciable Carlton Slade. Yo voto por Libby, esa mujer de rostro dulce y corazón implacable.

Ness: Definitivamente enganchado -repitió, acurrucándose en la cama y sonriéndole-. ¿En el siglo veintitrés no hay culebrones?

Zac: Claro que sí, pero nunca tengo tiempo de verlos. Siempre había pensado que eran para los trabajadores domésticos.

Ness: Trabajadores domésticos -repitió, gratamente sorprendida al ver que las labores domésticas ya no solo eran tarea de las mujeres-. No he podido hacerte todas las preguntas que quería - apoyó la barbilla en las rodillas-. Cuando volvamos a casa, deberíamos escribir todo lo que te ha pasado.

Zac deslizó un dedo por su brazo.

Zac: ¿Todo?

Ness: Todo lo que sea pertinente. Y mientras terminamos de escribirlo y preparamos la cápsula, podrás ponerme al corriente de lo que pasará en el futuro.

Zac: De acuerdo. -Se levantó de la cama. Quizá lo mejor fuera que se mantuvieran ocupados durante las siguientes horas. Comenzó a buscar sus pantalones y se fijó entonces en la Polaroid que había caído al suelo-. ¿Esto que es?

Ness: Una cámara. De auto revelado. Puedes tener las fotos en cuestión de segundos.

Zac: ¿De verdad?

Divertido, la giró entre sus manos. Le habían regalado una cámara por su décimo cumpleaños que hacía exactamente lo mismo. Y cabía en la palma de su mano. También informaba del tiempo y la temperatura y era capaz de reproducir su música favorita.

Ness: Vuelves a tener esa expresión de superioridad en la cara, Efron.

Zac: Lo siento. ¿Qué hay que hacer? ¿Apretar ese botón?

Ness: Exacto... ¡No! -pero ya era demasiado tarde. Zac ya había apuntado y disparado-. Hay gente que ha sido asesinada por mucho menos.

Zac: Pensaba que querías que hiciéramos fotografías -le dijo en un tono razonable mientras veía cómo iba apareciendo la imagen en su mano-.

Ness: No estoy vestida.

Zac: Ya -sonrió-. No está nada mal -decidió-. Una sola dimensión, pero ha captado lo fundamental. Y de una forma muy sexy.

Tapándose con las sábanas, Ness bajó de la cama e intentó quitarle la fotografía.

Zac: ¿Quieres verla?

Sostenía la fotografía fuera de su alcance, pero de tal manera que Ness pudo verse a sí misma, con los brazos y las piernas doblados, el pelo revuelto y expresión somnolienta.

Zac: Dios, me encanta cuando te sonrojas.

Ness: ¡No me estoy sonrojando! -se dijo a sí misma que tampoco se estaba riendo mientras se vestía-.

Zac dejó la cámara a un lado y comenzó a desnudarla otra vez.


Cuando abandonaron la nave, los rodeaban ya las sombras del atardecer. Tras una breve discusión, decidieron atar el aerociclo a la parte de atrás del Land Rover y regresar juntos.

Ness: Es una buena idea. Pero necesitaríamos una cuerda.

Zac: ¿Para qué? -giró una de las manecillas que había debajo del asiento del ciclo y sacó dos cinturones-.

Ness se encogió de hombros.

Ness: Bueno, supongo que querrás hacerlo de la manera más fácil -se inclinó sobre la parte de atrás del aerociclo y abrió ligeramente las piernas-.

Zac: ¿Qué haces?

Ness: Voy a ayudarte a levantarla -agarró el vehículo con firmeza y sopló para quitarse el pelo de los ojos-. Vamos.

Zac presionó la lengua contra la parte interior de su mejilla.

Zac: De acuerdo, pero no te esfuerces demasiado.

Ness: ¿Tienes idea de la cantidad de equipo que tenemos que cargar en las excavaciones?

Zac la miró sonriente.

Zac: No.

Ness: Pues mucho. A la una, a las dos, y a las tres... -Dejó escapar un suspiro de asombro cuando consiguieron alzar el ciclo por encima de su hombro. El aerociclo pesaba más de diez kilos-. Eres muy gracioso, Efron.

Zac: Gracias -aseguró el ciclo rápidamente-. ¿Esta vez me vas a dejar conducir a mí?

Cuando Ness sacó las llaves del bolsillo y las meneó delante de él, Zac continuó insistiendo.

Zac: Vamos, Ness, no hay nadie por aquí.

Ness: Sea como sea, todavía no me has enseñado tu licencia de conducir.

Zac: Si estamos hablando de cuestiones técnicas, no creo que sean aplicables a este caso. Ness, si soy capaz de pilotar eso... -señaló la nave con el pulgar-. Estoy condenadamente seguro de que sabré conducir eso. Y me gustaría experimentarlo.

Ness le tiró las llaves.

Ness: Pero procura recordar que este vehículo se mantiene siempre a la altura del suelo.

Zac: No lo olvidaré -contento como un niño con un juguete nuevo, se sentó tras el volante-. Tiene diferentes marchas, ¿verdad?

Ness: Eso creo.

Zac: Fascinante. ¿Y este pedal de aquí?

Ness: Es el embrague -contestó, preguntándose si no estaría dejando su vida en sus manos-.

Zac: El embrague, de acuerdo. Eso es lo que desengancha el sistema para que puedas cambiar de marcha. Las marchas más altas son para las velocidades más altas. Esa es la idea, ¿verdad?

Ness: Sí. ¿Y ves ese pedal? ¿El que está a su lado? Ese es el freno. Presta atención al freno, Efron. Préstale mucha atención.

Zac: No te preocupes -le dirigió una petulante sonrisa mientras giraba la llave en el encendido-. ¿Lo ves?

Fueron en dirección contraria y a toda velocidad durante algunos metros antes de detenerse con un brusco chirrido de frenos.

Zac: Espera un momento. Creo que ya lo tengo.

Ness: Has puesto la tracción a las cuatro ruedas, la reversa

Zac: ¿La reversa?

Aunque comenzaba a sentir un sudor frío en las manos, se lo enseñó.

Ness: Tranquilízate, ¿quieres? E intenta ir hacia delante.

Zac: Eso está hecho.

El Land Rover se tambaleó al principio, haciendo que Ness se agarrara con las dos manos al salpicadero y empezara a rezar. Zac estaba disfrutando como nunca en su vida y, cuando las dificultades de la conducción se allanaron, pareció incluso un poco decepcionado.

Zac: Es sencillísimo -le dirigió a Ness una sonrisa-.

Ness: Tú mira por dónde vas. ¡Oh, Dios mío! -se tapó la cara para no ver un árbol con el que estuvieron a punto de estrellarse-.

Zac: ¿Siempre eres tan miedosa como copiloto? -le preguntó en un tono completamente tranquilo mientras maniobraba para sortear el árbol-.

Ness: Podría terminar odiándote. Estoy segura.

Zac: Relájate, pequeña. Vamos a desviarnos un poco.

Ness: Zac, deberíamos...

Zac: Conducir con emoción -terminó por ella-. ¿No es esa la frase?

Ness: Creo que es «buscar la emoción», pero esto no es un anuncio de cerveza -se mordió el labio y se aferró al cinturón de seguridad-. En cualquier caso, te lo dejo a ti todo. Creo que yo prefiero disfrutar de una vida larga y aburrida.

Zac bajó por una pendiente pedregosa, conduciendo como si hubiera nacido detrás del volante.

Zac: Después de volar, creo que esto es lo que más me gusta -la miró-. Bueno, quizá no lo que más, pero casi.

Ness: Creo que algunos de mis órganos vitales se me van a soltar después de tanta sacudida. Zac, ahora tienes que ir a la derecha del... -dos abanicos de agua se levantaron a ambos lados del Land Rover. Ness estaba completamente empapada cuando llegaron a la otra orilla-. Arroyo -musitó, apartándose el pelo mojado de los ojos-.

Al verla tan mojada, Zac soltó un grito de alegría y giró para cruzar el arroyo de nuevo. Ness lo oyó reír a carcajadas mientras el agua los salpicaba por segunda vez.

Ness: Estás loco -el Land Rover abandonó el suelo durante un instante y cayó con una brusca sacudida-. Pero no eres en absoluto aburrido.

Zac: ¿Sabes? Con unas cuantas modificaciones esto podría llegar a convertirse en algo muy importante en mi época. No entiendo por qué dejaron de hacerlos. Si pudiera hacerme con un prototipo, mi clasificación crediticia iba a subir como la espuma.

Ness: No te lo vas a llevar. Todavía me quedan catorce letras por pagar.

Zac: Solo era una idea.

Podría haber estado horas conduciendo. Pero el aire era frío y Ness estaba empezando a temblar. Zac dio media vuelta.

Ness: ¿Sabes dónde estamos?

Zac: Claro, a unos veinte grados al noreste de la nave -le tiró suavemente del pelo-. Ya te dije que sé navegar. Te diré una cosa, cuando volvamos a casa, nos meteremos en la ducha. Después podemos encender un fuego y tomar ese brandy. Y luego... -soltó una maldición y pisó con fuerza los frenos-. 

Tenían frente a ellos a un grupo de cuatro excursionistas.

Ness: Maldita sea -murmuró-. Casi nunca viene nadie en esta época del año -le bastó una sola mirada para decidir que prácticamente acababan de quitarles las etiquetas a las mochilas y a las botas-.

Zac: Si continúan caminando en esa dirección, se encontrarán con la nave.

Ness intentó dominar el pánico y sonrió cuando el grupo se acercó a ellos.

Ness: Hola.

**: Eh, hola -el hombre, fuerte y grande, de unos cuarenta años, se inclinó hacia el Land Rover-. Son las primeras personas que vemos desde esta mañana.

Ness: No vienen muchos excursionistas por este camino.

**: Por eso lo hemos elegido, ¿verdad, Susie? -palmeó el hombro a una mujer que tenía aspecto de estar agotada. Su única respuesta fue un silencioso asentimiento de cabeza-. Rankin, Jim Rankin -se presentó. Tomó la mano de Zac y se la estrechó-. Mi esposa, Susie, y nuestros hijos, Scott y Joe.

Zac: Encantado de conocerlo. Zac Efron y Ness Hudgens.

Jim: Tracción a las cuatro ruedas, ¿eh?

Al advertir la mirada de perplejidad de Zac, Ness contestó.

Ness: Sí, estábamos a punto de meterla.

Jim: Nosotros nos conformamos con la mochila -esbozó una amplia sonrisa-.

En cuestión de segundos, Ness y Zac se dieron cuenta de que Jim era el único al que le entusiasmaba la posibilidad de recorrer aquellas montañas a pie. Eso podría ser una ventaja para ellos.

Ness: ¿Vienen de muy lejos?

Jim: Empezamos en la Gran Vista. Una bonita zona de acampada, pero está abarrotada de gente. Y yo quería mostrarles a mi esposa y a mis hijos la naturaleza en estado puro.

Ness consideró que los niños debían tener entre trece y quince anos y ambos parecían estar a punto de empezar a protestar. Considerando la distancia que había desde la zona de acampada de la Gran Vista, nadie podía culparlos por ello.

Ness: Es una excursión bastante larga.

Jim: Somos gente fuerte, ¿verdad, chicos? -ambos lo miraron con infinita tristeza-.

Ness: No estarán pensando subir por ese camino, ¿verdad? -preguntó señalando la ruta con la mano-.

Jim: Pues la verdad es que sí. Queríamos intentar alcanzar la cumbre antes de que anochezca.

Susie gimió y se inclinó para darse un masaje en la pantorrilla.

Ness: No se puede llegar por este camino. Allí delante hay una zona de reforestación. ¿Ve ese claro que hay entre los árboles?

Jim: Sí, lo he visto -tocó el podómetro que llevaba a la cintura-. Y la verdad es que me intriga.

Ness: Han pasado por allí una máquina segadora -dijo sin pestañear-. Han prohibido la acampada y el paso de excursionistas. Le pueden llegar a poner una multa de quinientos dólares -propuso una buena cantidad-.

Jim: Vaya, le agradezco que nos lo hayas hecho saber.

Scott: Papá, ¿no podemos ir a un hotel? -preguntó uno de los chicos-.

Joe: A un hotel con piscina -intervino el otro-. Y con vídeo.

Susie: Y una cama -musitó su esposa. Una cama de verdad.

Les guiñó el ojo a Zac y a Ness.

Jim: Últimamente la familia está un poco quisquillosa. Pero esperad a ver mañana la salida del sol -se volvió hacia su mujer-. Entonces comprenderéis que ha merecido la pena.

Ness: Hay una ruta más fácil hacia el oeste -salió del Land Rover y se apoyó contra la puerta-. ¿La ve?

Jim: Sí.

A Jim no le hacía mucha gracia tener que cambiar su itinerario, pero los quinientos dólares lo habían persuadido.

Ness se alegraba de poder ofrecerles un camino con una pendiente mucho menor.

Ness: Y a unos cuatro o cinco kilómetros de aquí, hay un claro que puede ser un buen sitio para acampar. La vista es fabulosa y pueden llegar perfectamente antes del anochecer.

Zac: Podríamos llevaros hasta allí - había notado también el cansancio y el mal humor de los chicos, que, en cuanto oyeron la oferta, alegraron la cara-.

Jim: Oh, no, pero gracias de todas formas -repuso con una sonrisa-. Eso sería hacer trampa, ¿verdad?

Susie: Quizá -se ajustó la mochila en la espalda-. Pero a lo mejor nos salvaba la vida -le dio un codazo a su marido para que se apartara y se inclinó hacia Zac-. Señor Efron, si nos lleva hasta la zona de acampada, puede pedirnos lo que quiera.

Jim: Pero Susie...

Susie: Cállate, Jim -agarró a Zac por la camisa-. Por favor. Llevo cuatrocientos cincuenta y ocho dólares en el bolsillo de la mochila. Son todos suyos.

Con una sonora carcajada, Jim agarró a su esposa del brazo.

Jim: Por favor, Susie. Llegamos al acuerdo...

Susie: A estas alturas ya no valen los acuerdos -elevó ligeramente la voz. Haciendo un obvio esfuerzo por controlarse, tomó aire-. Me estoy muriendo, Jim. Y creo que los niños van a quedar traumatizados de por vida. No querrás ser responsable de algo así, ¿verdad? -como no estaba muy segura de su respuesta, retrocedió, para tomar a cada uno de los niños bajo su brazo-. Tú puedes ir andando, pero yo tengo ampollas en los pies y creo que no voy a volver a sentir la pierna izquierda en toda mi vida.

Jim: Susie, si hubiera sabido que te encontrabas tan mal...

Susie: Estupendo -no iba a dejarle terminar la frase-. Ahora ya lo sabes. Vamos, chicos.

Se montaron en la parte de atrás del Land Rover. Tras unos segundos de vacilación, Jimmy se reunió tristemente con ellos, sentando al más pequeño de sus hijos en su regazo.

Ness: Es una zona muy bonita -comenzó a decir mientras le señalaba a Zac como dirigirse a aquella pista-. Probablemente lo apreciarán más cuando hayan comido y descansado.

Y mucho más todavía, estaba segura, cuando Susie descubriera que estaban a solo unos tres kilómetros de la Gran Vista.

Susie: Desde luego, está lleno de árboles -suspiró disfrutando del placer de trasladarse sin esfuerzo. Como sabía que Jim estaba de mal humor, le palmeó la rodilla-. ¿Sois de aquí?

Ness: Nací aquí -confiando en que Zac pudiera encontrar solo el camino, se volvió hacia el asiento de pasajeros-. Pero Zac es de Filadelfia.

Susie: ¿De verdad? -estaba debatiéndose entre flexionar o no el pie, pero decidió no arriesgarse-. Nosotros también. ¿Es la primera vez que está por aquí, señor Efron?

Zac: Sí, supongo que podría decirse que es la primera vez.

Susie: Nosotros también. Jim quería enseñarles a sus hijos esta zona, que todavía no ha sido explotada. Así que aquí estamos -le apretó cariñosamente la rodilla a su marido-.

Ya más tranquilo, Jim estiró el brazo a lo largo del respaldo del asiento.

Jim: Esta es una excursión que nunca olvidaremos.

Los niños intercambiaron miradas y se mantuvieron en un sabio silencio. Todavía había alguna oportunidad de que terminaran en un hotel.

Jim: Así que es de Filadelfia. ¿Crees que los Filis tendrán alguna oportunidad este año?

Precavidamente, Zac intentó darle una respuesta poco comprometedora.

Zac: Yo siempre mantengo la esperanza.

Jim: ¡Eso es! -le palmeó el hombro-. Si consiguen reforzar el área y fortalecer el grupo de lanzadores, todavía podrán hacer algo.

Béisbol, comprendió Zac con una sonrisa. Al menos eso era algo de lo que podía hablar.

Zac: Es difícil saber lo que va a pasar esta temporada, pero creo que de aquí a doscientos años, llegaremos a ganar alguna liga.

Jim soltó una sonora carcajada.

Jim: Eso sí que es visión a largo plazo.

Cuando llegaron al claro, sus pasajeros estaban de mucho mejor humor. Los niños bajaron corriendo del coche y se pusieron a perseguir a un conejo. Susie bajó más lentamente, cuidando todavía sus piernas.

Susie: Es precioso -miró la cadena de montañas tras la que se ponía el sol-. Nunca podré agradecérselo lo suficiente. A los dos - miró hacia su marido, que ya les estaba gritando a los chicos para que comenzaran a reunir leña para el fuego-. Le han salvado la vida a mi marido.

Zac: La verdad es que parece estar en muy buena forma.

Susie: No. Pensaba matarlo mientras durmiera -sonrió mientras se liberaba de la mochila-. Ahora no tendré que hacerlo. Por lo menos hasta dentro de un par de días.

Con expresión jovial, Jim volvió al lado de su esposa y la abrazó. Ella hizo una mueca de dolor, cuando él apretó sus tiernos músculos.

Jim: Te diré una cosa, Susie, aquí una persona puede respirar de verdad.

Susie: De momento al menos -musitó-.

Jim: Este aire no es como el de Filadelfia. ¿Por qué no se quedan a cenar con nosotros? No hay nada como cenar bajo las estrellas.

Susie: Claro -añadió con entusiasmo-. Esta noche, el menú consiste en las siempre populares judías con el añadido de unos perritos calientes, si no se ha estropeado la nevera portátil, y para postre, tenemos deliciosos albaricoques deshidratados.

Zac: Suena magnífico -una parte de él estaba deseando quedarse, sentarse y escuchar. La familia Rankin le parecía tan entretenida como cualquier serie de televisión-. Pero tenemos que volver a casa.

Ness le ofreció la mano a Susie y le palmeó compasivamente el hombro.

Ness: Si siguen el camino de la derecha, llegarán otra vez a la Gran Vista. No es una excursión muy larga, pero es bastante bonita

Y además, los alejaría cada vez más de la nave.

Jim: No saben cuánto se lo agradezco -buscó en el bolsillo de su mochila y sacó una tarjeta. Al verlo, Ness tuvo que contener la risa. Aquel hombre podía estar fuera de su entorno habitual, pero...- Llámeme cuando regrese, Efron. Soy director de ventas en Bison Motors. Puedo ofrecerles un buen precio en artículos de primera o de segunda mano.

Zac: Lo tendré en cuenta -montaron de nuevo en el Land Rover y se despidieron agitando la mano-. ¿Qué es exactamente lo que vende? -le preguntó a Ness-.




¡Gracias por las felicitaciones!

Espero que os haya gustado el capi. ¡Próximo día el último!


miércoles, 10 de abril de 2019

Capítulo 10


Ness: Sabía que te levantarías temprano -salió por la puerta de la cocina para reunirse con su madre en la calle-.

Caroline: No tan temprano -suspiró, enfadada consigo misma por haberse perdido la salida del sol-. Durante los últimos dos meses, me descubro haciendo todo a cámara lenta.

Ness: ¿Tienes náuseas mañaneras?

Caroline: No -sonriendo, tomó a su hija por la cintura-. Al parecer, mis tres hijos han decidido evitármelas. ¿Alguna vez te he dicho lo mucho que os lo agradezco?

Ness: No.

Caroline: Pues te lo agradezco -le dio a Ness un beso en la mejilla y se fijó entonces en las ojeras que rodeaban sus ojos. Comprendiendo que aquel era el momento oportuno para hablar con su hija, señaló hacia los árboles con la cabeza-. ¿Te apetece dar un paseo?

Ness: Sí, me encantaría.

Comenzaron a caminar lentamente. Las pulseras y los pendientes de Caroline tintineaban alegremente.

Nada había cambiado, pensó Ness. Los árboles, el cielo y la silenciosa cabaña tras ellas. Y, al mismo tiempo, todo había cambiado. Se apoyó un instante en el hombro de su madre.

Ness: ¿Te acuerdas de cuando salíamos a pasear Sunny, tú y yo?

Caroline: Me recuerdo paseando contigo -soltó una carcajada mientras las ramas se curvaban sobre sus cabezas, formando un túnel verde y sombrío-. A Sunny nunca le gustaba pasear. En cuanto podía, echaba a correr. A ti y a mí nos gustaba pasear lentamente, como lo estamos haciendo ahora.

¿Y cómo sería el bebé que iba a nacer en unos meses?, se preguntó Caroline, sintiendo la emoción de la anticipación.

Ness: Después recogíamos flores o bayas para que papá pensara que habíamos estado haciendo algo productivo.

Caroline: Parece que nuestros dos hombres han decidido dormir hasta tarde hoy.

Ness no respondió y Caroline esperó a que el silencio que había entre ellas volviera a hacerse confortable. El bosque estaba vivo, lleno de sonidos. Desde el susurro de la hierba hasta la llamada de los pájaros en el cielo.

Caroline: Me gusta tu amigo, Ness.

Ness: Me alegro. Quería que te gustara -se inclinó para tomar una ramita y la rompió en pedacitos mientras caminaban-.

Era un gesto nervioso que Caroline conocía muy bien. Sunny habría estallado abiertamente, pero Ness, siempre tranquila y sensata, hacía todo lo posible por reprimirse.

Caroline: Es más importante que te guste a ti.

Ness: Me gusta y mucho -al darse cuenta de lo que estaba haciendo, Ness tiró la rama al suelo-. Es un hombre bueno, alegre y fuerte. El tiempo que he pasado aquí con él ha sido maravilloso.  Nunca imaginé que encontraría a alguien que pudiera hacerme sentir lo que me hace sentir él.

Caroline: Pero no sonríes cuando lo dices -acarició el rostro de su hija-. ¿Por qué?

Ness: Esto... solo va a ser algo temporal.

Caroline: No lo comprendo. ¿Por qué tiene que ser algo temporal? Si estás enamorada de él...

Ness: Lo estoy... -musitó-. Estoy completamente enamorada de él.

Caroline: ¿Entonces?

Ness dejó escapar un largo suspiro. Era imposible explicárselo, pensó.

Ness: Zac tiene que volver con su familia.

Caroline: ¿A Filadelfia? -le preguntó sin terminar de comprenderla-.

Ness: Sí -apareció una sonrisa en sus labios. Débil y llena de melancolía-. A Filadelfia.

Caroline: No entiendo que por eso os tengáis que separar -comenzó a decir. De pronto, se interrumpió y posó la mano en el brazo de su hija-. Oh, cariño, ¿está casado?

Ness: No -se habría echado a reír, pero advirtió la preocupación sincera y profunda que reflejaban los ojos de su madre-. No, no es nada de eso. Zachary es un hombre honesto. Es difícil explicarlo, lo único que puedo decirte es que desde el principio sabíamos que Zac tendría que regresar al lugar al que pertenece... Y yo... tenía que quedarme.

Caroline: La distancia no tiene por qué impedir que dos personas estén juntas.

Ness: A veces, la distancia es más larga de lo que parece. Pero no te preocupes -se inclinó para darle a su madre un beso en la mejilla-. De verdad, mamá, no cambiaría estos días que he pasado con Zac por nada del mundo. Cuando yo era pequeña, había un póster en la cabaña, ¿te acuerdas? Decía algo sobre que, si tenías algo, tenías que saber dejarlo marchar. Y que, si no volvía a ti, era porque nunca había sido realmente tuyo.

Caroline: Nunca me gustó ese póster -murmuró-.

En aquella ocasión fue Ness la que se echó a reír a carcajadas.

Ness: Vamos a recoger flores.


Ness los observaba marcharse unas horas después. Su padre tras el volante de la ruidosa camioneta y su madre asomándose a la ventanilla, sin dejar de mover la mano hasta que se perdieron de vista.

Zac: Me gustan tus padres.

Ness se volvió hacia Zac y le rodeó el cuello con los brazos.

Ness: A ellos también les has gustado. 

Zac se inclinó para besarla.

Zac: A tu madre quizá.

Ness: Y a mi padre también.

Zac: Si tuviera un año o dos para ganármelo, quizá llegara a gustarle.

Ness: Hoy ya no te ponía mala cara.

Zac: No -frotó su mejilla contra la de Ness mientras pensaba en ello-. Solo me miraba con aire burlón. ¿Qué les has dicho?

Ness: ¿Sobre qué?

Zac: Sobre por qué no voy a quedarme aquí, contigo.

Ness: Les he dicho que tenías que volver a tu casa -haciendo un enorme esfuerzo, consiguió que su respuesta sonara natural, despreocupada-.

Tan despreocupada que Zac estuvo a punto de soltar una maldición.

Zac: ¿Y nada más?

Zac tenía la voz enronquecida por la tristeza, lo que le daba un tono, era consciente de ello, que podía ser confundido con la dureza.

Ness: No se meten en mi vida si no quiero que lo hagan. Pero será más fácil para todos que les diga la verdad.

Zac: ¿Qué es?

¿Estaba decidido a ponerle las cosas difíciles? Ness movió los hombros inquieta.

Ness: Que la historia no ha cuajado, tú has tenido que continuar con tu vida y yo he tenido que seguir con la mía.

Zac: Sí, supongo que eso es lo mejor. Una ruptura sin líos ni arrepentimientos.

Irritada, Ness hundió las manos en el bolsillo del pantalón.

Ness: ¿Se te ocurre una idea mejor?

Zac: No. La tuya es excelente -se apartó, enfadado consigo mismo y con ella-. Tengo que volver a la nave.

Ness: Lo sé. Pensaba bajar a la ciudad para comprar la cámara y algunas otras cosas. Si vuelvo pronto, iré a buscarte para ver cómo van tus progresos.

Zac: Estupendo.

Pero no estaba dispuesto a dejar que las cosas fueran tan fáciles para Ness cuando él estaba a punto de desgarrarse en dos.

Sin darse tiempo para arrepentirse, la estrechó contra él y devoró su boca.

Y prolongó aquel beso ardiente, tenso, aliado con el sabor del enfado y la frustración. Ness intentaba contenerse, mantener el equilibrio físico y emocional. No podía, no podía darle lo que Zac parecía necesitar. La rendición total. No se la había pedido hasta entonces. Y Ness no sabía que iba a ser capaz de contenerse con tanta firmeza. Atrapada, no podía relajarse, no podía exigir nada mientras él la devoraba.

Con una larga y posesiva caricia, Zac deslizó la mano por su cuerpo, y descendió después sin disminuir la intensidad de su caricia. Ness podía haber protestado. Había algo en su abrazo que la asustaba, que la debilitaba, que la hacía sentirse abierta y vulnerable, que le hacía experimentar la necesidad de volver a tocar tierra. No había delicadeza en aquel gesto, ni tampoco el deseo urgente que en otras ocasiones Zac había mostrado. No, aquel beso era un castigo. Un castigo brutalmente efectivo.

Ness: Zachary -comenzó a decir, intentando tomar aire cuando la soltó-.

Zac: Esto debería darte algo en lo que pensar.

Completamente atónita, Ness lo miró fijamente. Se llevó una mano temblorosa a los labios, todavía tiernos por el beso. Cuando recuperó la respiración, intentó dominar su genio. Pensaría en ello, de acuerdo. Se metió en la casa, y cerró la puerta violentamente. Minutos después, salió y cerró la puerta de un portazo.


Todo iba a salir perfectamente. Y él se sentía como un diablo. Técnicamente, podría marcharse en menos de veinticuatro horas. Ya había hecho las principales reparaciones y afinado los cálculos que él y el ordenador habían estimado. La nave estaba lista. Pero él no. Y a eso era a lo que le tocaba enfrentarse.

Ness parecía preparada para verlo marchar, pensó Zac mientras reparaba una fisura en la estructura interna con el láser. Parecía incluso estar esperando ansiosa el momento. Probablemente, en aquel momento estaría en la ciudad, comprando una cámara para poder hacer algunas fotos de recuerdo antes de la despedida. Zac apagó el láser y comprobó el resultado de su trabajo.

¿Por qué demonios tenía que ser tan práctica?

Simplemente porque lo era, se recordó a sí mismo mientras se quitaba los guantes protectores. Y esa era una de las cosas que más admiraba de ella. Era una mujer práctica, cariñosa, tímida e inteligente. Todavía recordaba perfectamente sus ojos la primera vez que le había dicho que la deseaba. Aquellos ojos pardos, rebosantes de confusión.

Y cuando la había tocado. La había descubierto ardiente y temblorosa. Era tan suave. Tan increíblemente suave. Maldiciéndose a sí mismo, guardó el láser en el compartimiento de las herramientas y metió los guantes a su lado antes de cerrar la puerta. No podía imaginarse a un solo hombre en todo el universo que fuera capaz de resistirse a aquellos ojos, o aquella piel, o aquella boca llena y sensual.

Esa era parte del problema, admitió mientras merodeaba por la nave. Los hombres no se resistirían. Quizá hasta entonces, Ness no les hubiera prestado atención. Estaba demasiado ocupada con sus libros, su trabajo y sus teorías sobre las tendencias sociales de los seres humanos. Pero cualquier día, se le caerían las gafas, miraría a su alrededor y descubriría que había hombres, hombres de carne y hueso, que le devolvían interesados la mirada. Hombres que podrían hacerle promesas, pensó disgustado. Aunque ni siquiera pretendieran mantenerlas.

Quizá Ness todavía no se había dado cuenta de cuánta pasión, cuánta fuerza albergaba. Pero él le había abierto aquellas puertas. Las había abierto, diablos... las había hecho añicos. Y cuando él se fuera, otros hombres podrían avivar el fuego que él había encendido.

Pensar en ello lo volvía loco, admitió Zac mientras se mesaba nervioso los cabellos. Completa, desesperadamente loco. Tendrían que encerrarlo en una de esas celdas acolchadas de las que Ness había hablado. No podía soportar la idea de que otro pudiera tocarla. De que pudiera desnudarla.

Con un juramento, rodeó la nave y comenzó a poner las cosas en orden. Es decir, a tirarlas por todas partes.

Estaba siendo egoísta e injusto. Pero no le importaba. Era cierto que tendría que aceptar el hecho de que Ness continuaría haciendo su vida, y que su vida incluiría un amante, o varios amantes, pensó apretando los dientes. Un marido quizá e hijos. Tenía que asumirlo, sí. Pero maldito fuera si le gustaba.

Después de dar una patada en una esquina, hundió las manos en los bolsillos y fijó la mirada en la fotografía de su familia. Sus padres, reflexionó, estudiando cada rasgo de sus rostros como no lo había hecho jamás en su vida. Habían pasado tres, no, cuatro meses desde la última vez que los había visto. Si no se contaban los siglos.

Eran muy atractivos, gente de aspecto fuerte, a pesar de la expresión ligeramente avergonzada que tenía su padre en aquella fotografía. Siempre le habían parecido tan satisfechos de sí mismos, tan seguros de sus vidas y de lo que querían. Le gustaba imaginárselos en casa, a su madre trabajando en algún libro técnico y a su padre silbando entre dientes mientras arreglaba sus flores.

Él había heredado la nariz de su madre. Intrigado, Zac se inclinó para verla más de cerca. Era curioso, hasta entonces no se había fijado. Al parecer, su madre estaba satisfecha con la nariz con la que había nacido y que él había heredado.

Y también Dylan, advirtió, mientras estudiaba la imagen de su hermano. Pero Dylan también había heredado su brillantez. La brillantez no siempre era un regalo, pensó Zachary con una sonrisa.  Había convertido a Dylan en un hombre exaltado, inquisidor e impaciente. Recordaba a su madre diciendo que D.E., como lo llamaban en la familia, siempre había preferido discutir a respirar.

Zac decidió que probablemente él había heredado el carácter de su padre. Aunque en aquel momento no tenía la sensación de tener un carácter ecuánime.

Con un suspiró, se sentó en la cama.

Zac: Os gustaría -le explicó a la fotografía-. Me gustaría que pudierais conocerla.

Era la primera vez, pensó. Hasta entonces, nunca había tenido la necesidad de llevar a sus compañeras a casa, o buscar la aprobación de su familia. Probablemente, era el resultado de haber pasado el día con los padres de Ness.

Estaba divagando. Se frotó la cara con las manos mientras admitía que estaba perdiendo el tiempo que necesitaba para trabajar con aquellos análisis. Debería haberse ido ya. Pero se había prometido otro día al lado de Ness. Además, estaba también la cápsula del tiempo que quería hacer Ness… si es que todavía quería hablar con él.

Tenía todo el derecho del mundo a estar enfadada después del numerito que le había montado aquella mañana antes de irse. Pero era preferible, decidió mientras se tumbaba. Prefería verla enfadada que sonriendo y urdiéndolo a marcharse. Perezosamente, miró el reloj. Ness debería volver en un par de horas.

De modo que tenía tiempo para echarse una siesta después de la larga y frustrante noche de insomnio que había pasado en el sofá. Conectó el reloj de la mesilla de noche, cerró los ojos y se durmió.


Idiota, pensó Ness, aferrándose al volante con fuerza mientras maniobraba el Land Rover de camino a casa. Engreído e idiota, aclaró. Sería mejor que le diera una explicación cuando lo viera otra vez. Por mucho que se había devanado los sesos, no había encontrado ninguna razón que justificara aquel beso furioso y vehemente.

Algo en lo que tenía que pensar.

Pues bien, ya había pensado en ello, se recordó Ness mientras recorría la estrecha y accidentada carretera. Y continuaba enfureciéndole. Y todavía no le encontraba el sentido. Se acordó una vez más de la vecina que tenía en Portland, casada en dos ocasiones, que siempre proclamaba que lo que hacían los hombres no tenía ningún sentido.

Para ella siempre lo había tenido, al menos como especie, pensó Ness sombría. Y sobre el papel. Pero, por primera vez en su vida, estaba sentimentalmente involucrada con un ejemplar de carne y hueso y estaba completamente desconcertada.

Ness pasó por encima de unas piedras mientras intentaba, una vez más, resolver el misterio de Zachary Efron.

Quizá hubiera tenido algo que ver con la visita de sus padres. Pero la verdad era que también parecía triste antes de que hubieran llegado. Triste, pero no enfadado, recordó, y habían hecho el amor, lenta y delicadamente en el arroyo aquella tarde. Durante la cena parecía contento, quizá un poco tímido, pero eso era natural. Debía ser muy difícil para él estar rodeado de gente, intentando concentrarse en no decir nada que pudiera delatarlo.

Sintió una punzada de compasión y lo ignoró obstinadamente.

No había ninguna razón para que Zac desahogara en ella su frustración. ¿Acaso no estaba intentando ayudarlo? Se estaba muriendo por dentro, pero estaba haciendo todo lo que estaba en su poder para que Zac pudiera volver a donde quería estar.

Ella también tenía su propia vida. Aquello consiguió tranquilizarla un poco mientras sorteaba a toda velocidad una loma. Debería estar haciendo su tesis y trabajando en los preliminares para el próximo estudio de campo. Tenía una oferta para realizar una serie de conferencias que todavía se tenía que pensar. Y en vez de trabajar, se estaba dedicando a hacer recados, comprar cámaras y galletas de avena. Pero aquella sería la última vez que lo haría, decidió furiosa. Y entonces, comprendió que, efectivamente, quisiera o no, aquella sería la última vez.

Detuvo el Land Rover cuando el camino se estrechaba para dar paso a una senda que solo se podía atravesar a pie. En realidad, no pretendía ir a buscar a Zachary. Durante todo el trayecto, se había estado diciendo a sí misma que volvería a la cabaña y se pondría a trabajar. Pero allí estaba, ignorando sus buenos propósitos. Pero al menos, había algo que podía hacer por ella.

En un impulso, sacó la nueva Polaroid de la bolsa. Después de desempaquetarla, siguió las instrucciones y colocó uno de los carretes que había comprado. En el último momento, decidió llevarse también la bolsa de galletas de avena.

Desde el punto más alto de la loma, estudió la nave.

Descansaba, enorme y silenciosa, entre las rocas y los árboles caídos, como si se tratara de un animal extraño en pleno sueño. Deliberadamente, bloqueó cualquier pensamiento sobre el hombre que estaba en su interior y se concentró en la nave en sí misma.

El vehículo del futuro, decidió, mientras encuadraba cuidadosamente la fotografía. Capaz de llegar hasta Marte, Mercurio y Venus. Servicio expreso a Plutón y Orión. Con lo que era más un suspiro que una risa, tomó dos fotografías. Se sentó al borde de la loma y esperó mientras las fotos se revelaban. Cincuenta años atrás, la idea de sacar fotografías instantáneas también parecía de ciencia ficción. Volvió a mirar hacia la nave. Aquel hombre trabajaba rápido. Muy rápido.

Deseando estar algunos minutos más a solas, abrió la bolsa de galletas y comenzó a comer.

Por supuesto, nunca podría enseñar a nadie las fotografías que en aquel momento ganaban color en su mano. Una de las fotografías era para la cápsula y la otra para sus archivos personales. Ella quería creer que era su faceta científica la que le hacía tomarla, la que le haría etiquetaría y guardarla junto a otras fotografías que tomaría para ilustrar el informe que estaba escribiendo sobre aquella experiencia.

Pero aquello no tenía nada que ver con la ciencia, y todo que ver con su corazón. Ness no quería depender solamente de su memoria. Se guardó las fotografías en los bolsillos, se colgó la cámara al hombro y comenzó a bajar.

Cuando llegó a la puerta, levantó al puño y se echó a reír. ¿Habría que llamar a la puerta de una astronave? Sintiéndose un tanto ridícula, golpeó dos veces. Una ardilla salió corriendo por la hierba, se subió a un tronco caído y desde allí miró fijamente a Ness.

Ness: Ya sé que es extraño. Pero no se lo cuentes a nadie -le tiró media galleta y se volvió para llamar otra vez-. De acuerdo, Efron, abre. Aquí me siento como una estúpida.

Intentó llamar, aporrear, gritar.  Incluso cedió a su furia y le dio una buena patada a la puerta. Por el bien de sus propios pies, retrocedió. Absolutamente enfadada con Zac, decidió marcharse, pero entonces se le ocurrió que quizá no la había oído.

Se acercó de nuevo a la nave y empezó a buscar el dispositivo que había utilizado para abrir la compuerta. Tardó unos diez minutos. Cuando la puerta se abrió, entró violentamente en la nave, dispuesta a pelear.

Ness: Escucha, Efron, yo...

No estaba en los mandos. Frustrada, se pasó la mano por el pelo. ¿Ni siquiera iba a estar disponible cuando estaba deseando gritarle?

Las compuertas estaban abiertas. No había sido capaz de verlo desde fuera, per, en ese momento, podía disfrutar de una vista panorámica de los alrededores. Furiosa, se acercó a los controles. Cómo se sentiría, se preguntó mientras se sentaba en la silla, pilotando algo tan grande, tan poderoso. Escrutó con la mirada las clavijas y botones que tenía frente a ella. Debía ser maravilloso para que Zac lo adorara. Incluso una mujer que siempre había tenido los pies firmemente apegados a la tierra podía imaginarse la sensación de libertad ilimitada que podía proporcionar viajar por el espacio.  Habría planetas de todos los tonos y colores. Imaginaba las estrellas distantes y el resplandor de las lunas recorriendo incansables sus órbitas.

Le gustaba imaginarse así a Zac, navegando entre las estrellas, de la misma forma que habían zigzagueado entre los árboles del bosque montados en su aerociclo.

Ness dirigió una última mirada al panel de control y estudió después el ordenador. Sintiéndose un poco incómoda, miró a su alrededor, se aseguró de que Zac no estaba cerca del puente, y se inclinó hacia adelante.

Ness: ¿Ordenador?

**: Funcionando.

Ness se sobresaltó y reprimió una risa nerviosa. Había dos preguntas que quería plantearle, aunque realmente solo quería una respuesta. Pero como creía que había que enfrentarse siempre a los hechos, Ness tomó aire, lo expulsó y decidió abordar lo que tanto temía.

Ness: Ordenador, ¿en qué situación están los cálculos para el viaje de regreso al siglo veintitrés?

**: Cálculos terminados. Índices de probabilidad comprobados. Factores de trayectoria, empuje, inclinación orbital, velocidad y factores de riesgo y éxito completados. ¿Es este el informe deseado?

Ness: No.

Así que había terminado. Ness lo sabía, a pesar de que había intentado decirse a sí misma que todavía tenía algunos días por delante. Zac no se lo había dicho, pero ella pensaba que había comprendido por qué. Zac no quería hacerle daño, y él sabía, tenía que saberlo, cómo se sentía. Por mucho que hubiera intentado fingir que su relación era solo un momento en el tiempo, basado en la pasión, en el cariño y en el mutuo deseo, Zac había sabido interpretar sus sentimientos.

Ness quería alegrarse por él. Tenía que alegrarse por él.

Ness tardó unos minutos en acostumbrarse a la idea, y después preguntó lo que muchas veces había querido saber

Ness: Ordenador.

**: Funcionando.

Ness: ¿Quién es Zachary Efron?

**: Efron, Zachary, Capitán de las ISF, retirado. Nacido el dos de febrero de dos mil doscientos veintidós, hijo de Catrina Hardesty Efron y Byran Edward Efron. Lugar de nacimiento, Filadelfia, Pensilvania. Graduado en la Graduate Wilson Freemonto Memorial Academy en dos mil doscientos treinta y siete. Asistió a la Universidad de Princeton, abandonó después de dieciséis meses sin haberse licenciado. Alistado a las ISF. Estuvo en servicio desde dos mil doscientos treinta y nueve a dos mil doscientos cuarenta y cinco. Sus antecedentes militares…

Con los labios apretados, Ness escuchó toda la información sobre la carrera militar de Zac. Había citación tras citación, reprimenda tras reprimenda. Mientras que sus referencias como piloto eran intachables, su hoja disciplinaria era una cuestión completamente diferente. Ness no pudo evitar una sonrisa.

Pensó en su padre y en lo mucho que desconfiaba del sistema militar. Sí, con un poco más de tiempo, habría llegado a tomarle cariño a Zac.

**: Clasificación crediticio, 5.8 -continuó el ordenador-.

Ness: Basta.

Ness suspiró pesadamente. Ella no tenía ningún interés en la clasificación crediticio de Zac. Ya había fisgoneado demasiado en su vida. Cualquier otra respuesta que quisiera, tendría que obtenerla directamente de él. Y rápido.

Se levantó, y comenzó a vagar por la nave, buscándolo.

Fue la música la que le dio la pista. Primero escuchó aquel sonido vago y distante con vaga curiosidad. Era música clásica, particularmente apasionada. Mientras la seguía, intentó identificar al compositor.

Descubrió a Zac dormido en su camarote. La música inundaba la habitación de rincón a rincón, pero aun así era una música suave, seductora. Sintió la necesidad, casi irresistible, de tumbarse a su lado y acurrucarse contra él hasta que se despertara e hiciera el amor con ella.

Pero lo descartó inmediatamente. La culpa la tenía la música, decidió. De alguna manera, le resultaba reconfortante y erótica al mismo tiempo. Exactamente como podían llegar a serlo los besos de Zac. Pero no permitiría que su influencia le hiciera olvidarse de que estaba enfadada con él.

Aun así, le hizo una fotografía mientras dormía y se la metió en el bolsillo, sintiéndose casi culpable.

Después de apoyarse contra el marco de la puerta, alzó la barbilla. Era una pose deliberadamente desafiante, y le gustaba.

Ness: Así que así es como trabajas.

Aunque había alzado la voz por encima del sonido de la música, Zac continuó durmiendo. Ness consideró la posibilidad de acercarse y darle un empujón en el hombro, pero entonces se le ocurrió una idea mejor. Se metió dos dedos en la boca, tomó aire y soltó un agudo e intenso silbido, tal y como Sunny le había enseñado.

Zac se levantó de la cama como un cohete.

Zac: ¡Alerta roja! -gritó antes de ver a Ness mirándolo sonriendo desde el marco de la puerta-.

Después de apoyarse contra el cabecero de la cama, se pasó la mano por la cara.

Había estado soñando. Estaba fuera, en el espacio, navegando a través de la galaxia, viendo los mundos correr a cientos, miles de kilómetros bajo él. Ness estaba allí, a su lado, pasándole el brazo por la cintura, con el rostro resplandeciente por la fascinación y la emoción del vuelo.

Pero entonces había ocurrido un percance. La nave había empezado a temblar, las alarmas a sonar y las luces a parpadear. Zac había oído gritar a Ness mientras caían en picado. Él no sabía qué hacer. De pronto, su mente se había quedado completamente en blanco.

Pero allí estaba en aquel momento, mientras su corazón todavía latía a toda velocidad por culpa del sueño, mirándolo desafiante y dispuesta a pelear.

Zac: ¿Qué demonios ha sido eso?

Parecía haberse llevado un susto de muerte. Que era lo que Ness pretendía.

Ness: Me ha parecido la forma más eficiente de despertarte. Voy a decirte una cosa, Efron, si continúas trabajando así, vas a terminar agotado.

Zac: Estaba descansando un poco -deseó haber tomado un buen trago de aquel potente licor azul eléctrico de las Antillas-. Ayer por la noche no dormí mucho.

Ness: Qué pena -sin dejar de mirarlo, metió la mano en la bolsa para sacar una galleta-.

Zac: Ese sofá está lleno de bultos.

Ness: Tomaré nota. A lo mejor esa es la razón por la que te has levantado con el pie izquierdo -se tomó su tiempo, iba mordisqueando la galleta poco a poco-.

Estaba intentando contagiarle su hambre, y lo estaba consiguiendo, pero no de la forma que Ness pretendía.

Zac podía sentir cómo iban tensándose sus músculos, uno a uno.

Zac: No sé a qué te refieres.

Ness: Es una expresión.

Zac: Ya la he oído -sabía que le había contestado bruscamente, pero no podía evitarlo-.

Ness sacó le lengua para recuperar una miga que había quedado suspendida en la comisura de su boca. Zac estuvo a punto de gemir.

Zac: No me he levantado con ningún pie izquierdo.

Ness: Bueno, en ese caso, supongo que eres una persona de naturaleza ardiente, aunque hasta ahora hayas conseguido dominarte.

Zac: No soy de naturaleza ardiente -gruñó-.

Ness: ¿Ah no? ¿Arrogante, entonces? ¿Eso te parece mejor? -su media sonrisa estaba destinada a enfadarlo, pero le provocó un sentimiento completamente diferente-.

Intentando ignorar tanto a Ness como a lo que estaba ocurriendo en su cuerpo, Zac miró el reloj.

Zac: Has estado mucho tiempo en la ciudad.

Ness: Con mi tiempo hago lo que quiero, Efron.

Zac arqueó las cejas. Si Ness no hubiera estado tan pendiente de su propio control, podría haberse dado cuenta de que las ojeras de Zac se habían oscurecido.

Zac: ¿Quieres pelea?

Ness: ¿Yo? -volvió a sonreír. Era la viva imagen de la inocencia-. Por Dios, Zachary, después de haber conocido a mis padres, deberías saber que he nacido pacifista. Me acunaban con canciones folk.

Zac musitó algo para sí, fue una palabra de dos sílabas que Ness siempre había pensado pertenecía a la jerga del siglo veinte. Intrigada, inclinó la cabeza.

Ness: Así que esa continúa siendo la respuesta cuando a alguien no se le ocurre una respuesta inteligente. Es un consuelo saber que algunas tradiciones nos sobrevivirán.

Zac bajo las piernas de la cama y, con los ojos fijos en los de Ness, se estiró lentamente. No caminó hacia ella, todavía no. No quería hacerlo hasta que no pudiera confiar en su capacidad para dominar las ganas de darle un buen golpe en aquella obstinada barbilla. Era curioso, hasta entonces no se había dado cuenta del aspecto obstinado de aquella barbilla. Ni de la mirada desafiante de sus ojos.

Y lo peor era que aquella arrogancia le resultaba tan excitante como su pasión.

Zac: Estás presionándome, pequeña. Supongo que debería advertirte que yo no procedo de una familia particularmente pacífica...

Ness: Bueno... -tomó cuidadosamente otra galleta-. Supongo que eso debería aterrarme. -Después de enrollar la bolsa, se la tiró a Zac, que al levantar la mano para atraparla, destrozó la mitad de su contenido-. No sé qué te pasa, Efron, pero tengo mejores cosas que hacer que preocuparme por eso. Puedes quedarte aquí gruñendo si quieres, pero yo me voy a trabajar.

Apenas pudo dar media vuelta. Porque Zac la agarró del brazo y la acorraló contra la pared. Más tarde, Ness se preguntaría por qué la había sorprendido tanto que se moviera tan rápidamente o que, bajo su aparente calma, se ocultara un genio incontenible.

Zac: ¿Quieres saber lo que me pasa? ¿Por eso me estás presionando, Ness?

Ness: No me importa nada lo que te pase o te deje de pasar -mantenía la barbilla alta, aunque se le había quedado la boca seca-.

Sabía que, para ella, siempre sería más fácil ofrecer una disculpa que continuar aquella discusión. Pero a veces no era por sus convicciones pacifistas, si no por cobardía. Enderezó la espalda y tomó aire. Estaba dispuesta a pelear.

Ness: Me importa un bledo lo que te pase. Y ahora, déjame marcharme.

Zac: Pues debería importarte -la agarró por la cabeza y se la inclinó lentamente hacia atrás, exponiendo su cuello-. ¿Crees que todos los sentimientos que un hombre puede albergar por una mujer son delicados y amables?

Ness: No soy ninguna estúpida -comenzó a retorcerse, más furiosa que asustada, al ver que no la soltaba-.

Zac: No, no lo eres.

La furia de sus ojos no era menor que la que reflejaban los de Ness. Sintió que algo se rompía dentro de él. Era el último cerrojo que había conseguido enjaular su genio.

Ness: No necesito que me enseñes nada.

Zac: En eso tienes razón. Habrá otros que podrán enseñarte muchas cosas, ¿verdad? -los celos le desgarraban las entrañas, clavaban en ellas sus garras y hacían arder su sangre-. Maldita seas. Y malditos sean todos ellos, todos y cada uno de ellos. Piensa en esto: cada vez que te toque otro hombre, mañana, o dentro de diez años, desearás que sea yo. Yo me encargaré de ello.

Y con aquellas palabras suspendidas todavía en el aire, la empujó a la cama.




Oh! 😲
¿¡Qué hará Zac!? 😕

Hoy es un día especial porque soy un año más vieja 😆

Espero que os haya gustado el capi.
Gracias por leer!


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