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sábado, 11 de marzo de 2017

Capítulo 10


Debería haberse ausentado del pueblo por unos días, pensó Vanessa. Ir a alguna parte. A donde fuera. No había nada más patético que sentarse sola en Nochebuena a ver pasar a la gente por la ventana.

Había rechazado cada invitación a fiestas y cenas que había recibido, con excusas que incluso a ella le habían sonado falsas. Estaba deprimida, admitió, y eso era algo que no se correspondía en nada con su carácter. Aunque lo cierto era que nunca antes le habían roto el corazón de aquella manera.

Con Drake, se había tratado más bien de una cuestión de orgullo herido. Que había curado a vergonzante velocidad.

Pero ahora se había quedado con sus sentimientos en carne viva… en la época del año en que el amor era lo más importante.

Lo echaba de menos. Y detestaba saber que lo echaba de menos. Aquella vacilante sonrisa, su voz suave, su ternura. En Nueva York, al menos, se habría perdido en la multitud, en el bullicio. Pero allí era diferente: allá donde mirara, se acordaba de él.

«Vete a alguna parte», Vanessa. «Sube al coche y vete».

Anhelaba ver a los niños. Se preguntó si habrían sacado sus trineos con la primera y fresca nieve que había caído el día anterior. ¿Estarían contando las horas que faltaban para la Navidad, conspirando para quedarse despiertos hasta que oyeran los renos de Santa Claus en el tejado?

Tenía los regalos para ellos, ya envueltos, esperando bajo el árbol. Pensó que tendría que enviárselos a través de Kim o de Miley, y volvió a entristecerse porque no vería sus caras cuando los abrieran.

«No son tus hijos», se recordó. En ese punto, Zac siempre se había mostrado muy claro. Compartir su persona con ella ya le había resultado suficientemente difícil. La posibilidad de compartir sus hijos lo había dejado paralizado.

Se marcharía, pensó. Se obligaría a irse. Haría una maleta, la cargaría en el coche y conduciría hasta cansarse, hasta que le apeteciera detenerse. Se tomaría un par de días libres. O, mejor, una semana. Nunca podría soportar quedarse allí sola, durante todas las vacaciones.

Durante los diez minutos siguientes, arrojó cosas a su maleta sin plan u orden alguno. Una vez tomada la decisión, sólo quería marcharse de allí lo antes posible. Cerró la maleta, la llevó al salón y buscó su abrigo.

La llamada a la puerta le hizo rechinar los dientes. Si algún bienintencionado vecino volvía a desearle felices fiestas o a invitarla a cenar, se pondría a chillar.

Pero, cuando abrió la puerta, recibió una nueva puñalada en el corazón.

Ness. Vaya, Zachary… ¿has salido a felicitar las fiestas a tus inquilinos?

Zac: ¿Puedo entrar?

Ness: ¿Para qué?

Zac: Vanessa -había una gran carga de paciencia en la palabra-. Por favor, déjame entrar.

Ness: Como quieras. La casa es tuya -volvió al salón, dándole la espalda-. Perdona que no te cante un villancico. No estoy de muy buen humor.

Zac: Necesito hablar contigo

Llevaba días intentando encontrar la manera y las palabras correctas.

Ness: ¿De veras? Disculpa que no me guste la idea. El recuerdo de la última vez que quisiste decirme algo permanece grabado en mi mente.

Zac: No quería hacerte llorar.

Ness: Lloro con facilidad. Deberías verme cuando miro los infocomerciales navideños que dan por televisión -incapaz de continuar con aquellos sarcásticos comentarios, se dio por vencida y formuló la pregunta que más le importaba-. ¿Cómo están los niños?

Zac: Apenas me dirigen la palabra -al ver su expresión sorprendida, señaló el sofá-. ¿Quieres sentarte? Es una historia complicada.

Ness: Me quedaré de pie. En realidad no tengo mucho tiempo. Ya me marchaba.

Zac siguió la dirección de su mirada hacia su maleta. Apretó los labios.

Zac: Bueno, no te quitaré mucho tiempo.

Ness: ¿Ah, no?

Zac: Supongo que aceptarías esa oferta de volver a trabajar en Nueva York.

Ness: Los rumores corren rápido. No, no la he aceptado. Me gusta mi trabajo de aquí, me gusta la gente de aquí y pretendo quedarme. Simplemente me iba unos días de vacaciones.

Zac: ¿Te vas de vacaciones el día de Nochebuena a las cinco de la tarde?

Ness: Puedo irme y volver cuando quiera. No, no te quites el abrigo -le espetó. Las lágrimas estaban a punto de brotar-. Dime lo que tengas que decirme y lárgate. Todavía sigo pagando el alquiler. O, mejor dicho: lárgate ahora mismo. Maldita sea, no voy a ponerme a llorar otra vez por tu culpa…

Zac: Los chicos pensaban que Santa Claus te envió.

Ness: ¿Perdón?

A la primera lágrima que vio resbalar por su mejilla, se acercó a ella y se la enjugó tiernamente con el pulgar.

Zac: No llores, Vanessa. Detesto hacerte llorar.

Ness: No me toques -se apartó para sacar un pañuelo de papel de una caja-.

Zac pensó que estaba descubriendo exactamente lo que se sentía al ser despedazado. Abierto en canal.

Zac: Lo siento -dejó caer lentamente la mano-. Sé lo que debes de sentir hacia mí ahora mismo.

Ness: No sabes ni la mitad -se sonó la nariz, esforzándose por recuperar el control-. ¿Qué es eso que has dicho de los chicos y de Santa Claus?

Zac: Le escribieron una carta en otoño, poco antes de conocerte. Decidieron que querían una mamá para Navidad. Perdón: no una mamá -le explicó cuando ella se volvió para quedárselo mirando fijamente-. La mamá. No han dejado de corregirme en ese punto. Tenían ideas bastante concretas sobre lo que querían. Se suponía que tenía que tener el pelo negro y sonreír mucho, debían gustarle los niños y los perros, y saber hacer galletas. Querían también unas bicicletas, pero eso era secundario. Lo que realmente querían era la mamá.

Ness: Oh -esa vez sí que se sentó, en un brazo del sofá-. Eso explica unas cuentas cosas -irguiéndose, se volvió para mirarlo-. Te has pasado un poco, ¿no te parece, Zac? Sé que los quieres mucho, pero empezar una relación conmigo para intentar complacer a tus hijos es ir bastante más allá del amor paterno.

Zac: Yo no lo sabía. Maldita sea, ¿piensas que yo sería capaz de jugar de esa manera con sus sentimientos, o con los tuyos?

Ness: Con los suyos, no -pronunció con voz hueca, dolida-. Con los míos… ya no sé.

Zac recordó lo fina y delicada que le había parecido cuando hicieron el amor. En ese momento veía mucha más fragilidad en ella. No tenía los coloretes de las mejillas. Ninguna luz brillaba en sus ojos.

Zac: Sé lo que estás pasando, Vanessa. Yo jamás te habría hecho daño deliberadamente. Ellos no me dijeron nada de la carta hasta esa noche… Tú no fuiste la única persona a la que hice llorar. Intenté explicarles que Santa Claus no trabajaba de esa manera, pero se les ha metido en la cabeza que él te envió.

Ness: Hablaré con ellos, si quieres.

Zac. No me merezco…

Ness: No lo haría por ti, sino por ellos.

Asintió con la cabeza, comprensivo.

Zac: Me preguntaba por cómo te sentirías al saber que ellos te pidieron como regalo.

Ness: No me presiones, Zac.

De repente no pudo evitarlo. No dejó de mirarla a los ojos mientras se le acercaba.

Zac: Te pidieron como regalo de Navidad para ellos… y para mí también. Es por eso por lo que no me dijeron nada. Tú eras nuestro regalo de Navidad -alzó una mano para acariciarle el cabello-. ¿Qué te parece?

Ness: ¿Qué quieres que me parezca? -le dio un manotazo y se volvió para quedarse mirando por la ventana-. Me duele. Yo me enamoré de vosotros tres casi desde el primer momento, y eso duele. Y ahora vete, déjame sola.

Zac sintió que un puño subía por su pecho para cerrarse con fuerza sobre su corazón.

Zac: Yo creía que te marcharías. Que nos dejarías a los tres. No me permití creer que te importaríamos lo suficiente como para quedarte.

Ness: Entonces fuiste un imbécil -gruñó-.

Zac: Fui un torpe -contempló el reflejo de las diminutas luces de su árbol de Navidad en su pelo y abandonó todo pensamiento de salvarse, de resistirse-. Un imbécil. Y de la peor especie, porque seguía escondiéndome de lo que podría sentir, de lo que ya sentía. No me enamoré de ti a primera vista. No que yo supiera, al menos. Me enamoré la noche del concierto. Quise decírtelo, y no sabía cómo. Luego oí algo sobre la oferta que recibiste de Nueva York y lo convertí en la excusa perfecta para alejarte de mi vida. Me dije a mí mismo que lo hacía para proteger a los niños, para evitar que sufrieran -«en realidad los utilicé», pensó, disgustado consigo mismo-. Pero eso sólo era verdad en parte. Realmente me estaba protegiendo a mí mismo. No podía controlar lo que sentía por ti. Me asusté.

Ness: Pero el ahora no es distinto del entonces, Zac.

Zac: Podría ser distinto -corrió el riesgo y apoyó las manos sobre sus hombros. Le hizo volverse para que pudiera mirarlo-. Tuvieron que ser mis propios hijos los que me enseñaran que hay que desear las cosas para que ocurran. No me dejes, Vanessa. No nos dejes.

Ness: No pensaba irme a ninguna parte.

Zac: Perdóname -al ver que se disponía a girar la cabeza, la tomó suavemente de la barbilla-. Por favor. Quizá no consiga arreglar esto, pero dame la oportunidad de intentarlo. Te necesito en mi vida. Los tres lo necesitamos.

Había tanta paciencia en su voz, tanta fuerza callada en su mano… ya mientras lo miraba, su corazón empezó a curarse.

Ness: Te quiero. Os quiero a todos. No puedo evitarlo.

El alivio y la gratitud riñeron el beso con que le acarició los labios.

Zac: Yo también te quiero. Y no quiero evitarlo -atrayéndola hacia sí, le hizo apoyar la cabeza sobre el hombro-. Hemos sido tres durante tanto tiempo, que no sabía cómo hacer un hueco en nuestras vidas. Creo que ahora he aprendido a hacerlo -volvió a apartarse para echar mano a un bolsillo-. Te he comprado un regalo.

Ness: Zac… -todavía tambaleante por la emoción del momento, se pasó las manos por las mejillas húmedas por las lágrimas-. Si todavía no es Navidad…

Zac: Pero está lo suficientemente cerca. Creo que si lo abres ahora mismo, me librarás de esta opresión que siento en el pecho.

Ness: De acuerdo -se enjugó otra lágrima-. Me lo tomaré como un regalo para hacer las paces. Puede que incluso decida… -se interrumpió con la caja abierta en la mano-.

Era un anillo, el tradicional y solitario diamante engastado en oro.

Zac: Cásate conmigo, Vanessa -le pidió con tono suave-. Sé la mamá.

Alzó la mirada hacia él, aturdida.

Ness: Te mueves tremendamente rápido para alguien que siempre se toma tanto tiempo para hacer las cosas.

Zac: Hoy es Nochebuena -observó su rostro mientras sacaba el anillo de la caja-. Me pareció la noche adecuada para probar suerte.

Ness: Es una buena elección -sonriendo, le tendió la mano-. Muy buena -ya con el anillo en el dedo, le acarició una mejilla-. ¿Para cuándo entonces?

Debió haber adivinado que sería así de sencillo. Con ella, todo lo era.

Zac: Sólo falta una semana para Año Nuevo. Podría ser un buen comienzo de año. Y de vida.

Ness: Sí.

Zac: ¿Vendrás a casa conmigo esta noche? He dejado a los niños con Miley. Podría pasar a recogerlos, y pasarías las fiestas con nosotros -antes de que ella pudiera responder, sonrió y le besó la mano-. La maleta ya la tienes hecha.

Ness: Es verdad. Debe de ser cosa de magia.

Zac: Estoy empezando a creerlo -acunándole el rostro entre las manos, le dio un largo y profundo beso-. Es verdad que yo no te pedí como regalo, pero tú eres mi mejor regalo de Navidad, Vanessa -pegada la mejilla a su pelo, contempló las luces de colores que brillaban en las ventanas de las casas vecinas-. ¿Has oído algo? -murmuró-.

Ness: Mmm… -abrazándolo, sonrió-. Me ha parecido oír una música de cascabeles…


FIN




¡Qué bonito! 😊
¡Qué contentos se pondrán los gemelos!

Espero que os haya gustado la novela.
¡Muy pronto, otra!

¡Gracias por leer!


martes, 7 de marzo de 2017

Capítulo 9


Zac nunca había tenido problemas para autocontrolarse… o al menos no los había tenido durante los siete últimos años. En esa ocasión tuvo que utilizar todo el control de que disponía para disimular su enfado y su mal humor delante de los chicos.

Estaban tan entusiasmados con su visita, pensó con amargura. Querían asegurarse de que todas las luces estaban encendidas, las galletas y las golosinas preparadas. Hasta el cascabel que adornaba el collar de Thor.

Se dio cuenta de que ellos también se habían enamorado de ella. Y eso lo complicaba todo mucho más.

Debió de haberlo adivinado. Tenía que haberlo adivinado. Él mismo había dejado que sucediera. Se había descuidado, despistado. Y había arrastrado a los niños consigo.

Pero tendría que arreglarlo, ¿no? Se sirvió una cerveza. Era bueno arreglando cosas. Él todo lo arreglaba.

David: A las mujeres les gusta el vino -le informó de pronto, apareciendo junto a él-. A la tía Miley le gusta.

Zac recordó que Vanessa había bebido vino blanco en la fiesta de Miley.

Zac: Yo no tengo -masculló-.

Como percibiendo la tristeza de su padre, se abrazó a su pierna.

David: No te preocupes. Podrás comprar un poco para cuando venga la próxima vez.

Agachándose, acunó tiernamente la cara de su hijo entre las manos. El amor era algo tan poderoso, tan vital. Zac casi podía sentirlo atenazándole la garganta…

Zac: Siempre tienes una respuesta para todo, ¿eh, amiguito?

David: Ella te gusta. ¿Verdad, papá?

Zac: Sí. Es una gran chica.

David: Y tú le gustas a ella, ¿a que sí?

Zac: Hey, ¿a quién no le gustan los hombres de la familia Efron? -se sentó en la mesa de la cocina, con David en su regazo-. La mayor parte del tiempo, incluso tú me gustas a mí.

Aquello hizo reír a David, que se acurrucó contra él.

David: Y sin embargo ella vive sola.

Empezó a jugar con los botones de la camisa de su padre. Señal inequívoca de que estaba tramando algo.

Zac: Mucha gente vive sola.

David: Nosotros tenemos una casa grande, con dos habitaciones en las que no duerme nadie. Sólo los abuelos cuando vienen a visitarnos.

Zac: David, ¿qué es lo que pretendes decirme?

David: Nada -se puso a jugar con otro botón-. Simplemente me preguntaba cómo serían las cosas si ella se viniera a vivir aquí, con nosotros… Seguro que no se sentiría tan sola.

Zac: Nadie ha dicho que ella se sienta sola -le recordó-. Y creo que tú deberías…

De repente sonó el timbre de la puerta. Al momento se oyeron los excitados ladridos de Thor, acompañados de un tintineo de cascabeles. Alex entró en la cocina, bailando de alegría.

Alex: ¡Ya está aquí! ¡Ya está aquí!

Zac: Ya me he enterado -acarició la cabeza de David antes de bajarlo al suelo-. Hagámosla entrar, rápido. Fuera hace frío.

David: ¡Yo abriré!

Alex: ¡No! ¡Abriré yo!

Los gemelos atravesaron corriendo la casa, hacia la puerta. Chocaron, forcejaron con el picaporte y tiraron de Vanessa de cada mano para hacerla entrar.

Alex: Has tardado mucho -se quejó-. Llevamos esperándote toda la vida. Hemos puesto música de Navidad. ¿La oyes? Y tenemos el árbol encendido y todo.

Ness: Ya veo.

Era una habitación preciosa. Sólo lamentaba haber tardado tanto en conocerla.

Sabía que Zac había construido la mayor parte de la casa él solo. Había creado un espacio amplio y acogedor, con mucha madera y una chimenea con pantalla de cristal de donde colgaban ya las medias a la espera de los regalos. El árbol, profusamente adornado, se alzaba orgulloso frente al gran ventanal.

Ness: Es precioso -dejándose llevar por los chicos, se acercó para examinarlo de cerca-. Realmente maravilloso. A su lado, el de mi apartamento es una birria.

David: Podemos compartir el nuestro contigo -alzó la mirada hacia ella, con el corazón en los ojos-. Te prestaremos una media y todo, y le imprimiremos tu nombre.

Alex: Lo hacen en el centro comercial -intervino-. Te conseguiremos una bien grande.

En ese momento la estaban tirando no ya de las manos, sino del corazón. Embargada por la emoción del momento, se agachó para abrazarlos.

Ness: Sois los mejores -rio cuando Thor se acercó para reclamar su atención-. Tú también -llenos los brazos de niños y perro, alzó la mirada para sonreír a Zac cuando salió de la cocina-. Hola. Siento haber tardado tanto. Los chicos no se iban nunca. Querían que repasásemos juntos cada error y cada acierto del concierto.

Zac pensó que no debería parecer tan bella, tan perfecta, abrazando a los niños y al perro con el árbol de Navidad detrás.

Zac: Yo no detecté ningún error.

Ness: Pues los hubo. Pero trabajaremos en ello.

Se incorporó para sentarse en un cojín, sin soltar a los niños. Como si quisiera retenerlos junto a sí, pensó Zac.

David: No tenemos vino -le informó todo serio-. Pero tenemos leche, zumos, soda y cerveza. Y muchas otras cosas. O también… -lanzó una elaborada mirada a su padre-. Alguien podría preparar un cacao caliente.

Ness: Ésa es una mis especialidades -se quitó el abrigo-. ¿Dónde está la cocina?

Zac: Ya lo haré yo -gruñó-.

Ness: Te ayudaré -sorprendida por su distante actitud, lo acompañó hasta allí-. ¿O es que no te gusta tener mujeres en la cocina?

Zac: No vienen muchas por aquí. Eh… estuviste espléndida, en el escenario.

Ness: Gracias. Me sentí muy bien, la verdad.

Miró por encima de su hombro y se encontró con las expresiones ansiosas y expectantes de sus hijos.

Zac: ¿Por qué no os ponéis el pijama? Para entonces, el cacao ya estará preparado.

Alex: Nosotros nos daremos más prisa -le prometió, y volaron escaleras arriba-.

Zac: Sólo terminaréis antes que yo si dejáis regada la ropa por el suelo… Que no será el caso -y entró en la cocina-.

Ness: ¿La colgarán como Dios manda o la meterán sin más debajo de la cama?

Zac: David la colgará mal y se caerá al suelo. Alex la meterá debajo de la cama.

Vanessa se echó a reír mientras lo veía sacar la leche y el cacao.

Ness: Quería decírtelo: hace unos días, se presentaron con Kim al ensayo. Se habían cambiado los suéteres, ya sabes, el código de color. Los dejé realmente impresionados cuando supe quién era quién.

Zac se detuvo en el momento de mezclar el cacao en la cazuela.

Zac: ¿Cómo lo conseguiste?

Ness: Supongo que no pensé en ello. Cada uno tiene su propia personalidad. Sus expresiones faciales. Al final aprendes que Alex entorna un poco los ojos y David baja la mirada cuando están secretamente contentos por algo. O las inflexiones de voz -abrió un armario al azar, en busca de tazas-. O las posturas. Hay un montón de pequeñas pistas si prestas la atención suficiente -satisfecha consigo misma, sacó cuatro tazas y las dejó sobre el mostrador. Ladeó la cabeza cuando lo sorprendió observándola especulativamente. Como si ella fuera algo susceptible de ser calibrado y encajado en algún lugar-. ¿Te pasa algo?

Zac: Quería hablar contigo -se ocupó de calentar el cacao-.

Ness: Ya me lo dijiste antes -descubrió que necesitaba apoyar una mano en el mostrador, para no tambalearse-. Zac, ¿es una falsa impresión mía o te estás alejando de mí?

Zac: Yo no lo llamaría así.

Vanessa se preparó para lo peor.

Ness: ¿Cómo lo llamarías entonces? -inquirió con toda la tranquilidad de que fue capaz-.

Zac: Estoy preocupado por los chicos. Por el golpe que se llevarán cuando te vayas. Están demasiado encariñados.

¿Por qué sonaba tan estúpido?, se preguntó. ¿Y por qué se sentía tan estúpido?

Ness: ¿De veras?

Zac: Creo que te hemos estado enviando señales equivocadas, y que lo mejor para ellos sería que recularan a tiempo -se concentró en el cacao como si estuviera haciendo un experimento nuclear-. Tú y yo hemos salido unas cuantas veces, y nos hemos…

Ness: Acostado -terminó con frialdad-.

Era su última defensa.

Zac miró a su alrededor, como temiendo que sus hijos la hubieran oído. Pero todavía podía escuchar sus pasos en el piso de arriba.

Zac: Sí. Nos hemos acostado juntos, y ha sido estupendo. El caso es que los niños son más listos de lo que la gente se piensa. Se hacen ilusiones. Se encariñan con la gente.

Ness: Y tú no quieres que se encariñen demasiado conmigo -sabía que aquello iba a dolerle-. Ni ellos, ni tú.

Zac: Creo que continuar con esto sería un error.

Ness: Está suficientemente claro. Has plantado la señal de No pasar, y yo estoy fuera.

Zac: No es eso, Vanessa -bajó la cuchara y dio un paso hacia ella. Pero era como si hubiera una línea que no pudiera traspasar. Una línea que él mismo había trazado. Si no se aseguraba de que ambos quedaran a uno y a otro lado de la misma, la vida que tan cuidadosamente había construido podría desmoronarse-. Aquí tengo las cosas bajo control, y necesito que sigan así. Yo soy lo único que tienen. Ellos son lo único que tengo. No puedo echar a perder todo eso.

Ness: No es necesario que me expliques nada -su voz había enronquecido. Sabía que, en un momento, empezaría a temblarle-. Me lo dejaste claro desde un principio. Tan claro como el agua. Es curioso. La primera vez que me invitas a tu casa, y vas y me echas.

Zac: Yo no te estoy echando. Sólo estoy intentando reajustar las cosas.

Ness: Oh, vete al infierno -y abandonó la cocina a toda prisa-.

Zac: Vanessa, no hagas eso…

Pero para cuando volvió a salón, ella ya se estaba poniendo el abrigo y los chicos bajaban las escaleras a la carrera.

David: ¿Adónde va, señorita Hudgens? No puede…

Los críos se detuvieron en seco, impresionados por las lágrimas que veían correr por su rostro.

Ness: Lo siento -era demasiado tarde para disimular, así que continuó caminando hacia la puerta-. Tengo cosas que hacer. Lo siento muchísimo, de verdad.

Y se marchó, dejando a Zac de pie en medio del salón, impotente, bajo la mirada fija de sus hijos. Una decena de excusas le rondaban la cabeza. Justo cuando había encontrado una, David estalló en sollozos.

David: Se ha ido. Le has hecho llorar, y ella se ha ido….

Zac: No era mi intención. Ella… -quiso abrazarlos, pero se encontró con un sólido muro de resistencia-.

Alex: Lo has estropeado todo -una lágrima resbaló por su carita, roja de ira-. Nosotros hicimos todo lo que se suponía que teníamos que hacer, y tú lo has echado a perder.

David: Ella nunca volverá -se sentó en el primer escalón de la escalera y se puso a sollozar-. Ya nunca será la mamá.

Zac: ¿Qué? -desesperado, se pasó una mano por el pelo-. ¿De qué estáis hablando?

Alex: Lo has estropeado todo -repitió-.

Zac: Mirad, la señorita Hudgens y yo hemos tenido un…. desacuerdo. La gente tiene desacuerdos. No es el fin del mundo.

El problema era que sentía que era el fin del mundo.

David: Santa Claus la envió -se secó los ojos con los nudillos-. Nos la envió, como se lo pedimos. Y ahora se ha marchado.

Zac: ¿Qué quieres decir con eso de que Santa Claus la envió? -decidido, se sentó en los escalones. Sentó a un reacio David en su regazo y tiró a Alex de la mano para que se acercara-. La señorita Hudgens vino de Nueva York, no del polo norte.

Alex: Eso lo sabemos -desaparecido su enfado, buscó consuelo enterrando el rostro en el pecho de su padre-. Vino porque nosotros le mandamos a Santa una carta, hace meses, para que él tuviera tiempo.

Zac: ¿Tiempo para qué?

David: Para elegir a la mamá -suspirando, se sorbió la nariz y alzó la mirada hacia él-. Queríamos una mamá buena, que oliera bien, le gustaran los perros y tuviera el pelo negro. Nosotros la pedimos, y ella vino. Y se suponía que tú tenías que casarte con ella y convertirla en la mamá.

Zac soltó un profundo suspiro.

Zac: ¿Por qué no me dijisteis que estabais pensando en tener una madre?

Alex: No una mamá -lo corrigió-. La mamá. La señorita Hudgens es la mamá, pero ahora se ha ido. La queremos, y nosotros ya no le gustaremos más porque tú le has hecho llorar.

Zac: Por supuesto que le seguiréis gustando -a él lo odiaría, pero no podría odiar a los chicos-. Pero vosotros dos sois lo suficiente mayores como para saber que Santa no regala mamas.

David: Él nos la envió, tal y como se lo pedimos. No le pedimos ningún regalo más, aparte de las bicis -se arrebujó en su regazo-. No le pedimos ni juguetes ni juegos. Sólo la mamá. Haz que vuelva, papá. Arréglalo. Tú siempre lo arreglas todo.

Zac: Las cosas no funcionan así, amiguito. La gente no es como los juguetes rotos o las casas viejas. Santa no la envió, ella vino aquí a trabajar.

David: Claro que la envió Santa -con sorprendente dignidad, se apartó del regazo de su padre-. Quizá tú no la quieras, pero nosotros sí.

Sus hijos subieron las escaleras, en un frente unido que lo dejó al margen. Y Zac se quedó con un vacío en la boca del estómago y un olor a cacao quemado en la nariz.




¡Arréglalo! 😠

¡Gracias por leer!


sábado, 4 de marzo de 2017

Capítulo 8


No podía saciarse de ella. Zac imaginaba que en el peor de los casos era una especie de locura, y en el mejor una obsesión temporal. Por muy exigentes que fueran sus responsabilidades y compromisos, siempre encontraba momentos, de noche y de día, para pensar en Vanessa.

Aunque sabía que era una actitud cínica, casi deseó que solamente hubiera sido sexo. Porque si sólo hubiera sido sexo, habría podido satisfacer sus hormonas y volver al trabajo. Pero no se trataba sólo de imaginársela en la cama, o de fantasear con encontrar una hora para perderse en aquel pequeño y esbelto cuerpo.

A veces, cuando se le metía en la cabeza, la veía delante de un grupo de niños dirigiendo sus voces con las manos, los brazos, todo su ser. O sentada ante el piano, flanqueada por sus hijos, riendo con ellos. O caminando por el pueblo, con las manos en los bolsillos y la cara levantada hacia el cielo. Y eso lo asustaba terriblemente.

«Es la mujer de tu vida», decidió mientras medía la pieza de un rodapié. No tendrían que preocuparse de nada. Sólo tendrían que… ser. Eso bastaba para volver loco a un hombre.

Pero no podía permitirse locura alguna. Tenía dos hijos, un trabajo. Hasta tendría que hacer la colada cuando llegara a casa. Y, maldijo para sus adentros, había vuelto a olvidarse de sacar el pollo del congelador.

Comprarían hamburguesas de camino al concierto. Ya tenía suficientes cosas en la cabeza como para encima tener que preparar la cena. La Navidad se acercaba rápidamente, y los chicos se estaban comportando de una manera ciertamente extraña. «Sólo las bicis, papá», le habían dicho. «Santa se encargará del regalo grande».

¿Qué regalo grande?, volvió a preguntarse. Ni con interrogatorios ni artimañas había conseguido arrancarles respuesta alguna. Por una vez, los chicos se mostraban absolutamente herméticos. Eso era algo que lo inquietaba. Sabía que dentro de un año, dos si tenía suerte, empezarían a dudar y a cuestionar la existencia de Santa Claus y de la magia de la Navidad. El final de la inocencia.

Pero ese año, cuando les había preguntado por lo que querrían encontrar la mañana de Navidad debajo del árbol, los chicos se habían limitado a sonreír… y a asegurarle que sería una sorpresa para los tres.

Tendría que trabajar sobre ello, pensó Zac mientras ajustaba el rodapié con el martillo. Al menos habían conseguido el árbol y horneado algunas galletas y golosinas. Sintió una punzada de culpa por haber rechazado la oferta de Vanessa de ayudarlo con la decoración. E ignorado a los chicos cuando le preguntaron si ella podría ir a casa a adornar el árbol con ellos.

Era demasiado consciente del gran error que supondría permitir que los niños se encariñaran demasiado con Vanessa. Sólo llevaba unos cuantos meses en el pueblo. Vanessa podría encontrarlos simpáticos y divertidos, pero ella no tenía nada invertido en ellos… Maldijo para sus adentros. Ahora era él quien sonaba como si estuviera hablando de bonos y acciones.

No era eso lo que había querido decir. Simplemente no estaba dispuesto a consentir que alguien volviera a defraudar a sus hijos. No se arriesgaría por nada del mundo.

Una vez clavado el último rodapié, asintió con gesto aprobador. La casa estaba quedando muy bien. Sabía lo que estaba haciendo con ella. Al igual que sabía lo que estaba haciendo con los chicos.

Ojalá hubiera sabido igual de bien lo que hacer con Vanessa.


David: Quizá ocurra esta noche -observaba el vaho de su propio aliento elevarse como el humo. Estaba sentado con su hermano en la casa árbol, bien abrigados los dos para combatir el frío de diciembre, con abrigos y bufandas-. Todavía no es Navidad.

Alex: Pero es el concierto de Navidad -afirmó terco. Estaba cansado de esperar a la mamá-. Fue allí donde la vimos la primera vez. Y habrá la música, el árbol y esas cosas, así que será como si fuera la Navidad.

David: No lo sé -le gustaba la idea, pero era más prudente-. Quizá, pero no recibiremos ningún regalo hasta que llegue la Navidad de verdad.

Alex: Claro que sí. Cuando el señor Perkins se disfraza de Santa Claus en el cuartel de bomberos, por ejemplo. Eso siempre ocurre varias semanas antes de las fiestas, y reparte regalos entre todos los niños.

David: No son regalos de verdad. No son cosas que tú pides -pero parecía cada vez más dispuesto a apuntarse a la idea-. Aunque tal vez si lo deseamos con la suficiente fuerza… A papá ella le gusta un montón. La tía Miley le dijo el otro día al tío Will que papá había encontrado a la mujer de su vida, aunque él no se hubiera dado cuenta de ello -frunció el ceño-. Pero… ¿cómo podría no darse cuenta si ya la ha encontrado?

Alex: La tía Miley siempre anda diciendo cosas que no tienen sentido -dijo con el clásico y fácil desdén de los más jóvenes-. Papá se casará con ella, y ella se vendrá a vivir con nosotros y será nuestra mamá. Así tiene que ser. Nos hemos portado bien, ¿no?

David: Desde luego -respondió mirándose las puntas de sus botas-. ¿Crees que nos querrá y todo eso?

Alex: Probablemente -lanzó a su hermano una mirada penetrante-. Yo ya la quiero a ella.

David: Y yo -sonrió, aliviado-.

Todo iba a salir bien, después de todo.


Ness: Muy bien, gente -alzó la voz para hacerse oír por encima del rumor del aula del coro. La sala servía de bastidores en las noches de concierto como aquélla, y en ese momento hervía de alumnos que revisaban su ropa, se maquillaban y desahogaban los nervios hablando con toda la fuerza de sus pulmones-. Tranquilos.

Uno de los alumnos tenía la cabeza entre las rodillas, luchando como estaba contra un grave ataque de pánico pre-escénico. Vanessa le lanzó una cariñosa sonrisa mientras el grupo se iba sosegando poco a poco.

Ness: Habéis trabajado muy duro para llegar a esta noche. Sé que muchos de vosotros estáis nerviosos porque tenéis amigos y familiares entre el público. Utilizad esos nervios para mejorar vuestra actuación. Por favor, intentad acordaros de salir al escenario de la manera digna y organizada que hemos ensayado. -Se oyeron algunas risitas. Vanessa se limitó a enarcar una ceja-. Me corrijo: acordaos de salir al escenario de manera más digna y más organizada de lo que soléis hacer en los ensayos. Diafragma -recitó la letanía de costumbre-. Proyección de voz. Postura. Sonrisa -interrumpiéndose, alzó una mano-. Y, por encima de todo, espero que recordéis el ingrediente más importante de la actuación de esta noche: disfrutad -sonrió-. Estamos en Navidad. Les dejaremos con la boca abierta.

El corazón le palpitaba acelerado mientras daba la orden de salir al escenario y veía a los chicos tomar sus posiciones. Los murmullos de la sala se alzaron por un momento hasta que todo quedó en silencio. Vanessa sabía que, en cierta medida, aquel concierto era la primera prueba a la que se sometería ante el pueblo. Esa misma noche la comunidad decidiría si el consejo escolar había acertado o no con su nombramiento como profesora de música.

Aspiró profundo, se alisó su chaqueta de terciopelo y salió al escenario. Recibió un aplauso de cortesía mientras se acercaba al micrófono.

Ness: Bienvenidos al concierto de vacaciones del instituto de Taylor’s Grove -empezó-.

David: Guau, papá. ¿A que está guapa la señorita Hudgens?

Zac: Sí, David -pensó que «preciosa» era más bien la palabra, con su elegante traje de color verde, un adorno de acebo en el pelo y aquella sonrisa nerviosa en la cara-.

Bajo la luz de los focos, estaba impresionante. Se preguntó si sería consciente de ello.

Pero, en aquel momento, de lo único que Vanessa era consciente era de sus propios nervios. Le habría gustado poder distinguir mejor los rostros del público. Siempre había preferido ver a su audiencia cuando actuaba. Eso lo volvía todo más íntimo, más cálido. Una vez hecho el anuncio, se volvió hacia sus alumnos, que tenían las miradas clavadas en ella, y sonrió como para darles ánimos.

Ness: De acuerdo, chicos y chicas -murmuró por lo bajo-. Vamos a sorprenderlos.

Empezó con un conocido tema de Springsteen, que dejó al público mirándolos con ojos como platos. Aquél no era el habitual y aburrido programa que todos habían estado esperando.

Con el primer aplauso, Vanessa sintió disolverse la tensión. Habían superado el primer obstáculo. Fue oscilando todo el tiempo de lo divertido a lo tradicional. Disfrutó cuando flotaron en el auditorio los acordes del Cantate, domine, se emocionó con el Adeste fideles entonado por sus sopranos, sonrió cuando atacaron el Jingle Bell Rock, con el pequeño contoneo y las palmas que habían ensayado.

Y el corazón se le inflamó de gozo cuando Kim se acercó al micrófono y las primeras notas de su solo vibraron en el aire.

Miley: Oh, Will… -sorbiéndose la nariz, agarró la mano de su marido y luego la de Zac-. Nuestra niña.

La predicción de Vanessa se reveló acertada. Cuando Kim volvió a su lugar en el coro, brillaban lágrimas de emoción en cada fila de asientos. Cerraron el programa con un Noche de Paz a capela, sin piano. De la manera en que debía cantarse, según le había dicho a sus estudiantes. De la manera en que había sido compuesta para ser cantada.

Para cuando murió en el aire la última nota y Vanessa se volvió hacia el coro, la audiencia entera se había puesto en pie. El corazón le desbordaba de júbilo mientras veía las emocionadas sonrisas y los disimulados gestos de asombro de sus alumnos. Contuvo las lágrimas, esperando a que se fueran apagando los aplausos antes de acercarse de nuevo al micrófono.

Ness: Son maravillosos, ¿verdad? -Tal y como había esperado, se alzó otra ronda de vítores y aplausos. Volvió a esperar-. Quiero agradecerles a todos su asistencia y el apoyo que han prestado al coro. Debo un especial agradecimiento a los padres de los chicos y chicas que están ahora mismo en el escenario por su paciencia, su comprensión y su buena disposición a la hora de regalarme la compañía de sus hijos unas cuantas horas cada día. Cada uno de estos alumnos ha trabajado tremendamente duro para llegar a esta noche, y yo estoy encantada de que aprecien su talento, y sus esfuerzos. También me gustaría añadir que las flores que están viendo en el escenario han sido donadas por Floristerías Hills, y que se venden a tres dólares la maceta. El dinero conseguido tendrá como destino los uniformes del nuevo coro. Feliz Navidad a todos, y vuelvan cuando quieran.

Antes de que pudiera apartarse del micrófono, Kim y Brad se adelantaron para flanquearla.

Brad: Sólo una cosa más -se aclaró la garganta hasta que el auditorio volvió a quedar en silencio-. Este coro quiere presentar su testimonio de agradecimiento a la señorita Hudgens por su trabajo y sus ánimos constantes. Eh… -era Kim quien había escrito el discurso, pero Brad había sido designado para pronunciarlo. Vaciló un poco, sonriendo a Kim-. Este es el primer concierto de la señorita Hudgens en el instituto Taylor’s. Eh… -al final, como no podía recordar las palabras, dijo directamente lo que sentía-. Es la mejor. Gracias, señorita Hudgens.

Kim: Esperamos que les haya gustado -murmuró antes de entregar a Vanessa un cajita envuelta en papel de regalo, entre los aplausos del público-. Todos los chicos han contribuido.

Ness: Yo…

No sabía qué decir y tenía miedo de intentarlo. Cuando abrió la cajita, descubrió emocionada un bonito pin con la forma de una clave de sol.

Kim: Sabemos que le gustan las joyas -explicó-. Así que pensamos que…

Ness: Es precioso. Es perfecto -aspirando profundamente, se volvió hacia el coro-. Gracias. Esto significa muchísimo para mí. Feliz Navidad a todos.

David: Le han hecho un regalo -le dijo a su hermano. Estaban esperando en el atestado pasillo del auditorio, para felicitar a Kim-. Eso quiere decir que nosotros podremos conseguir el nuestro esta misma noche.

Alex: No si se marcha antes a su casa -observó-.

Pero David ya había tomado una decisión. Estaba esperando aquel momento. Cuando la vio, se puso a dar botes de alegría.

David: ¡Señorita Hudgens! ¡Aquí, señorita Hudgens!

Zac no se movía. No podía moverse de su asiento, el de la tercera fila de bancos. Algo había sucedido durante la actuación. Era incapaz de hacer otra cosa que no fuera mirar su sonrisa, las lágrimas que brillaban en sus ojos. De mirarla, simplemente.

Ness: ¡Hola! -se agachó para abrazar emocionada a los gemelos, besándolos en las mejillas-. ¿Os ha gustado el concierto?

Alex: Ha sido bueno de verdad. Y Kim la mejor.

Vanessa se acercó para susurrarle al oído a Alex:

Ness: Lo mismo pienso yo también, pero tiene que ser un secreto.

Alex: Somos buenos guardando secretos -sonrió a su hermano con aire de suficiencia-. Llevamos guardando uno durante semanas y semanas.

David: ¿Podría venir a nuestra casa ahora, señorita Hudgens? -se colgó de su mano y proyectó todo su encanto en sus ojos-. Por favor… Venga a ver nuestro árbol de Navidad y nuestras luces… Hemos puesto luces por todas partes para que se puedan ver desde la carretera.

Ness: Me gustaría mucho -tentativamente, alzó la mirada hacia Zac-. Pero a lo mejor vuestro padre está cansado.

No estaba cansado, sino aplanado, deslumbrado por la mujer que tenía delante. Todavía tenía las pestañas húmedas por las lágrimas. El pequeño pin que los chicos le habían regalado brillaba en su chaqueta de terciopelo.

Zac: No hay problema. Si no estás demasiado cansada para conducir…

Ness: No lo estoy -escrutó su rostro a la busca de cualquier señal de rechazo, por mínimo que fuera-. Iría encantada. Si estás seguro de que es un buen momento, claro.

Zac: Por supuesto que sí -se dio cuenta de que de repente sentía torpe la lengua, como si hubiera estado bebiendo-. Yo, eh… quiero hablar contigo.

Ness: Iré en cuanto haya terminado aquí -hizo un guiño a los niños y se mezcló con la multitud-.

Hollis: Ha hecho maravillas con esos chicos -comentó la señora Hollis, mirando a Zac-. Será una lástima perderla.

Zac: ¿Perderla? -bajó la mirada a los gemelos, que ya se habían puesto a cuchichear entre ellos-. ¿Qué quiere decir?

Hollis: Yo lo sé por el señor Perkins, que se lo oyó a su vez a Addie McVie, de la oficina del instituto: a Vanessa Hudgens le han ofrecido su antigua plaza de profesora de música en la escuela de Nueva York, para empezar el otoño que viene -explicó la señora Hollis ante la anonadada mirada de Zac-. Odio pensar que se marchará. Esa mujer ha ayudado muchísimo a estos chicos -acto seguido, localizó a una de sus compinches de cotilleo y empezó a abrirse paso entre la multitud hacia ella-.




¡Oh, no! ¡Ness se va! 😱😡

¡Gracias por leer!


jueves, 2 de marzo de 2017

Capítulo 7


Para mediados de noviembre, los árboles habían perdido las hojas. Según Vanessa, incluso aquel paisaje poseía su belleza. Belleza en las oscuras y desnudas ramas, en el rumor de la seca hojarasca, en la escarcha que brillaba en el césped como polvo de diamante cada mañana.

Se sorprendió a sí misma asomándose a la ventana demasiado a menudo, esperando a ver caer la nieve como una chiquilla, y a que llegaran las vacaciones escolares.

Tan maravilloso como esperar a que llegara el invierno era evocar el otoño. Pensaba a menudo en la noche de Halloween, y en todos los niños que habían llamado a su puerta vestidos de piratas y de princesas. Recordaba las risas de Alex y David cuando ella fingió no reconocerlos en los elaborados disfraces de astronautas que les había hecho Zac.

Se sorprendió a sí misma recordando el concierto rural al que le había llevado Zac. O lo bien que se lo habían pasado cuando coincidió con él y los chicos en el centro comercial apenas la semana anterior, decididos todos a completar sus listas de regalos para Navidad.

En ese momento, mientras pasaba por delante de la casa que Zac seguía reformando, volvió a pensar en él. Había tenido un gesto tan dulce cuando se esforzó tanto por escoger el disfraz adecuado que regalar a Kim… Zachary Efron no hacía regalos sin ton ni son a sus seres queridos. Todo tenía que tener el color exacto, el estilo adecuado.

Era por eso por lo que Vanessa había llegado a pensar que era el hombre perfecto para ella.

Pasó por delante de la casa, llenándose los pulmones del frío aire de la tarde, con un humor excelente. Aquella tarde se había sentido orgullosa de anunciar que dos de sus estudiantes habían resultado elegidos para participar en el coro estatal.

«Los he ayudado. He hecho algo importante», pensó Vanessa, cerrando los ojos con una expresión de placer. No era sólo por el prestigio, ni por la satisfacción que había sentido cuando la felicitó el director en persona. Lo principal había sido la expresión que había visto en los rostros de sus alumnos. El orgullo en la cara de Kim y en la del tenor que la acompañaría a las audiciones estatales. Y en las del coro entero. Todos habían compartido aquel triunfo, porque a lo largo de las últimas semanas se habían convertido en un verdadero equipo.

Su equipo. Sus alumnos.

**: Hace frío para caminar.

Dio un respingo, tensa, y se rio de sí misma cuando vio a Zac salir de debajo de un árbol, en el jardín de su hermana.

Ness: Dios, me has dado un buen susto… Pensaba que era un atracador.

Zac: Pocos atracadores hay en Taylor’s Grove. ¿Vas a ver a Miley?

Ness: No, sólo estaba paseando. Soltando energías -sonrió-. ¿Te has enterado de la gran noticia?

Zac: Felicidades.

Ness: No soy yo quien…

Zac: Sí que eres tú. El mérito es en gran parte tuyo -era la única manera que se le ocurría de expresarle lo muy orgulloso que se sentía de lo que había hecho. Se volvió para mirar la casa, que tenía las luces encendidas-. Miley y Kim están ahí dentro, llorando.

Ness: ¿Llorando? Pero…

Zac: No de tristeza -se encogió de hombros-. Ya sabes. De lo otro.

Ness: Oh -como reacción, sintió un escozor de lágrimas en los ojos-.

Zac: Will va por ahí sonriendo de oreja a oreja. Estaba hablando con sus padres cuando me asomé. Miley ya ha llamado a los nuestros. Y a todos los amigos y conocidos que tenemos en el país.

Ness: Vaya, eso es estupendo.

Zac: Yo también he hecho unas cuantas llamadas -sonrió-. Debes de sentirte tremendamente satisfecha contigo misma.

Ness: Y que lo digas. Ver la cara de los chicos hoy cuando hice el anuncio… bueno, fue lo mejor. Y significará un gran empujón para nuestra campaña de recogida de fondos -se estremeció de pronto, con el frío viento agitando las hojas de los árboles-.

Zac: Te vas a enfriar. Te llevo a casa.

Ness: Vaya, gracias. ¿Sabes? Tengo unas ganas enormes de que llegue la nieve.

A la manera de un campesino, Zac olisqueó el aire y examinó el cielo.

Zac: No creo que tengas que esperar mucho tiempo -le abrió la puerta de la camioneta-. Los chicos ya han sacado sus trineos.

Ness: Puede que me compre yo uno -subió al vehículo y se recostó en el asiento, relajada-. ¿Dónde están, por cierto?

Zac: Tenían una fiesta de pijamas en casa de un amigo -señaló la casa que estaba enfrente de la de Miley-. Acabo de dejarlos allí.

Ness: Supongo que deben de estar pensando mucho en la Navidad, con este olor a nieve en el aire.

Zac: Es gracioso. Por lo general, después de Halloween, se dedican a acosarme con listas y fotografías de juguetes de catálogo, de cosas que ven en la tele -encendió el motor-. Pero este año me dijeron que el propio Santa Claus se encargaría del asunto. Sé que quieren unas bicis -frunció el ceño, extrañado-. Pero no he escuchado ni una sola petición más. Han estado cuchicheando, pero se han cerrado en banda cada vez que me he acercado a ellos.

Ness: Así es la Navidad. El tiempo de los secretos y los cuchicheos. ¿Y tú? -le sonrió-. ¿Qué es lo que quieres tú para Navidad?

Zac: Algo más que las dos horas de sueño que habitualmente duermo.

Ness: Seguro que se te ocurre algo mejor.

Zac: Que los niños bajen por la mañana a la cocina alegres y contentos. Es todo lo que quiero -se detuvo delante de su apartamento-. ¿Vas a volver a Nueva York por vacaciones?

Ness: No. No tengo nada allí.

Zac: ¿Y tu familia?

Ness: Soy hija única. Mis padres suelen pasar las vacaciones en el Caribe. ¿Quieres entrar a tomar una taza de café?

Era una perspectiva mucho más atractiva que regresar a una casa desierta.

Zac: Sí, gracias. -Cuando empezaron a subir las escaleras, intentó volver estratégicamente al tema de las vacaciones y su familia-. ¿Es allí donde pasabas la Navidad de niña? ¿En el Caribe?

Ness: No. Pasábamos las fiestas en plan tradicional en Filadelfia. Luego yo me fui a la universidad de Nueva York, y ellos se marcharon a Florida -abrió la puerta y se quitó el abrigo-. No estamos muy unidos, la verdad. No puede decirse que les encantara mi decisión de estudiar música.

Zac: Ah -dejó su abrigo mientras ella pasaba a la cocina para poner el café-. Supongo que por eso te afectó tanto lo de Hank júnior.

Ness: Tal vez. Aunque mis padres no se mostraron tan desaprobadores como desconcertados. Nos relacionamos mucho mejor en las distancias largas -lo miró por encima del hombro-. Creo que es por eso por lo que te admiro tanto.

Zac dejó de estudiar la caja de música de madera de patarrosa que tenía sobre la mesa y se la quedó mirando fijamente.

Zac: ¿A mí?

Ness: El compromiso y el interés que te tomas por tus hijos, por toda tu familia. Es algo tan sólido, tan natural… -echándose el pelo hacia atrás, se dedicó a llenar un plato de galletas-. No todo el mundo se muestra tan dispuesto, o tan capaz, de dedicar tanto tiempo y atención a su familia. Y tanto amor -sonrió-. Vaya. Me temo que te he hecho sentir incómodo…

Zac: No. Sí -admitió, y tomó una galleta-. No me has preguntado por su madre -al ver que se quedaba callada, se sorprendió a sí mismo diciendo-: Acababa de terminar el instituto cuando la conocí. Era secretaria en la oficina inmobiliaria de mi padre. Muy guapa. Despampanante, de hecho. Salimos un par de veces, nos acostamos y se quedó embarazada.

Aquel monótono recitado hizo que Vanessa levantara la cabeza. Zac mordió la galleta.

Zac: Sé que suena como si lo hubiera hecho todo ella sola. Yo era joven, sí, pero también lo suficientemente mayor como para saber lo que estaba haciendo. Para ser responsable.

Siempre se había tomado muy seriamente sus responsabilidades, pensó Vanessa, y siempre lo haría. Sólo tenía que mirarlo a la cara para saberlo.

Ness: No has dicho nada del amor.

Zac: Es verdad. Me sentí atraído, y ella también. O eso pensaba yo. Lo que no sabía era que ella me había mentido diciéndome que tomaba la píldora. No fue hasta después de casarnos cuando descubrí que lo había planificado todo: lo de «enganchar al hijo del jefe». Esas fueron sus palabras -añadió-. Amber vio su oportunidad de mejorar su nivel de vida y la aprovechó. -Le sorprendía que a esas alturas, después de tanto tiempo, todavía se resintieran su orgullo y su corazón por haber sido manipulado de aquella manera-. Para abreviar la historia -continuó con el mismo tono inexpresivo-, ella no había contado ni con que tendría gemelos ni con las complicaciones de la maternidad. Así que, más o menos un mes después del parto, me vació la cuenta del banco y se largó.

Ness: Lo siento tanto, Zac… -murmuró. Deseó conocer las palabras, los gestos, que pudieran borrar aquel frío desapasionamiento de su expresión-. Debió de haber sido terrible para ti.

Zac: Pudo haber sido peor -su mirada se encontró fugazmente con la de Vanessa-. Pude haberla amado. Se puso en contacto conmigo una vez, para decirme que quería que yo pagara los costes del divorcio y que, a cambio de ello, renunciaría a todo derecho sobre los niños. Que se desharía de ellos. Me lo dijo así de claro, como si fueran bonos y acciones, en lugar de niños. Acepté. Fin de la historia.

Ness: ¿De veras? -acercándose a él, le tomó las manos entre las suyas-. Pero aunque tú no la hubieras amado, ella te hizo daño.

Se puso de puntillas para besarle la mejilla, para consolarlo de alguna forma. Vio el cambio de expresión en sus ojos… y sí, el dolor en sus profundidades. Eso explicaba muchas cosas, pensó. Escuchar aquella historia de sus labios. Ver su rostro mientras lo hacía. Se había quedado desilusionado, destrozado. Pero en lugar de rendirse, o de apoyarse en sus padres para que lo ayudaran a cargar con la responsabilidad, había empezado una nueva vida con sus hijos.

Ness: Esa mujer no te merecía. Ni a tus hijos tampoco.

A esas alturas, Zac no podía dejar de mirarla. No era tanto la compasión sino la sencilla e incondicional comprensión que veía brillar en sus ojos.

Zac: Ellos son la mejor parte de mí mismo. No pretendía que sonara como si hubiera hecho un sacrificio.

Ness: Lo sé -el corazón se le derritió mientras lo abrazaba. Quería consolarlo, sí. Pero había algo más, algo más profundo, que se agitaba en su interior-. Es emocionante oír hablar así a un hombre de sus hijos. Como si fueran el regalo más bello del mundo.

Él también la había abrazado, casi sin darse cuenta. De repente, estrecharla en sus brazos le había parecido tan fácil, tan natural…

Zac: Cuando recibes un regalo así, tan importante, tienes que llevar mucho cuidado con él -la voz se le enronqueció con una mezcla de emociones. Sus hijos, ella. Algo en la manera que aquella mujer tenía de mirarlo, de sonreír. Alzó una mano para acariciarle el pelo, y no la apartó hasta que se recordó que tenía que retirarse-. Debería irme.

Ness: Quédate -le resultó tan fácil pedírselo… Después de todo, lo necesitaba con la misma facilidad-. Tú sabes que quieres quedarte. Sabes que te deseo.

Zac no podía apartar la mirada de su rostro. La necesidad que lo embargaba era mucho más intensa, y más dulce, de lo que había imaginado.

Zac: Esto podría complicar las cosas, Vanessa. Arrastro una carga muy grande por dentro. Yo…

Ness: No me importa -suspiró, temblorosa-. Hazme el amor, Zac -le bajó suavemente la cabeza para besarlo en los labios-. Ámame esta noche.

No pudo resistirse. Era una fantasía que había empezado a asaltar su mente y su cuerpo desde el momento en que la conoció. Ella era todo dulzura, todo calor.

Nunca se había considerado un hombre romántico. Se preguntó si una mujer como Vanessa preferiría la luz de las velas, una música suave, aire perfumado… Pero el escenario ya estaba dispuesto. No podía imaginarse otra cosa que levantarla en brazos y llevarla al dormitorio.

Encendió una lámpara. Y se sorprendió de la rapidez con que se desvanecieron sus nervios cuando vio los de ella reflejados en sus ojos.

Zac: Llevo mucho tiempo pensando, imaginando esto. Quiero verte.

Ness: Muy bien -alzó la vista, y la sonrisa de Zac contribuyó a aliviar parte de su tensión-. Yo también a ti.

La llevó a la cama y se tumbó a su lado. Deslizó una mano por su pelo, por sus hombros. Acto seguido bajó la cabeza para besarla.

Fue tan fácil como si hubieran compartido noches e intimidad durante años. Y tan excitante como si cada uno se hubiera acostado tan inocente como un bebé.

Una caricia, paciente y detenida. Un murmullo, un suspiro leve, callado. Sus manos nunca se apresuraban. Sólo daban placer, acariciaban, desabrochaban botones, se interrumpían para explorar.

Vanessa sentía su piel estremeciéndose bajo sus caricias. El corazón le latía a toda velocidad, acelerándose aun más con cada roce de sus dedos, con cada movimiento de su lengua. Le temblaban las manos, y soltó un gruñido que acabó en un ronco gimoteo cuando tocó al fin su carne desnuda.

Hacer el amor: la frase nunca había sido más cierta para Vanessa. Porque estaban compartiendo una exquisita ternura mezclada con una lasciva curiosidad que abrumaba sus sentidos. Cada vez que la boca de Zac correspondía a la suya, lo hacía con mayor profundidad, con mayor anhelo, hasta borrar todo lo demás. Hasta que se convirtió en lo único que existía para ella. Lo único que necesitaba.

Se entregó a él con una generosidad que lo dejó aturdido. Su cuerpo parecía encajar con el suyo con emocionante perfección. Cada vez que creía que iba a perder el control, se sorprendía a sí mismo retornando con toda facilidad al ritmo que habían establecido. Lento, sutil, meticuloso.

Tenía un cuerpo pequeño y delicado. La fragilidad que percibía en él hacía que sus caricias se tornaran todavía más tiernas. Incluso mientras se arqueaba y gritaba su nombre por primera vez, no se dio prisa. Resultaba maravillosamente excitante el simple hecho de contemplar su cara, aquel rostro tan increíblemente expresivo, que reflejaba todos y cada uno de sus sentimientos.

Luchó contra la necesidad de enterrarse profundamente en ella, de golpe. Sus miradas se encontraron en el instante en que se deslizó en su interior. Vio que contenía el aliento y lo dejaba escapar con una sonrisa.

Fuera, el viento azotaba las ventanas, creando una música como de cascabeles. Y la primera nieve de la temporada empezó a caer suavemente, como un deseo concedido.




¡Qué rápidos van estos dos! 😜

¡Gracias por leer!


martes, 28 de febrero de 2017

Capítulo 6


El final de octubre significaba reuniones de padres con profesores y las tan anheladas vacaciones para los alumnos. Pero para Zac significó también serios quebradores de cabeza. Tuvo que hacer malabarismos para dejar a los gemelos con su hermana, Kim y la señora Hollis, y poder hacer así un viaje de encargo de materiales y una inspección de instalaciones eléctricas.

Para cuando aparcó la camioneta en el complejo educacional, estaba hecho un manojo de nervios. Estaba a punto de enterarse de cómo se habían comportado sus hijos cuando estaban fuera de su vista y de su control. Le preocupaba no haber dispuesto de tiempo suficiente para ayudarlos con sus deberes y, de alguna manera, sentía que había fracasado en su misión de apoyarlos en las demandas tanto educativas como emocionales de su primer curso. Por culpa de su fracaso, sus hijos podían convertirse en seres neuróticos, ignorantes y antisociales.

Sabía que semejantes pensamientos eran ridículos, y sin embargo no podía evitar verse continuamente asaltado por aquella clase de temores.

Miley: ¡Zac! -el bocinazo y el sonido de su nombre lo sacó de su ensimismamiento, hasta que descubrió el coche de su hermana. Tenía la cabeza fuera de la ventanilla-. ¿Dónde te habías metido? Te llamé hasta tres veces.

Zac: Dentro de un minuto tengo una entrevista con la profesora de primero -le dijo mientras caminaba al lado del coche, en la misma dirección-.

Miley: Ya lo sé. Yo vengo de una reunión en el instituto.

Zac: Perdona, pero no puedo llegar tarde.

Miley: Tranquilo, que no te multarán por ello… Mi reunión era para recaudar fondos para los uniformes del nuevo coro. Esos chicos llevan doce años con esas viejas togas. Esperábamos recoger dinero para comprarles algo más bonito.

Zac: Vale, yo también haré una donación, pero ahora de verdad que no puedo entretenerme…

Ya se estaba imaginando a la joven profesora de primer curso mirándolo mal por haber llegado tarde, uno más en la larga lista de defectos de los hombres de la familia Efron.

Miley: Sólo quería decirte que Vanessa parecía molesta por algo.

Zac: ¿Qué?

Miley: Molesta -repitió contenta de haber atraído por fin toda su atención-. Se presentó con un par de estupendas ideas para recaudar fondos, pero obviamente estuvo muy distraída -enarcó una ceja, mirándolo con expresión desconfiada-. ¿No habrás hecho tú algo que le haya molestado, verdad?

Zac: No. ¿Por qué habría de hacer una cosa así? -tuvo que hacer un esfuerzo para no removerse inquieto, de puro culpable que se sentía-.

Ness: Yo no lo sé. Pero como la has estado viendo…

Zac: Sólo fuimos al cine.

Miley: Y a comer pizza -añadió-. Un par de compañeras de Kim os vieron.

«La maldición de los pueblos pequeños», pensó Zac, hundiendo las manos en los bolsillos.

Zac: ¿Y?

Miley: Y nada. Que me alegro por ti. A mí me cae muy bien. Kim está loca por ella. Supongo que me siento un tanto… protectora. Definitivamente está molesta, Zac. Preocupada. Y se esfuerza por disimularlo. Quizá deberías hablar con ella.

Zac: No pienso husmear en su vida privada.

Miley: Tal como yo lo veo, ya formas parte de su vida privada. Nos vemos después -y aceleró de pronto, sin darle oportunidad a despedirse-.

Mascullando entre dientes, Zac se encaminó hacia el edificio de la escuela primaria. Cuando media hora después volvió a salir, su humor había mejorado mucho. Sus hijos no habían sido formalmente declarados inadaptados sociales con tendencias homicidas, después de todo. De hecho, su profesora los había elogiado.

Por supuesto, lo había sabido durante todo el tiempo.

Quizá Alex olvidara de vez en cuando las normas y se pusiera a hablar con sus compañeros en clase. Y quizá David fuera demasiado tímido a la hora de alzar la mano cuando sabía la respuesta a alguna pregunta. Pero al final se estaban adaptando bien.

Una vez aligerado aquel enorme peso de sus hombros, se dirigió por impulso hacia el instituto. Sabía que su entrevista había sido la última de la jornada. Ignoraba cómo funcionaban las entrevistas con los padres en la secundaria, pero a esas horas el recinto estaba prácticamente vacío. Vio el coche de Vanessa, sin embargo, y decidió acercarse.

No fue hasta que estuvo dentro del edificio que se dio cuenta de que no tenía la menor idea de dónde localizarla. Se asomó al auditorio, pero estaba desierto. Dado que se había aventurado tan lejos, decidió preguntar en recepción. Siguiendo las instrucciones de una de las secretarias, que ya se marchaba, recorrió un pasillo, subió una rampa y giró a la derecha.

El aula de Vanessa estaba abierta. No se parecía, por cierto, a ninguna otra que hubiera visto antes. Aquella tenía un piano, atriles, instrumentos, un magnetófono de grabación. También estaba la inevitable pizarra, toda limpia, y el escritorio donde Vanessa se encontraba trabajando.

Se la quedó mirando durante un buen rato: la manera que tenía de sostener el bolígrafo, el suéter que llevaba atado al cuello, la cortina de pelo que parecía derramarse sobre el papel. Se le ocurrió de pronto que si de niño hubiera tenido una profesora como ella, se habría interesado muchísimo más por la música.

Zac: Hola.

Alzó rápidamente la cabeza. Detectó en sus ojos un brillo de hostilidad que le sorprendió, un gesto crispado de su mandíbula. Pero luego soltó un profundo suspiro y forzó una sonrisa.

Ness: Hola, Zac. Bienvenido al caos de papeles.

Zac: Parece que tienes mucho trabajo -entró y se acercó al escritorio-.

Estaba cubierto de papeles, libros, impresiones de ordenador y partituras, todo ordenado en montones.

Ness: Todo el que supone terminar la primera evaluación, planificar las próximas clases, diseñar las estrategias de recaudar fondos, rematar los preparativos del concierto de vacaciones… e intentar estirar el presupuesto para el festival de primavera -respondió, esforzándose por sacudirse su aparente mal humor-. ¿Y tú? ¿Cómo te ha ido el día?

Zac: Bastante bien. Acabo de entrevistarme con la profesora de los chicos. Van muy bien. Sudaba de miedo a la espera de recibir las notas.

Ness: Son unos chicos estupendos. No tienes por qué preocuparte.

Zac: La preocupación viene con la paternidad. ¿Qué es lo que te preocupa a ti? -le preguntó antes de que pudiera recordarse que debía ser discreto-.

Ness: ¿De cuánto tiempo dispones?

Zac: Del suficiente -curioso, apoyó la cadera en el borde del escritorio. Descubrió de pronto que ansiaba consolarla, borrar aquel oscuro ceño suyo-. ¿Un día duro?

Irguió los hombros y se levantó del escritorio. La indignación le impedía quedarse quieta.

Ness: Los he tenido mejores. ¿Sabes cuánto dinero recibe el equipo de fútbol de la escuela y de la comunidad? ¿En general, todos los equipos deportivos? -empezó a llenar una caja de cintas de audio, sólo para mantener las manos ocupadas-. Incluso la banda de música. En cambio, para el coro, tengo que mendigar cada dólar.

Zac: ¿Estás molesta por el presupuesto?

Ness: ¿Por qué habría de estarlo? -replicó, echando chispas por los ojos-. No hay problema alguno en conseguir material para el equipo de fútbol para que un puñado de chicos puedan salir al campo y darse de topetazos, pero yo tengo que arrodillarme para conseguir ochenta dólares para afinar el piano -interrumpiéndose, suspiró-. Y no tengo nada en contra del fútbol. Me gusta. Los deportes en el instituto son importantes.

Zac: Yo sé de alguien que afina pianos. Probablemente lo haría gratis.

Vanessa se pasó una mano por la cara y se frotó la nuca como para aliviar la tensión de sus músculos. «Papá lo arregla todo». Recordó la frase que le habían soltado los gemelos.

Ness: Eso sería estupendo -esbozó una sonrisa sincera-. Si es que me salgo con la mía y consigo la aprobación del consejo escolar. Ya sabes: ni siquiera puedes aceptar regalos sin contar antes con su consentimiento -aquello era algo que siempre la había irritado-. Uno de los peores aspectos de la enseñanza es la burocracia. Nunca debí de dejar de actuar en clubes.

Zac: ¿Tú actuabas en clubes?

Ness: En otra vida que tuve -masculló, haciendo un gesto de indiferencia-. Canté un poco para pagarme los estudios. Era mejor que trabajar de camarera. De todas formas, no es el presupuesto lo que me preocupa realmente. Ni siquiera la falta de interés por parte de la comunidad. Estoy acostumbrada a eso.

Zac: ¿Quieres decirme de qué se trata, o quieres callártelo y seguir bullendo como una caldera?

Ness: Me lo estaba pasando muy bien bullendo como una caldera -suspiró de nuevo y alzó la mirada hacia él. Parecía tan sólido, tan de confianza…-. Quizá sea demasiado urbanita, después de todo. He tenido mi primer encontronazo con la típica y anticuada actitud de pueblo… y me he quedado perpleja. ¿Conoces a Hank Rohrer?

Zac: Claro. Es el dueño de la granja lechera de Old Oak Road. Creo que su hijo mayor está en la misma clase que Kim.

Ness: Hank júnior. Sí, es uno de mis alumnos… un estupendo barítono. Está muy interesado por la música. Incluso compone.

Zac: ¿En serio? Eso es fantástico.

Ness: Sí. A cualquiera se lo parecería, ¿no? -se echó el pelo hacia atrás y volvió a su escritorio para ordenar sus ya ordenados papeles-. Pues bien, pedí al matrimonio Rohrer que viniera esta mañana porque resulta que Júnior renunció a presentarse a las audiciones estatales de este fin de semana. Yo sabía que era muy probable que superara la prueba, y quería tratar con sus padres de la posibilidad de conseguir una beca del conservatorio. Cuando les hablé del gran talento de su hijo y les dije que esperaba que lo animaran a cambiar de idea y presentarse, el padre reaccionó como si lo hubiera insultado. Se quedó consternado -había amargura en su voz, y también furia-. Dijo que ningún hijo suyo perdería jamás el tiempo cantando y componiendo música como si fuera un… -Se interrumpió, demasiado indignada para repetir la opinión que aquel hombre tenía de los músicos. Zac la escuchaba expectante-. Ni siquiera sabían que su hijo estaba en mi clase. Yo intenté tranquilizarlo, le dije que Júnior necesitaba una beca de bellas artes para graduarse. No sirvió de nada. El señor Rohrer apenas aceptó la idea de que Júnior estuviera en mi clase. Me contestó que su hijo no necesitaba recibir lecciones de canto para dirigir una granja. Y que no estaba dispuesto a permitir que perdiera un sábado en asistir a la audición cuando tenía que trabajar en casa. Finalmente me exhortó a que dejara de llenarle la cabeza con historias y fantasías sobre la universidad.

Zac: Tienen cuatro hijos. Y una matrícula universitaria es cara.

Ness: Si ése fuera el único obstáculo, deberían sentirse agradecidos por la posibilidad de que lo becaran -cerró de un golpe su manual-. Lo que tenemos aquí es un chico brillante y con talento que tiene sueños… que nunca podrá realizar porque sus padres no se lo permitirán. O su padre, más bien -añadió-. Porque su madre no habló apenas durante el tiempo que duró la entrevista.

Zac: A lo mejor ella puede convencerlo cuando se quede a solas con él.

Ness: O a lo mejor él le contagia a ella su desagrado por mi persona.

Zac: Hank no es así. Es terco y se cree que lo sabe todo, pero no es un hombre malo.

Ness: Me resulta un poco difícil ver sus virtudes después de lo que me llamó -aspiró profundamente-: Una urbanita con mucha labia que vive de sus impuestos: un dinero duramente ganado y mal invertido. Yo habría podido ayudar mucho a ese chico -murmuró mientras volvía a sentarse-. Estoy segura.

Zac: Quizá no puedas ayudar a Júnior, pero sí a otros. Con Kim lo has conseguido.

Ness: Gracias -sonrió fugazmente-. Eso me consuela un poco.

Zac: Hablo en serio -detestaba verla así, toda aquella energía esplendorosa y aquel optimismo apagados-. Ha ganado muchísima confianza en sí misma. Siempre ha sido muy tímida a la hora de cantar, y con muchas otras cosas. Ahora se está lanzando.

La ayudó escuchar aquello. Esa vez Vanessa tuvo muchos menos problemas en sonreír.

Ness: De modo que, en tu opinión, debería animarme.

Zac: Deprimirte no te va -se sorprendió a sí mismo, y a ella, cuando estiró una mano para acariciarle una mejilla con los nudillos-. Lo que te va es sonreír.

Ness: La verdad es que nunca he sido capaz de mantenerme deprimida durante mucho tiempo. Drake solía decirme que eso era porque era una frívola.

Zac: ¿Quién diablos es Drake?

Ness: El único que sigue deprimido.

Zac: Está claro que se lo merece.

Vanessa se echó a reír.

Ness: Me alegro de que te hayas acercado por aquí. Probablemente me habría pasado otra hora sentada aquí rechinando los dientes…

Zac: Unos dientes muy bonitos, por cierto -murmuró antes de apartarse-. Tengo que irme. He de preparar unos disfraces para Halloween.

Ness: ¿Necesitas ayuda?

Zac: Yo… -resultaba tentador, demasiado tentador. Y demasiado peligroso, pensó, empezar a compartir tradiciones familiares con ella-. No hace falta.

Vanessa procuró disimular su decepción.

Ness: ¿Los traerás el sábado por la noche, verdad? ¿Para el «dulce o travesura» de costumbre?

Zac: Claro. Nos vemos entonces -se dispuso a marcharse, pero se detuvo en el último momento, en el umbral-. ¿Vanessa?

Ness: ¿Sí?

Zac: Algunas cosas necesitan un tiempo para cambiar. Los cambios ponen nerviosa a la gente.

Ness: ¿Estás hablando de los Rohrer, Zac? -ladeó la cabeza-.

Zac: Entre otros. Te veré el sábado por la noche.

Vanessa se quedó mirando el umbral vacío mientras se apagaba el eco de sus pasos. ¿Pensaría Zac que ella estaba intentando cambiarlo? ¿Estaba intentando cambiarlo realmente? Se recostó en su asiento, incapaz de volver a concentrarse en los papeles.

Siempre que Zachary Efron andaba cerca, le costaba concentrarse. ¿Cuándo había empezado a mostrarse tan afectada por aquella clase de hombres, tan callados y reconcentrados? Desde el mismo instante en que lo vio entrar en el auditorio para recoger a los gemelos, admitió.

¿Amor a primera vista? Vanessa era demasiado inteligente, demasiado ilustrada para creer en tales cosas. Como lo era también para colocarse a sí misma en la vulnerable posición de enamorarse de un hombre que no correspondía a sus sentimientos. O que no deseaba hacerlo. Lo cual era aún peor.

No importaba que fuera bueno, amable y devoto de sus hijos. No debería importar que fuera guapo, fuerte y sexy. No debería importar que estar con él, pensar en él, le hubiera hecho anhelar cosas. Un hogar, una familia. Risas en la cocina y pasión en la cama.

Suspiró profundamente, porque todo importaba. Importaba cuando una mujer estaba justo a punto de enamorarse.




No estás a punto de enamorarte, ya lo estás 😜

¡Gracias por leer!


viernes, 24 de febrero de 2017

Capítulo 5


No había ninguna necesidad de que lo ignorara tan ostentosamente, pensó Zac mientras bebía un sorbo de la sidra que le había ofrecido su cuñado y miraba resentido la espalda de Vanessa.

Llevaba cerca de una hora dándole la espalda. Una espalda preciosa, por cierto, se dijo mientras el director del instituto continuaba parloteando demasiado cerca de su oreja. Esbelta y erguida, coronada por la elegante curva de sus hombros. Estaba muy seductora con la fina chaqueta color ciruela que llevaba sobre un corto vestido a juego.

Tenía unas piernas espléndidas. Dudaba que se las hubiera visto antes: en ese caso se habría acordado. Cada vez que se había encontrado con ella, había llevado pantalones. Probablemente se había puesto aquel vestido para atormentarlo.

Incapaz de soportarlo más tiempo, dejó plantado al director en medio de una frase y se acercó a ella.

Zac: Mira, esto es una estupidez.

Vanessa levantó la mirada. Había estado manteniendo una agradable conversación con un grupo de amigos de Miley… y disfrutando perversamente del simple acto de ignorar olímpicamente a su hermano.

Ness: ¿Perdón?

Zac: Que es estúpido -repitió-.

Ness: ¿La necesidad de conseguir más dinero para actividades artísticas en la escuela es estúpido? -le preguntó, perfectamente consciente de que no se refería al tema del que habían estado hablando-.

Zac: ¿Qué? No. Maldita sea, sabes bien lo que quiero decir.

Ness: Disculpadme -se disponía a abandonar el grupo cuando él la tomó del brazo y se la llevó a un aparte-. ¿Qué pasa? ¿Quieres que monte una escena en casa de tu hermana? -siseó entre dientes-.

Zac: No -se abrió paso con ella entre los invitados, atravesó el salón y entró en la cocina. Su hermana estaba ocupada rellenando una bandeja de canapés-. Déjanos solos un momento -le ordenó a Miley-.

Miley: Zac, estoy ocupada… -distraída, se pasó una mano por su corto cabello castaño-. ¿Por qué no vas a buscar a Will y le dices que se nos está acabando la sidra? -sonrió a Vanessa con un gesto de cansancio-. Creía que era una mujer organizada, pero ahora ya no estoy tan segura.

Zac: Déjanos solos, por favor -insistió-.

Miley lanzó un suspiro de impaciencia. De repente arqueó las cejas, como si por fin se hubiera apercibido de la situación.

Miley: Está bien, me voy. Quiero ver a ese chico que tanto le gusta a Kim -recogió la bandeja y abandonó la cocina-.

El silencio se abatió sobre ellos como una losa.

Ness: ¿Y bien? -picó un palito de zanahoria de un cuenco-. ¿Qué es lo que quieres, Zachary?

Zac: No entiendo por qué tienes que ser tan…

Ness: ¿Tan qué? -masticó la zanahoria-.

Zac: Me has estado ignorando a propósito.

Vanessa se sonrió.

Ness: Efectivamente.

Zac: Es una estupidez.

Vanessa localizó una botella abierta de vino blanco y se sirvió un vaso. Tras beber un sorbo, sonrió de nuevo.

Ness: No lo creo. Tengo la impresión de que, por una razón que no acierto a discernir, mi persona te desagrada. Dado lo encariñada que estoy con tu familia, me parece tan lógico como cortés dejarte tranquilo y en paz todo lo que pueda -bebió otro sorbo-. ¿Eso es todo? Hasta ahora he estado disfrutando de la fiesta. Si me disculpas…

Zac: Tú no me desagradas -no sabía qué hacer con las manos, así que tomó un palito de zanahoria y lo partió en dos-. Siento lo de… antes.

Ness: ¿Sientes haberme besado o sientes haberte comportado después como un imbécil?

Zac: Eres una mujer dura, Vanessa -arrojó sobre la mesa los trozos de zanahoria-.

Ness: Espera un poco -con los ojos muy abiertos, se llevó una mano a la oreja-. Creo que me está fallando el oído. Me ha parecido oír que, por una vez, me has llamado por mi nombre… ¡Increíble!

Zac: Déjate de bromas -le dijo, y añadió deliberadamente-: Vanessa.

Ness: Zachary Efron ha iniciado una conversación conmigo y además me ha llamado por mi nombre. Estoy impresionada.

Zac: Mira -impaciente, había rodeado el mostrador para acercarse a ella. Por un instante estuvo a punto de agarrarla de un brazo, pero se contuvo a tiempo-. Sólo quiero que nos relajemos. Hay demasiada tensión entre nosotros.

Se quedó contemplando fascinada su expresión, que de pronto se había tornado imperturbable.

Ness: Parece como si tuvieras un botón de autocontrol que pudieras apretar a voluntad, Zac. Es admirable. Y sin embargo no puedo evitar preguntarme por lo que sucedería si no lo apretaras tan a menudo.

Zac: Un hombre con dos niños a su cargo necesita autocontrolarse.

Ness: Supongo que sí -murmuró-. Y ahora, si no tienes más que añadir…

Zac: Lo siento -dijo de nuevo-.

Esa vez Vanessa se ablandó. Nunca había sido una persona resentida.

Ness: Está bien. Olvidémoslo. Amigos -y le tendió la mano-.

Zac se la estrechó. Era tan fina, tan pequeña, que de repente fue incapaz de soltársela. Su expresión se había suavizado. Tenía unos ojos enormes, de mirada líquida, como de cervatillo.

Zac: Eh… ¿te gusta la fiesta?

Ness: Me gusta la gente -respondió con el corazón acelerado. Lo maldijo para sus adentros-. Tu hermana es maravillosa. Llena de ideas y de energía.

Zac: Hay que vigilarla -sonrió levemente-. Acabará enredándote en alguno de sus proyectos.

Ness: Demasiado tarde. Ya me ha metido en el comité artístico. Y me he ofrecido a ayudarla con la campaña de reciclaje.

Zac: El truco consiste en escabullirse.

Ness: No me importa. Creo que me va a gustar -podía sentir la leve caricia de su pulgar en la cara interior de su muñeca-. Mira, no empieces nada que no estés dispuesto a terminar…

Frunciendo el ceño, Zac bajó de pronto la mirada a sus manos entrelazadas.

Zac: Pienso mucho en ti -le confesó en un impulso-. Y no tengo tiempo para pensar en ti. Ni quiero tener ese tiempo.

Estaba sucediendo otra vez. El nudo de inquietud en el estómago sobre el que no ejercía ningún control.

Ness: ¿Qué es lo que quieres?

Zac: No lo sé ni yo…

La puerta de la cocina se abrió entonces de golpe para dar paso a una horda de adolescentes. La encabezaba Kim, que se detuvo en seco. Abrió mucho los ojos cuando vio a su tío soltando apresuradamente la mano de su profesora. Ambos se separaron como un par de adolescentes a los que hubieran sorprendido besándose en el sofá del salón.

Kim: Lo siento. Oh, lo siento -repetía, mirándolos con ojos como platos-. Nosotros sólo… -giró sobre sus talones y empujó fuera de allí a sus amigos-.

Los chicos se marcharon, riendo.

Ness: Lo que faltaba -masculló irónica. Llevaba en el pueblo el tiempo suficiente como para saber que, a la mañana siguiente, todo el mundo estaría especulando sobre la supuesta relación entre Zac Efron y Vanessa Hudgens-. Escucha, ¿por qué no intentamos ir poco a poco, paso a paso? ¿Quieres que salgamos a cenar mañana? ¿A ver una película o algo así?

Esa vez fue él quien se la quedó mirando fijamente.

Zac: ¿Una cita? ¿Me estás pidiendo que salgamos juntos?

Ness: Sí, una cita -le aseguró impaciente-. Lo cual no quiere decir que te esté pidiendo que tengas más hijos conmigo. Aunque, pensándolo bien, mejor será que lo dejemos antes de seguir adelante y…

Zac: Quiero acariciarte -se oyó a sí mismo pronunciar las palabras-.

Y supo que era ya demasiado tarde para retirarlas.

Vanessa estiró una mano hacia su copa de vino, en un gesto de autodefensa.

Ness: Bueno, eso es bastante fácil…

Zac: No. No lo es.

Vanessa volvió a alzar la mirada hacia él.

Ness: No. Tienes razón -convino con tono suave. Se preguntó cuántas veces aquel rostro había asaltado su mente durante las últimas semanas. Era incapaz de contarlas-. No es nada fácil.

Pero algo había que hacer, decidió Zac. Un movimiento hacia adelante, un movimiento hacia atrás. «Da un paso adelante», se ordenó. «A ver qué sucede».

Zac: Ya ni me acuerdo de la última vez que fui al cine sin los chicos. Podría conseguirles una canguro.

Ness: De acuerdo -lo estaba mirando casi con tanta cautela como él-. Llámame cuando la consigas. Mañana estaré casi todo el día en casa, corrigiendo exámenes.

Volver a lanzarse a la piscina y salir con mujeres no era precisamente la cosa más fácil del mundo… por muy caliente y tentadora que estuviera el agua. Le irritaba que estuviera tan nervioso, casi tanto como le irritarían las sonrisas y preguntas de su sobrina cuando le pidiera que hiciera de canguro…


En ese momento, mientras subía la empinada escalera exterior que llevaba al apartamento del tercer piso de Vanessa, Zac se preguntó si no sería mejor olvidarse de todo aquel asunto.

Ya en el rellano, vio que había decorado la puerta con dos tiestos de crisantemos. Era un bonito detalle. Siempre le gustaba que sus inquilinos tuvieran esa clase de detalles.

«Sólo vamos a ir a ver una película», se recordó antes de llamar a la puerta. Cuando ella abrió, Zac se alegró que se hubiera vestido como de costumbre: un suéter largo hasta las caderas, sobre las ajustadas mallas que a Kim le gustaban tanto.

Pero entonces sonrió y a Zac se le secó la garganta.

Ness: Hola. Llegas puntual. ¿Quieres entrar y ver lo que he hecho con tu casa?

Zac: Es la tuya ahora… siempre y cuando pagues el alquiler -replicó, pero ella ya le había tomado de la mano para hacerle pasar-.

Zac había derribado los tabiques de las antiguas habitaciones para crear un único espacio diáfano que hacía de salón, cocina y comedor. Y Vanessa lo había sabido aprovechar bien. Había un enorme sofá en forma de ele con una llamativa tapicería de flores que quedaba sencillamente perfecta. Bajo la ventana había colocado una mesita con un cuenco de hojas otoñales. Una pared entera estaba llena de estantes con libros, un equipo de música, una pequeña televisión y el tipo de adornos que sabía gustaba a las mujeres.

Había convertido el comedor en una mezcla de sala de música y despacho, con un escritorio y un pequeño piano de pie. Sobre un atril había una flauta.

Ness: Me he traído muy pocas cosas de Nueva York -le explicó mientras se ponía el abrigo-. Sólo lo más importante. Con los años me he dedicado a acumular todo tipo de cosas de tiendas de antigüedades y mercadillos.

Zac: Yo también tengo un millón de esas cosas -murmuró-. Me gusta -sentenció, mirando la vieja alfombra del suelo y las vistosas flores de las ventanas-. Es un piso muy cómodo.

Ness: La comodidad es algo muy importante para mí. ¿Listo?

Zac: Sí.

Al final no resultó tan difícil. Le había pedido que eligiera una película, y ella se decantó por una comedia. Sentarse en el cine a oscuras y compartir palomitas de maíz y carcajadas se reveló como una experiencia sorprendentemente relajante.

Sólo pensó en ella como en una mujer, una mujer muy atractiva… un par de docenas de veces. Salir a comer una pizza después le pareció un paso natural, lógico, que él mismo sugirió.

Ness: ¿Y bien? -dijo sentándose en el banco-. ¿Qué tal marcha Alex con el deletreo de palabras?

Zac: Es toda una lucha. Se esfuerza mucho, la verdad. Es curioso: David puede deletrear casi cualquier palabra a los pocos minutos, pero Alex tiene que estudiar cada término tan a fondo como un erudito los manuscritos del Mar Muerto.

Ness: En matemáticas es muy bueno.

Zac: Sí -no sabía muy bien cómo tomarse que conociera tan bien a los chicos-. Los dos están locos por ti.

Ness: El sentimiento es mutuo -se pasó una mano por el pelo-. Te parecerá extraño, pero… -vaciló, sin saber cómo expresarlo-. Pero aquel primer día de ensayo, cuando los vi por primera vez, tuve la sensación de que… No sé. Sentí algo así como «oh, aquí estáis. Me estaba preguntando cuándo apareceríais». Suena raro, pero es como si los hubiera estado esperando. Ahora, cada vez que Kim viene sin ellos, me pongo triste.

Zac: Supongo que te has acostumbrado a su compañía.

Era más que eso, pero no sabía cómo explicárselo. Y tampoco estaba muy segura de que Zac pudiera llegar a aceptar el hecho de que, sencillamente, se había enamorado de sus hijos.

Ness: Les encanta contarme lo que hacen en clase y enseñarme sus trabajos.

Zac: Las notas de la primera evaluación están al caer -sonrió-. Y yo estoy más nervioso todavía que ellos.

Ness: La gente concede demasiada importancia a las notas.

Zac: ¿Eso lo dice una profesora? -replicó arqueando las cejas-.

Ness: Aptitud, aplicación, esfuerzo, retentiva. Esas cosas son mucho más importantes que un aprobado, un notable o un sobresaliente. Pero puedo asegurarte, en confianza, que Kim sacará sobresaliente en Coro e Historia de la Música.

Zac: ¿En serio? -experimentó una punzada de orgullo-. Nunca había pasado del notable, como mucho.

Ness: El señor Striker y yo tenemos enfoques muy diferentes de las asignaturas.

Zac: Ya lo sé. Por el pueblo corre el rumor de que el coro de este año causará sensación. ¿Cómo lo has conseguido?

Ness: Lo han conseguido los chicos -lo corrigió irguiéndose en su asiento cuando les sirvieron la pizza-. Mi trabajo es hacerles pensar y cantar en equipo, no repasarle mi éxito al señor Striker por la cara -añadió, dando un generoso bocado a su pizza-. Pero tengo la impresión de que ese hombre sólo estaba matando el tiempo, contando los días que le faltaban para la jubilación. Si quieres enseñar a niños, lo primero es que te gusten, y lo segundo respetarlos. Hay mucho talento por ahí, aunque algunos no poseen tanto… -se acentuaron los coloretes de sus mejillas cuando se echó a reír-. Algunos de esos chicos no harán otra cosa que cantar en la ducha durante el resto de su vida… algo por lo cual el mundo les estará muy agradecido.

Zac: Tienes unos cuantos que desafinan, ¿eh?

Ness: Bueno -rio de nuevo-. Sí, unos pocos. Pero se lo pasan bien igualmente, y eso es lo que cuenta. Y hay unos pocos, como Kim, que son realmente especiales. La semana que viene la enviaré a ella y a dos más a las audiciones que convocan cada año para todo el estado. Y después del concierto de vacaciones, empezaremos a organizar el festival de primavera.

Zac: Hace tres años que el instituto no celebra un festival.

Ness: Pues este año tendremos uno. Y será fantástico.

Zac: Eso te supondrá mucho trabajo.

Ness: Me gusta. Y me pagan para esto.

Zac tomó una segunda porción de pizza.

Zac: Te gusta de verdad, ¿eh? La escuela, el pueblo. Todo el paquete.

Ness: ¿Y por qué no habría de gustarme? En un colegio estupendo, un pueblo estupendo.

Zac: No es Manhattan.

Ness: Precisamente.

Zac: ¿Por qué te marchaste de allí? -de repente esbozó una mueca-. Perdona, no es asunto mío…

Ness: No pasa nada, tranquilo. Tuve un mal año. Supongo que ya antes me encontraba un tanto inquieta, pero el último curso fue la gota que colmó el vaso. Eliminaron mi plaza de la escuela. Los famosos recortes sociales. Las clases de arte y música son las primeras en sufrir -se encogió de hombros-. Además, mi compañera de apartamento se casó. No podía permitirme pagar sola la renta… al menos si quería que me llegara para la comida, así que publiqué un anuncio en el periódico. Recogí referencias, hice entrevistas -suspiró-. Pensé que había tenido suficiente cuidado con la chica que elegí. Pero, a las tres semanas, un día volví a casa del trabajo y me encontré con que me la había vaciado.

Zac dejó de comer.

Zac: ¿Te robó?

Ness: Me despellejó. Televisión, equipo de música, las pocas joyas que tenía, dinero en efectivo, la colección de cajas de Limoges que empecé a hacer en la universidad. Primero me puse furiosa y luego me deprimí. No me sentía cómoda viviendo allí después de aquello. Luego, el tipo con el que había estado saliendo durante cerca de un año se puso a echarme sermones sobre lo muy estúpida e ingenua que era. Según su punto de vista, me lo tenía merecido.

Zac: Un gran tipo -murmuró-. Muy colaborador.

Ness: El caso es que pensé en él y en nuestra relación y pensé que, en cierto modo, tenía razón. Mientras estuviera con un tipo así, tenía ciertamente lo que me merecía. Así que decidí dejarlo.

Zac: Buena elección.

Ness: Eso pensé yo -«y él también», añadió para sus adentros, estudiando el rostro de Zac. Una muy buena elección-. Propongo un cambio de tema. ¿Por qué no me hablas de la casa que estás reformando?

Zac: Supongo que no sabrás gran cosa de fontanería.

Ness: Aprendo rápido -sonrió-.

Era casi medianoche cuando aparcó frente a su apartamento. No había querido prolongar tanto la velada. Y ciertamente tampoco había esperado pasar más de una hora hablando con ella de instalaciones eléctricas, fontanería y muros de carga. O dibujando rápidos bocetos sobre servilletas.
Pero, de alguna manera, se las había arreglado para superar aquella velada sin sentirse estúpido, tímido o torpe. Solamente una cosa lo preocupaba: quería verla de nuevo.

Ness: Creo que éste ha sido un gran primer paso -le dio un beso en la mejilla-. Gracias.

Zac: Te acompaño.

Ya tenía una mano en el picaporte, impaciente. Decidió que sería más seguro para ambos que se diera la mayor prisa posible.

Ness: No hace falta.

Zac: Te acompaño hasta la puerta -repitió-.

Bajó y rodeó el coche. Subieron juntos las escaleras. El inquilino de la primera planta aún seguía despierto. El rumor de la televisión, con su resplandor fantasmal, se filtraba a través de la ventana.

Era el único sonido en la noche silenciosa. Sobre sus cabezas, incontables estrellas salpicaban el cielo negro.

Zac: Si volvemos a hacer esto -empezó-, la gente del pueblo empezará a murmurar, imaginándose que somos… -se interrumpió, nada seguro de que fuera la frase adecuada-.

Ness: ¿Somos pareja, quieres decir? ¿Y eso te molesta?

Zac: No quiero que los chicos se hagan ilusiones, o se preocupen, o… lo que sea -ya en el rellano, se volvió para mirarla y volvió a quedarse hechizado-. Debe de ser tu cara. Tu aspecto -murmuró de pronto-.

Ness: ¿El qué?

Zac: Lo que me hace pensar tanto en ti -era una razonable explicación. La atracción física. Al fin y al cabo, no era de piedra: era un hombre. Un hombre muy prudente-. Y de que piense tanto en hacer esto.

Le acunó suavemente el rostro entre las manos: un gesto tan dulce, tan tierno, que Vanessa sintió relajarse cada músculo de su cuerpo. Fue todo tan lento, tan impresionante, tan delicado, aquella primera vez… El contacto de su boca contra la suya, su desconcertante paciencia.

¿Podría ser aquello lo que había estado esperando?, se preguntó. ¿Podría ser él el hombre de su vida?

Zac escuchó su leve y tembloroso suspiro cuando por fin se apartó. Sabía que prolongar aquel momento habría sido un error, así que dejó caer las manos y se retiró. Como si quisiera retener el último sabor de aquel beso, Vanessa se humedeció los labios con la lengua.

Ness: Besar es algo que se te da terriblemente bien, Zachary. Terriblemente bien.

Zac: Digamos que me he estado reservando -pero no creía que fuera solamente eso. De hecho, le preocupaba que no lo fuera-. Hasta la próxima.

Asintió débilmente mientras lo veía bajar las escaleras. Seguía soñando despierta, apoyada contra la puerta, cuando lo oyó arrancar el coche y alejarse.

Por un instante, habría jurado que el aire vibraba con una lejana música de cascabeles. Como los del trineo de Santa Claus.




Bueeeeno... Ya vuelve a estar bien encaminada la relación 😉
Ahora no la fastidies otra vez, Efron 😒

¡Gracias por leer!


lunes, 20 de febrero de 2017

Capítulo 4


De pie en el centro del escenario, Vanessa alzó las manos. Esperó hasta que estuvo segura de que las miradas de todos los alumnos estaban fijas en ella, y sólo entonces dio la orden de empezar.

Pocas cosas había que le deleitaran tanto como el timbre de las voces adolescentes entonando una canción. Se dejó envolver por el sonido, manteniendo los ojos y los oídos bien abiertos mientras se movía por el escenario. No pudo reprimir una sonrisa. La versión de Santa Claus vuelve a la ciudad de Bruce Springsteen suponía un cambio más que agradable con respecto a los convencionales himnos y villancicos del anterior director del coro.

Podía ver que sus ojos se iluminaban conforme iban alcanzando el ritmo. Bien. Ahora la sección de las sopranos. Y los altos. Los tenores. Los bajos… Sonrió con gesto aprobador.

Ness: Buen trabajo -anunció-. Tenores, la próxima vez habrá que hacerlo mejor si no queréis que la sección de bajos os ahogue. Holly, has vuelto a bajar la barbilla. Todavía nos queda tiempo para ensayar el tema Volveré por Navidad. ¿Kim?

Kim intentó ignorar el acelerado latido de su corazón y el codazo que le propinó Holly. Salió de su puesto en la segunda fila para situarse frente al solitario micrófono, casi como si estuviera enfrentándose a un pelotón de ejecución.

Ness: Puedes sonreír. Es gratis -le dijo con tono suave-. Y acuérdate de respirar. No te olvides de sentir las palabras. Tracy -hizo una seña a la pianista-.

Las primeras notas sonaron muy bien. Utilizando las manos, la cara, los ojos, Vanessa dio la entrada al suave y armonioso tarareo de fondo. Entonces Kim empezó a cantar. Con demasiada cautela al principio.

Sabía que debería trabajar con aquellos nervios iniciales. Pero la chica tenía talento, y sentimiento. Segundos después, Kim se dejó cautivar lo suficiente por la canción como para olvidarse de sus nervios. Lo estaba haciendo muy bien, pensó Vanessa, complacida. Aquella canción tan sentimental casaba perfectamente con su voz, con su aspecto.

Vanessa dio la entrada al coro, que quedó perfecto como trasfondo de la romántica voz de Kim. Con los ojos llenos de lágrimas, pensó que si lo hacían tan bien la noche del concierto, el público se hartaría de llorar.

Ness: Precioso -sentenció al término de la canción-. Precioso de verdad. Chicos y chicas, habéis progresado mucho y en poco tiempo. Estoy absolutamente orgullosa de vosotros. Y ahora largo de aquí, que paséis un buen fin de semana.

Mientras Vanessa se acercaba al piano para recoger las partituras, empezaron los comentarios.

Holly: Eso ha sonado muy bien -le dijo a Kim-.

Kim: ¿En serio?

Holly: En serio. Y Brad piensa lo mismo -desvió discretamente la mirada al galán de la escuela, que se estaba poniendo la chaqueta del uniforme-.

Kim: Pero si ni siquiera sabe que existo.

Holly: Ahora ya lo sabe. No ha dejado de mirarte en todo el tiempo. Lo sé porque yo lo estaba mirando a él -suspiró-. Si yo me pareciera a la señorita Hudgens, seguro que me miraría a mí.

Kim se echó a reír, pero lanzó una subrepticia mirada a Brad.

Kim: La señorita Hudgens es fabulosa. Es tan amable con nosotras… El señor Striker siempre nos estaba regañando.

Holly: El señor Striker era un viejo gruñón. Te veo después, ¿vale?

Kim: Sí -fue lo único que logró pronunciar mientras veía a Brad avanzar hacia ella-.

Brad: Hola -le lanzó una sonrisa, con sus dientes blanquísimos-. Lo has hecho muy bien.

Kim: Gracias -se le había atascado la lengua-.

Estaba hablando con Brad, se recordó. Un alumno de último curso. Capitán del equipo de fútbol. Presidente de la asociación de estudiantes. Rubio y de ojos verdes.

Brad: La señorita Hudgens es genial, ¿verdad?

Kim: Sí -«di algo», se ordenó-. Esta noche vendrá a casa, a una fiesta que da mi madre.

Brad: ¿Sólo para adultos?

Kim: No, se pasará también Holly y algunos más -el corazón le atronaba en los oídos mientras se esforzaba por reunir coraje-. Puedes pasarte tú también, si quieres.

Brad: Eso sería estupendo. ¿A qué hora?

Al menos pudo cerrar la boca y tragarse el nudo que sentía en la garganta.

Kim: Oh, a eso de las ocho -dijo, forzando un tono de naturalidad-. Yo vivo en…

Brad: Sé dónde vives -le sonrió de nuevo, acelerándole todavía más el pulso-. Oye, ya no estás saliendo con Jack, ¿verdad?

Kim: ¿Jack? Oh, no, eh… rompimos este verano.

Brad: Bien. Hasta luego entonces.

Y se marchó para reunirse con un grupo de amigos.

Ness: Es un chico muy guapo -comentó apareciendo de pronto detrás de Kim-.

Kim: Sí -suspiró, soñadora-.

Alex: Kimmy tiene novio, Kimmy tiene novio… -empezó a cantar con el timbre alto y molesto que reservaba siempre para sus parientes más jóvenes… o para sus primas mayores-.

Kim: Cállate, mocoso.

El niño se limitó a reír y se puso a bailar por el escenario, recitando su cantinela. Vanessa decidió intervenir al ver la mirada asesina que le lanzó Kim.

Ness: Bueno, chicos, supongo que hoy no querréis ensayar Jingle Bells

David: Sí que queremos -dejó de bailotear por el escenario con su hermano y se acercó al piano-. Yo me la sé -añadió, atacando el bien ordenado fajo de partituras de Vanessa-. La encontraré.

Alex: No, la encontraré yo -pero para entonces su hermano exhibía ya triunfante la partitura-.

Ness: Muy bien -se sentó en el banco del piano, con un niño a cada lado. Empezó con unos dramáticos acordes que arrancaron una carcajada a los gemelos-. Por favor, la música es un asunto serio. Uno, dos y…

Y se pusieron a cantar la canción, que no a chillarla, que fue lo que habían hecho la primera vez que lo habían intentado. Lo que les faltaba de estilo, lo suplían con su entusiasmo. A espuertas.

Para cuando terminaron, incluso Kim estaba sonriendo.

David: Ahora cante usted, señorita Hudgens -puso una expresión lastimera-. Por favor…

Ness: Vuestro padre probablemente os estará esperando.

David: Sólo una canción.

Alex: Sí, sólo una -secundó-.

En cuestión de semanas, resistirse a una petición de los gemelos se había convertido en una misión imposible.

Ness: Está bien. Sólo una -cedió, y volvió a rebuscar entre las partituras-. Seguro que habréis visto la película La sirenita.

Alex: ¡Muchas veces! -alardeó-. La tenemos en casa.

Ness: Entonces reconoceréis esto -atacó la obertura de Parte de tu mundo-.

Zac se encaminó por fin a la puerta de la escuela. Estaba más que cansado de esperar en el aparcamiento. Había visto a los demás chicos salir desde por lo menos unos diez minutos antes.

Maldijo para sus adentros: tenía cosas que hacer. Sobre todo desde que estaba obligado a pasarse por la fiesta que aquella tarde daba Miley. Odiaba las fiestas.

Entró en el vestíbulo. Y entonces la oyó. No las palabras: no pudo reconocer las palabras, porque quedaban ahogadas por las puertas del auditorio, pero sí el sonido de su preciosa voz. Una voz sensual, seductora. Sexy.

Abrió la puerta. Tenía que hacerlo. Y la sensual marea de aquella voz lo arrolló por entero.

Era una canción infantil. La reconoció de la película que tanto les gustaba a los chicos. Se dijo que ningún hombre en su sano juicio se emocionaría con una canción infantil de ese tipo. Pero él no era un hombre en su sano juicio. No había vuelto a serlo desde que cometió el colosal error de besarla.

Supo que, de haber estado solos, se habría acercado directamente al piano y la habría vuelto a besar. Pero no estaban solos. Kim se hallaba de pie a su lado, y además estaba flanqueada por los chicos. Los miraba de cuando en cuando mientras cantaba, ladeando la cabeza…

Algo se removió en su interior mientras la observaba. Algo doloroso e inquietante. Y muy, muy dulce. Estremecido, hundió las manos en los bolsillos y cerró los puños. Aquello tenía que acabar. Fuera lo que fuera que le estuviera sucediendo, tenía que acabar.

Aspiró profundo cuando la canción tocó a su fin. Le pareció escuchar una especie de mágico tarareo en el silencio que siguió.

Zac: Se nos hace tarde -dijo alzando la voz, decidido a romper el hechizo-.

Las cuatro cabezas se volvieron en su dirección. Los gemelos saltaron como un resorte del banco.

David: ¡Papá! ¡Hey, papá! ¡Sabemos cantar fenomenal Jingle Bells! ¿Quieres oírnos?

Zac: No puedo -intentó sonreír para amortiguar el efecto, al ver el puchero que hacía David-. De verdad que se me está haciendo tarde, chicos.

Kim: Lo siento, tío Zac -recogió su abrigo-. Perdimos la noción de la hora.

Mientras Zac se removía incómodo, Vanessa se acercó a los chicos para susurrarles algo. Algo que, según advirtió Zac, puso una sonrisa en la cara de David y borró la expresión rebelde de la de Alex. Acto seguido, ambos la abrazaron y besaron antes de correr fuera del escenario en busca de sus abrigos.

Alex: ¡Adiós, señorita Hudgens! ¡Adiós!

Kim: Gracias, señorita Hudgens -añadió-. Hasta luego.

Vanessa se levantó del banco, tarareando por lo bajo mientras recogía sus partituras. Y Zac experimentó una punzada de arrepentimiento mientras esperaba a los gemelos al fondo del auditorio.

Zac: Ah, y… gracias por haberlos tenido entretenidos -le dijo, alzando la voz para que pudiera oírlo-.

Vanessa alzó la vista. Zac podía verla ahora claramente, bajo los focos del escenario. Al menos lo suficiente para poder distinguir su leve arqueamiento de cejas y la frialdad de su boca antes de que volviera a bajar la cabeza, sin decir nada.

«Estupendo», se dijo Zac mientras se marchaba con los chicos. De todas formas, no quería hablar con ella.




¡Ja! Ahora te ignora. ¡Te jodes! 😝

¡Gracias por leer!


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